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De un editorial de ‘ABC’ sobre
la COPE
Se jactaba el otro día Jiménez Losantos
proclamando que el ABC es un periódico sin influencia, incapaz de torcer la
voluntad de los obispos en relación a
la COPE. Se
mofaba este locutor neocon de José
Antonio Zarzalejos, director por segunda vez del rotativo conservador, y
trataba de ridiculizarlo, según es su inveterada costumbre, jugando con el
apellido, de modo que lo llamaba Carcalejos. Jiménez Losantos no es carca, es
simplemente un fascista de tomo y lomo que ejerce de sacristán enriquecido en
el templo radiofónico de
la
Iglesia
católica española. No necesita para redondear el
salario hurtar unos euros del cepillo, le pagan espléndidamente los prelados.
Le parece al talibán de las mañanas que ABC ya no es lo que era en los dorados
tiempos de antaño, cuando él colaboraba cada día. No soporta este cuatrero de
la información que sean propietarios del rotativo decano de Madrid los
empresarios vascos de Vocento. Jiménez Losantos cree que los vascos y los
catalanes, por el mero hecho de serlo, ya son sospechosos, como mínimo
sospechosos, de cualquier fechoría con tal de romper la unidad de España. Él ha
venido repitiendo en los últimos dos años que Zapatero encabeza una especie de
golpe de Estado para quebrar lo que aún queda de España, que sostiene que es
muy poco, y que el presidente por accidente va del bracete, acogotado, de los
nacionalistas de Euskadi y de Cataluña.
Increpaba Jiménez Losantos a Zarzalejos
porque, según asevera dicho zascandil del periodismo, el director de ABC trabaja para Polanco. Ya es sabido que en el universo reaccionario hispano de
estos tiempos el presidente de Prisa es como el demonio. Peor que el demonio.
Polanco es una especie de monstruo de siete cabezas que intenta acabar con el
modelo democrático y de Estado para así extraer más ganancias o beneficios
empresariales. Polanco es para
la
España
de ciertos rufianes cavernícolas como eran los judíos
para
la Alemania
nazi. No exagero en absoluto. Odian a Polanco aquellos que sienten envidia
incontenible, fruto de su mediocridad o de su frustración. Jiménez Losantos jamás será Gabilondo. Y
Pedro J. jamás será Juan Luis Cebrián. Advierte el mencionado talibán que
Zarzalejos dirige un periódico que cada vez recuerda más a El País en plan
derecha acomplejada. Al locutor le gusta El Mundo de su amigo y compadre Pedro
J. y también
La Razón
,
aunque Anson se haya ido con Julio Ariza y José Luis Moreno, qué trío, y haya
puesto a caldo a José Manuel Lara, otro que no es de fiar del todo, juega a
todas las cartas, es catalán, ojo con él, socorro, Cuevas, socorro, y financia
en parte el diario Avui.
La radio de
la Iglesia
condena duramente
a los tibios no sólo en cuestiones de fe, que también, sino a los tibios
adscritos a la política de la derecha. Las cosas que suelta cada dos por tres
Jiménez Losantos contra Josep Piqué y Alberto Ruiz-Gallardón son
estremecedoras. Sus pecados son el de la tibieza, el centrismo, la moderación y
el equilibrio. Jiménez Losantos exige a los dirigentes del PP lealtad
inquebrantable a los principios básicos que defendió Aznar desde que Fraga
Iribarne lo invistiera, “ni tutela ni tu tía”, su sucesor. Aboga por una
derecha fanatizada, agresiva, más próxima a Le Pen que a Chirac, para que se me
entienda más fácilmente. A Gallardón lo ha sometido alguna vez a sesiones
radiofónicas de castigo y de Piqué ha dicho lo que nadie osaría decir de él
desde el PSOE u otros partidos. En declaraciones recientes, Zarzalejos llegó a
describirlo como un “energúmeno”. Ocurre que en ocasiones los energúmenos
tienen, no obstante, una reserva de escrúpulos. No es el caso que nos ocupa.
Carece de escrúpulos. Embiste a todo aquel que le interese embestir por razones
políticas, doctrinales o sencillamente personales.
El problema de Jiménez Losantos es que,
como titulaba un editorial de ABC del
domingo 12 de febrero, “
La
Iglesia
tiene un problema”. Y ese problema es
la COPE. Y
dentro de
la COPE
, aunque el diario
tradicionalmente monárquico omitiera con pudor su nombre, el principal problema
se llama Federico Jiménez Losantos. El comentario inspirado sin duda por
Zarzalejos era certero y ajustado a la verdad. No tiene sentido que
la Iglesia
católica disponga
de una cadena radiofónica con un ideario que en la práctica cotidiana se
vulnera a raudales. Así no puede ni debe continuar esa empresa mediática porque
la responsabilidad última de los contenidos atañe a los obispos propietarios de
la COPE. Nada
ciertamente nuevo. Ningún argumento desconocido. Saben mis pacientes y amables
lectores que en El Siglo llevo años, bastantes más de una década, reiterando
estos razonamientos en relación con
la
COPE
desde Antonio
Herrero, que Dios tenga en su gloria, cuando el objetivo era derribar sin
contemplación alguna, con causa o sin ella, a Felipe González. Después de
Antonio Herrero, Jiménez Losantos ha conseguido superar la brutalidad
dialéctica del locutor ya fallecido. En aquella época uno de los asiduos
asistentes a las tertulias coperas era Pedro J. Ramírez. En la actualidad
sucede exactamente lo mismo. En la actualidad, además, el objetivo es muy
parecido. Se intenta, por todos los medios, quebrando todos los límites de la
cordura democrática, acabar con Rodríguez Zapatero. Primero, Felipe; ahora, ZP.
Tanto da.
Me
reconforta que desde tantas y tan diversas tribunas se haya terminado por
asumir que
la COPE
es una anomalía cada vez más peligrosa que debe ser corregida de una vez para
siempre por parte de los obispos españoles. He predicado desde principios de
los años noventa prácticamente en el desierto. Lo he escrito con frecuencia en
estas páginas. Pensé alguna vez que mi insistencia era estéril y que mi mensaje
carecía de eficacia. A mis más de noventa años, he de reconocer que escritos
como el del diario ABC me complacen enormemente. Mi soledad anterior está
compensada por otras muchas voces que dicen, de un modo u otro, exactamente lo
mismo. En efecto,
la Iglesia
tiene un problema. Hagan el favor, monseñores, de arreglarlo de una puñetera
vez. Hagan de
la COPE
una cadena católica. Simplemente católica. Ni más ni menos.
Luis G. del Cañuelo |