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| Nº 686 - 13 de marzo de 2006 |
Por Alberto Moncada
L a tradición utópica occidental es la versión laica de la trascendencia ultramundana. Las Iglesias han consolado a los pobres, a los desgraciados, con la promesa de la felicidad en la otra vida. Como contrapartida, los primeros utópicos, como Moro y Campanela, construyeron unos ideales terrenales con los que oponerse a las tropelías de los poderosos de su época y a las calamidades que asolaban a la sociedad, en esa transición del mundo rural al urbano que rompía tantas seguridades. Cuando la dureza del capitalismo se impuso, advino la utopía socialista en muchas versiones. El socialismo plantea que el ser humano es el sujeto del proceso histórico, del desarrollo de la cultura material y espiritual del mundo. La sociedad socialista debería ser aquel entorno social que permitiera el desarrollo libre, pleno, multilateral de cada hombre y de todos los miembros de la sociedad. El hombre del futuro debería ser libre, racional, humanista, amante del conocimiento y de la belleza. Se suponía entonces que el comunismo iba a ser su primera encarnación. Sin embargo no fue así. Esto obliga a profundizar sobre la utopía, esta vez en un escenario tan adverso como el actual. ¿Y por qué la necesidad de la utopía? ¿No
cabría un perfeccionamiento del modelo actual de convivencia, de progreso, sin
necesidad de propiciar su quiebra, de postular una ruptura basada en principios
distintos? Pues no, parece que la reforma de lo que está ocurriendo es
imposible, tanto por su propia dinámica como por la dureza con la que sus
defensores se aferran al modelo y tratan de anular a sus críticos. Entre los aspectos más patentes, la crisis
demográfica:
La suma de estos y otros desequilibrios convierte en imposible la reforma. Por ejemplo, si se pretendiera la expansión de los consumos que prevalecen en los países ricos a los demás, la alimentación, por ejemplo, basada en el consumo de la proteína animal rompería el ciclo de regeneración agrícola y en pocos años la vida humana en el planeta se haría insostenible, antes de hacerse primero violenta. No caben componendas. Es necesario repensar un modo de alimentación distinto al que hoy divide a los pueblos en obesos y famélicos. Algo de ello patrocinan las nuevas dietas pero ello choca contra las costumbres personales y las aspiraciones de los grandes negocios agrícolas, con sus cultivos intensivos. La propiedad vitalicia y transmisible por herencia del suelo separa a quienes no tienen apenas techo bajo el que dormir de quienes poseen grandes mansiones y miles de hectáreas. El crecimiento demográfico y la ausencia de límites a la propiedad rural y urbana pondrán también una fecha cierta e inevitable a otro tipo de desastre. Se hace necesario pensar otro modelo de habitación y tenencia de la tierra que lo impida y no hay otra opción que la materialización de una utopía territorial. La coalición de los intereses del petróleo, las empresas automovilistas y las inmobiliarias ha diseñado un modo de transporte que privilegia el transporte privado sobre el público, obliga a enormes inversiones en carreteras y priva al ferrocarril de su anterior predominio. China, que se ha lanzado a la idolatría del coche individual, será el catalizador de nuevo peligro que hoy causa en el mundo más víctimas y daños materiales que las guerras. Repensar el transporte de personas y mercancías, promover la alternativa pública son hoy considerados como una utopía, dados los fuertes intereses que defienden la tendencia actual. La transformación de Estados Unidos, con más de ochocientas bases militares en todo el mundo, en el apéndice militar del nuevo poder económico global, rompe las esperanzas en una convivencia internacional apoyada en una autoridad mundial democrática. El poder global autoriza de facto al gobierno americano a intervenir militarmente, por su propia decisión, en los lugares donde se estime peligran los intereses globales y hoy especialmente el control de las fuentes fósiles de energía. Una utopía de paz y solidaridad internacional se hace urgente. Los modos de calentarnos en invierno y enfriarnos en verano impone un aún mayor consumo de esa energía fósil que se terminará en menos de cincuenta años sin haberse encontrado una alternativa viable. La remodelación de los modos de habitación y transporte requieren también la imaginación utópica. El mundo de la economía favorece la desigualdad de los factores de producción, privilegiando el factor financiero, que se ha convertido en el gran protagonista. El dinero deviene una economía autónoma, capaz de su propia retroalimentación, sin necesidad de apoyarse en la economía real. Esta también se hace funcional al sector financiero y, como consecuencia, favorece un tipo de productividad que instaura la desigualdad laboral, divide a la población en ricos y pobres y a los pobres en miserables o dueños de un trabajo marginal, con salarios decrecientes. Casi todas las economías cuentan con un porcentaje creciente de trabajadores ocasionales, mal pagados, mal protegidos, entre otras razones porque las empresas disponen de un enorme caudal de mano de obra barata emigrante o habitante de zonas pobres a las que se trasladan las industrias intensivas en trabajo. Mientras tanto el número de billonarios, más ricos individualmente que muchos países, se convierte en signo de la riqueza de un territorio. La fe en el mercado libre, propia de los organismos financieros internacionales, permite la disminución del Estado protector de sus ciudadanos de tal manera que, por ejemplo, en los Estados Unidos, donde existen los principales billonarios, hay casi cincuenta millones de ciudadanos sin derecho a atención sanitaria. Sólo una utopía puede diseñar otro estado de cosas y sólo otro estado de cosas puede prevenir ásperas convulsiones sociales. Para contentar a los ciudadanos, el sistema les receta su inmersión en la vida privada, en los consumos irrelevantes, en los valores familiares, en la afectividad, en el entretenimiento mediático que ejerce hoy el papel del opio del pueblo, el narcótico popular que antes cumplía la religión. El sistema sustituye la democracia por una plutocracia donde el dinero selecciona a los políticos y los subordina a sus intereses y las nuevas generaciones no se molestan en votar. Ello contribuye a la irritación y a la violencia sistemática. El número de homicidios, de muertes violentas, de presos en las cárceles, de personas alcohólicas o adictas a las drogas se multiplica. Una oferta utópica. La legalización de las drogas y la prohibición del uso privado de las armas de fuego harían más por la paz americana que la actual política. Serán capaces siquiera de discutirlo?. En Sociólogos sin Fronteras proponemos
también la utopía. Propugnamos que nuestra profesión sea más cosmopolita y
crítica como lo fueron sus fundadores y defendemos una deontología profesional
basada en la defensa de los derechos humanos y los bienes comunes. Todo un
programa de renovación. |