Nº 686 - 13 de marzo de 2006

 

El juez está desnudo

por Joaquín Leguina

Hace pocos días ha salido a la luz un libro editado en Madrid por Espejo de Tinta cuyo autor se llama José Amedo. El título del libro es La conspiración. Los hilos de la trama que llevaron a la escandalera, a la persecución, al banquillo y a la cárcel a los dirigentes del Ministerio del Interior en los gobiernos de Felipe González eran conocidos y habían sido informados por un notable periodista, Luis María Anson. Quien haya seguido aquella trama escandalosa que acabó con un grupo de dirigentes socialistas y un puñado de policías ante los tribunales primero, y después en prisión, sabía que la pieza clave sobre la que habían hecho pilotar los instructores toda la acusación estaba constituida por José Amedo y su subordinado Míchel Domínguez. Y cuando digo instructores me refiero al instructor mediático (Pedro José Ramírez) y al instructor judicial (Baltasar Garzón). Lo que añade Amedo en su libro –que no es poco– es la comprobación, son los detalles, siempre sospechados pero nunca confesados, de cómo actuaron los instructores, especialmente durante aquel diciembre de 1994, cuando Garzón salió de la política tras dimitir como diputado y haciendo suyas las palabras de un conocido himno: "Me fui al puesto que tengo allí", regresó al juzgado "de su propiedad" en la Audiencia Nacional.

Para poca gente será una novedad comprobar en el libro de Amedo que José María Aznar y su escudero de entonces, Francisco Alvarez-Cascos, estuvieron en la conspiración desde el inicio. Siempre estuvo claro, como el agua clara.

"Existió una conspiración. Bueno, ¿y qué?", se dirán algunos, y añadirán, "es que eso niega la existencia del GAL"?

Desde luego que no, ni Amedo ni nadie niega la existencia del GAL, pero lo que el libro pone de manifiesto no es sólo una conspiración, denuncia la existencia de una banda de delincuentes al frente de la cual no está don Vito Corleone, sino un juez muy laureado de la Audiencia Nacional. De ser verdad lo que cuenta Amedo en su libro, la cosa sería muy grave. ¿O no lo es que un juez prevaricador, junto a un selecto grupo de políticos y el director de un periódico, extorsione, amenace y chantajee en nombre la Justicia?

Pero vayamos por partes. Veamos, en primer lugar, algunas perlas que nos cuenta Amedo en su libro: "Comenzaba a oscurecer cuando nos introdujimos por los sótanos de la Audiencia Nacional con destino al despacho de Garzón en la segunda planta de dicha sede judicial... No se recató, ni sintió vergüenza alguna al decirnos claramente que conocía los números de unas cuentas en Suiza de nuestras mujeres. (Nos dijo) que sacásemos el dinero mientras él no mandase la comisión rogatoria, ya que el dinero no le interesaba, y sólo quería que implicásemos a la cúpula del Ministerio del Interior. Asimismo, afirmó que conocía por la conversación con Domínguez, ajena a cualquier norma legal, las claves, no las pruebas, del sumario Marey y que actuaría contra nosotros si n( implicábamos al Gobierno socialis ta... Me resultaba increíble su des fachatez, su descaro al franquea cualquier norma legal y ponerse a otro lado de la frontera de la Ley.) todo eso siendo absolutamente cons ciente de que durante más de un año había sido encubridor de un delito de secuestro, al conocer por Do. mínguez parte de su desarrollo y nc actuar de oficio como juez en el momento en que Míchel (Domínguez,) se lo contó".

"—No seas indiscreto, ésos eran otros tiempos, ahora te pones de este lado –dijo indicándome el sitic que ocupaba en su mesa– o, ya sabes, de nuevo a prisión y esta vez en compañía de tu mujer. ¿Te han indultado los que te dieron las órdenes? No. Pues a por ellos junto a mí... Bueno, te doy unos días para que pienses si deseas volver a la cárcel. ¿Y tu mujer? ¿Cómo lo aguantaría? No debe de ser grato para nadie y menos para tus hijas. Lo que tienes que hacer es no crearles más problemas y tomar la decisión adecuada. A partir de ahora estaremos en contacto permanente por medio de tu abogado, pero no tienes mucho tiempo para decidirte, en tus manos está tu destino"...

En resumen, lo que cuenta Amedo es lo siguiente: Garzón vuelve a la Audiencia Nacional dispuesto a meter en la cárcel a la cúpula de In terior, aunque su objetivo (su programa máximo) era alcanzar a Felipe González. Empieza por abajo, por los policías Amedo y Domínguez, a los que ya había encarcelado en un sumario anterior, y sabiendo, por una confidencia extrajudicial de Domínguez, datos relevantes del secuestro que los GAL hicieron de un etarra de tercera línea llamado Segundo Marey. Sumario, el del secuestro de Marey, que Garzón había congelado convenientemente cuando decidió ir en las listas del PSOE en las elecciones de 1993.

Para alcanzar sus objetivos, el juez no se para en barras: recupera su vieja amistad –rota a causa de su aventura política en las listas del PSOE– con Pedro José Ramírez y, con el apoyo de la cúpula del PP, retorna el sumario de Marey, consigue bajo amenazas que Amedo haga una declaración adecuada, primero al periódico El Mundo y luego, ya oficialmente, en su despacho de la Audiencia Nacional. Con esa declaración como argumento, va metiendo en la cárcel primero a un grupo de policías y luego a los cargos políticos. Quien declara lo que el juez desea es liberado, quien se niega sigue en la trena. Si "colaboras con la justicia", es decir, si cedes al chantaje, te libras; si no, al trullo.

De ser verdad lo que cuenta Amedo, el juez Garzón tendría que estar hoy procesado, acusado de múltiples delitos. ¿Y si todo es mentira? Entonces el procesado debería ser Amedo, por un delito de gravísimas calumnias contra el juez, contra Ramírez, contra Aznar y contra Alvarez-Cascos.

Pero aquí, en este país de omertá, nadie parece dispuesto a decir o a hacer nada. Ni los supuestamente calumniados se querellan contra Amedo ni el fiscal general del Estado mueve un dedo para aclarar qué hay de verdad en las gravísimas imputaciones (amenazas, prevaricación, malversación de fondos públicos, inducción al testimonio falso...) contra un juez que es, además, una gloria nacional.

Hasta ahora, los supuestamente "calumniados" han adoptado la postura displicente del aquila non capit muscas y es posible que vayan diciendo por ahí: "No ofende quien quiere, sino quien puede, y la catadura moral del ofensor no da para una querella", pero no cuela. Se olvidan de que ese mismo testimonio sí valió para meter en la cárcel a otros cuando les interesó a quienesahora se ponen tan dignos. Lo más probable es que no quieran mover un dedo porque temen –y buenas razones tienen para ello– que Amedo tenga las pruebas para demostrar lo que afirma en el libro. Vamos, que les grabó todas las conversaciones. Así lo insinúa continuamente Ame-do en su relato. En efecto, lo que cuenta Amedo no sólo es verosímil, es veraz, y mientras los "interesados" no busquen amparo en la Justicia (ellos que tanta fe tienen en ella), los demás mortales tenemos el derecho de creernos esa terrible historia, de escandalizarnos con ella y de exigir que la Justicia (esa que pagamos entre todos y que algunos han privatizado) aclare esta trama y si hay, como parece evidente, gravísimos delitos, que ponga a los mafiosos en su sitio, es decir, en Alcalá-Meco. Claro que la cosa no es fácil, pues estamos ante gente muy poderosa. Pero, ¿no habíamos quedado, señor fiscal general, que la Justicia era "igual para todos"?

Y apelo aquí al fiscal general porque es el más indicado para abrir un proceso clarificador y abrirlo en serio, pero el lector ha de saber que al señor Conde-Pumpido también le afecta este tremendo embrollo porque él, precisamente él, formó parte del Tribunal (de la Sala) que condenó a la cúpula de Interior, haciendo oídos sordos a las razones de las defensas y también a las que expresó en su voto particular otro magistrado, Jiménez Villarejo, texto en el cual se lee la oposición a una condena porque no había pruebas.

Y, finalmente, creo que tenemos derecho a exigir que todo esto se aclare ante los tribunales en nombre de nuestros hijos y de nuestros nietos, pues no sería bueno que nuestros descendientes tomaran como líderes morales a unos delincuentes... si es que lo son, o se quedaran con la duda de pensar que viven en un país cuya Justicia es opaca cuando se trata de tapar los delitos de un conspicuo miembro de ella misma.

Joaquín Leguina

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