| Hemeroteca | Esta semana |
![]() |
|
| Nº 685 - 6 de marzo de 2006 |
Por José María Ridao
El propósito de vincular las Cartas
marruecas con las Lettres persannes transparenta una operación crítica que
volverá a manifestarse más de un siglo después, cuando otra vez se hable de
imitación, si no de abierto plagio, para referirse a la obra de Clarín en
relación con la de Flaubert. Como en el siglo XIX las novelas sobre el amor
adúltero o el amor de clérigo, los epistolarios fueron un género común entre
los autores de
Pero la devaluación de las Cartas marruecas como simple, mecánica traslación de Monstesquieu ha podido tener efectos que sobrepasan, con mucho, la recepción de la obra de Cadalso, y que remiten a otro frente de la confrontación ideológica que se libró en España: la interpretación de la literatura cervantina y, en concreto, de el Quijote. Para la tradición en la que se inscribe la generación del 98, Cervantes es autor de una sola obra de mérito y, por otra parte, esa obra constituye la más perfecta expresión de la ortodoxia católica que deparó a España su grandeza. Siempre de acuerdo con esta visión, el Quijote se trata, sin duda, de una “inmortal novela”; ahora bien, lo que en ningún caso podría admitir esta tradición es que, al escribirla, Cervantes se hubiera propuesto criticar “algunas viciosas costumbres de nuestros abuelos”. Ése es, palabra por palabra, el arranque de las Cartas marruecas: Cadalso manifiesta la intención de situar su obra en la estela de una literatura crítica que, según estima, tiene en Cervantes como autor, y en el Quijote como su criatura, uno de los más ilustres antecedentes. Puesto que “aquellas viciosas costumbres de nuestros abuelos” fueron sustituidas por otras, la tarea crítica debe proseguir y, como en el caso de Cervantes y las novelas de caballería, manifestarse a través de algún procedimiento literario que un autor del siglo XVIII, y más un español, pueda adaptar a sus propósitos. Para Cadalso ese género existe: se trata de los epistolarios atribuidos a un “viajero venido de lejanas tierras”, a una mirada y una inteligencia capaz de observar y razonar en contrapunto. “El mayor suceso de esta especie de críticas debe atribuirse al método epistolar –escribe Cadalso–, que hace su lectura más cómoda, su distribución más fácil, y su estilo más ameno”. A tenor de éstos y otros juicios puede advertirse, ya desde el inicio de Cartas marruecas, que la deliberada intención de Cadalso es actualizar la empresa cervantina como empresa crítica, no como expresión y menos aún como metáfora de ningún destino histórico de España. Más allá de la estricta declaración de intenciones incluida en el prólogo, Cadalso va desvelando su lectura de la obra cervantina en un sostenido crescendo de artificios y referencias que recorre la totalidad de Cartas marruecas. Así, la impresión inicial de que Gazel podría ocupar el lugar de Cide Hamete Benengeli en relación con la materia que se propone abordar Cadalso, con la sustancia misma de su narración, se ve pronto corroborada. Si Cervantes asegura que el manuscrito de el Quijote fue hallado en la plaza de Zocodover, Cadalso, por su parte, explica que “la suerte quiso que, por muerte de un conocido mío, cayese en mis manos un manuscrito cuyo título es: Cartas escritas por un moro llamado Gazel Ben-Aly, a Ben-Beley, amigo suyo”. A continuación, Cadalso finge ignorar si las páginas halladas son traducción del árabe o son, por el contrario, obra de su supuesto amigo. Pero Cadalso aún ejecutará una última vuelta de tuerca en este artificio de disimulación, emparentado con el que emplea Cervantes, al señalar que “el amigo que me dejó el manuscrito de estas cartas y que, según las más juiciosas conjeturas, fue el verdadero autor de ellas, era tan mío y yo tan suyo, que éramos uno propio”. En la carta XXXII, Cadalso parece remitirse de nuevo al modelo cervantino cuando Ben-Beley relata la suerte de “algunos centenares” de “obras europeas” que le ha remitido Gazel. Ben-Beley da cuenta de la severa selección que lleva a cabo y, aunque omite el título de las obras, explica las razones por las que sólo unas cuantas se han salvado de ser “arrojadas” o “distribuidas”. Cadalso pone entonces en la pluma de Ben-Beley lo que de otro modo sería arriesgado escribir. “Sin duda tendrás por grande absurdo lo que voy a decirte”, se justifica Ben-Beley ante Gazel, “si publicas este mi dictamen –asegura-, no habrá europeo que no me llame bárbaro africano”. Como por casualidad, las opiniones de ese “bárbaro africano” vienen a coincidir con las de los ilustrados españoles, que habían conseguido en 1770, esto es, hacia las mismas fechas en que Cadalso compone las Cartas, una reforma de la educación en la que se incluyen materias que, como las matemáticas o el derecho natural, estaban prohibidas desde tiempos de Cisneros. Cadalso alude a la obra cervantina, no sólo al Quijote, en diversos contextos, desde los más circunstanciales, como la evocación de Preciosa mientras describe una zambra de gitanos en la carta VII, hasta los más significativos, como el que recoge en la carta LXXXVIII, ya casi al término de la obra. Gazel lamenta allí la suerte de Cervantes en vida y suscribe la opinión de su amigo Nuño, quien se declara opuesto a “que sus hijos aprendan a leer”. En realidad, una variación apenas disimulada del parlamento que pronuncia Humillos en uno de los Entremeses cervantinos. La carta LXI, por último, está enteramente dedicada al Quijote, aunque sin nombrarlo, y en ella Gazel parece erigirse en portavoz de las ideas de Cadalso. “En esta nación –le dice a Ben-Beley, haciéndose eco de la diferente recepción que se dispensa a la obra de Cervantes en España y en Europa hasta la segunda mitad del siglo XIX– hay un libro muy aplaudido por las demás”. A continuación, Gazel lo resume sumariamente como el relato de las “extravagancias de un loco”. Ahora bien, la simplicidad del argumento no le induce a error: Gazel se confiesa “mortificado” por la sospecha de que “el sentido literal es uno, y el verdadero es otro muy diferente”. “Pálida imitación” de Montesquieu según
Menéndez Pelayo, la obra de Cadalso admite, sin embargo, una interpretación
diferente, relacionada con el modo de entender
|