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Los poderes fácticos
Zapatero llega a mitad de la legislatura con un balance satisfactorio –en líneas generales– de su Gobierno. Tiene abierto aún el frente de Cataluña, aunque ya ha conseguido dar la vuelta prácticamente al reto del Estatut y ha obturado el boquete por el cual cada día se inundaba a la opinión pública mediante la demagogia conservadora del "España-se-rompe".
Ni España se rompe ni corre riesgo de que así suceda. El Estatut avanza de modo mucho más plácido que en sus inicios y ahora la cuestión estriba en saber qué hará al fin ERC. Si acabara diciendo no, el voto de Carod-Rovira beneficiaría a Zapatero al consolidar la imagen de un Estatut moderado, fruto del seny de CiU y de la izquierda no nacionalista; esto es, del PSC e ICV-IU. Los extremos, el PP y ERC.
Pero si ERC se decantara in extremis por el sí, Zapatero podría exhibir el mérito de haber rebajado las pretensiones excesivas de los independentistas catalanes, sin olvidar el efecto positivo para los socialistas catalanes y para Maragall. Controla Zapatero los dos escenarios verosímiles. A la vista está que la tormenta ha remitido. La encuesta de Opina para la SER otorgaba de nuevo una ventaja de cinco puntos al PSOE en relación al PP.
El frente de Euskadi aparece bastante más complicado que el catalán y más cargado de fuerte aparato eléctrico. La ciudadanía espera con ansia comprensible que ETA dé de una vez el paso al frente. O sea, que anuncie su renuncia a la violencia como instrumento político. Hoy por hoy, Zapatero no ha podido aún demostrar fehacientemente que su apuesta vasca no obedece ni a fantasías ilusas ni a ninguna clase de voluntarismo u optimismo antropológico. El temor a que ETAvuelva a matar –a pesar de los numerosos indicios que apuntan en sentido contrario– existe y ello comportaría, de producirse, un grave riesgo político para el presidente.
Por lo demás, y mientras la economía aguante sin mayores sobresaltos, la línea de flotación del Gobierno parece encontrarse suficientemente blindada o a salvo. La línea de apostar por los derechos civiles no se ha quebrado en los dos primeros años del nuevo Gobierno socialista, hasta el punto de que puede afirmarse –gracias a la Ley de Igualdad y otras iniciativas próximas– que ha sido reforzada. Hace bien Zapatero ejerciendo de líder en cuestiones relativas los derechos civiles y que son transversales. Marca diferencias esenciales con el Gobierno de Aznar y continúa a los ojos de la ciudadanía transitando por la misma senda del no a la guerra de Iraq y sí al retorno de las tropas. O por el camino de, también a la hora de casarse, igualar a los homosexuales con los heterosexuales. O el de la LOE.
Estos gestos de coherencia ideológica aplicada a un Gobierno de raíces progresistas han excitado –aparte del PP– a los poderes fácticos. Tiene Zapatero en pie de guerra a la mayoría de los obispos, con la COPE de Losantos azuzando cada mañana la hoguera. También han sacado pecho algunos altos mandos del Ejército. Y ha salido también al escenario de los agraviados el presidente de la CEOE, José María Cuevas. El Cuevas procedente del Antiguo Régimen –antiguo alto cargo del sindicato vertical– ha reaparecido. Cargó contra la Ley de Igualdad y luego bramó, como Aznar o Rajoy, contra la política antiterrorista de Zapatero. Los empresarios españoles siguen capitaneados por un agente del PP. Como sucede, asimismo, con la Justicia o con la AVT. Cuidado.
Enric Sopena
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