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Nº 687
20/3/2006

La muerte de Samarra

Por Ignacio Ruperez

El criado llega aterrorizado a casa de su amo. "Señor", dice, "he visto a la Muerte en. el mercado y me ha hecho una señal de amenaza". El amo le da un caballo y dinero, y le dice; "Huye a Samarra". El criado huye. Esa tarde, temprano, el señor se encuentra la Muerte en el mercado. "Esta mañana le hiciste a mi criado una señal de amenaza", dice. "No era de amenaza", responde la Muerte, "sino de sorpresa. Porque lo veía ahí, tan lejos de Samarra, y esta misma tarde tengo que recogerlo allá". De esta manera, continúo yo, cuando el 22 de febrero la Muerte destruyó la mezquita de Al Askariya, también llamada la Mezquita de Oro, busqué ese relato de Gabriel García Márquez, afortunado yo por conocerlo y porque varias veces acudí a Samarra, pero para volver luego y sin problemas a Bagdad, a diferencia del criado que fue a Samarra para morir allí. No consigo imaginar por que un lugar de tanta hermosura, el que quizás alberga el campo arqueológico más extenso que existe, testi monio a medias oculto a medias visible del esplendor de los abasidas , desde un tiempo a esta parte se ha convertido, ¿hasta cuando?, en la casa de citas de la Muerte.

El objetivo estaba bien escogido y el trabajo se realizó a la perfección. Bajo esa formidable cúpula de oro que destacaba con creces sobre el resto de la ciudad y que tan bien se percibía kilómetros antes de llegar, se dispusieron cuatro potentes cargas explosivas, conectadas entre sí y a su vez conectadas con una quinta carga situada en el centro de la bóveda, sobre los sepulcros de los dos imanes. La labor de colocación de las cargas, mediante perforaciones en piedra se calcula debió necesitar unas doce horas, efectuándose de este modo y con gran pericia para que el cuarenta por ciento de la explosión revirtiera hacia el interior de la mezquita. Quedó destruída, pero no hubo entonces que lamentar víctimas. Entonces no, pero después sí; el estallido de ira, resentimiento, y agresividad, a todo lo largo y lo ancho de Iraq, de chiítas contra sunitas y viceversa, e insurgentes contra sunitas, chiítas, fuerzas de ocupación y contra todo lo que se mueva, ya ha provocado cientos de muertos, resaltando con fuerza esos términos tan desagradables como guerra civil, limpieza étnica, guerra de religiones, desintegración nacional, etc., que todos valen o todos se temen para referirse a este desgraciado país.

Horrorizan los crímenes, la sangre derramada, el mal infligido a los niños y el sufrimiento de los inocentes, pero todo ello espanta aún más si encima va acompañado de la destrucción de una sinagoga, una iglesia o una mezquita, como en este caso, como si el salvajismo cultural y religioso mostrado en la voladura de la mezquita Al Askariya fuera el modo que utiliza la Muerte para regodearse y hacer más rotunda la fechoría, para asesinar por partida doble, matar y destruir, no sólo eliminar vidas, sino también eliminar la cultura, suprimir la memoria y humillar los sentimientos religiosos. Así el insulto se completa y perfecciona, porque la mezquita destruida ciertamente figura en los libros de arte islámico pero también, y de qué manera, en los libros y los corazones de los chiítas. El décimo imán, Ali Al Naqi, y el undécimo imán, Hassan Al Askari, se encuentran enterrados bajo la bóveda derribada, en las proximidades de la mezquita de Maqam Ghaybat, levantada sobre el lugar en que por última vez fue visto el imán duodécimo, el Mandi, que para los chiítas no ha muerto, sino que está escondido y bajo la protección de Dios, porque reaparecerá en los últimos días para restablecer la justicia en este mundo.

Su reaparición será bienvenida, especialmente en Samarra, una ciudad mártir desde hace años, bombardeada, asediada, sumida en la violencia de los soldados y los terroristas, que no merece la barbarie contra sus habitantes pero tampoco la barbarie contra su infinita riqueza, tanta barbarie y que con tal frecuencia se nos muestra que hace derivar la destacada presencia de la ciudad en los libros de arte a su presencia también destacada en las crónicas de guerra y de sucesos. Me ilusionaría volver a Samarra, no necesariamente para morir, sino para subir de nuevo a los alminares en espiral de las mezquitas de Al Mutawakkil y Abu Dulaf, para visitar la fortaleza de Al Ashiq y el Palacio de los Califas, las inmensas zonas arqueológicas aún por excavar de la fantástica capital que fue de los califas abasidas durante sesenta años, con la esperanza de que tanto atentado y tanto sacrilegio no acabe por convertirla en un inmenso campo de ruinas previo al inmenso campo arqueológico, destrucción tan destrucción. Guarida y residencia de la Muerte, como en el relato de Gabriel García Márquez, a las que se nos convoca para el final, Samarra es un concentrado de Iraq, el notorio ejemplo de lo que en todo el país se padece cada día, con el asesinato y la matanza, la tortura, el sacrilegio, la devastación, el robo, la humillación, la violación y los estragos.

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