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Las relaciones de la política con la economía
por Carlos Berzosa
El consenso logrado en el período de posguerra hasta los años setenta del siglo XX, que consistía en aceptar la necesidad de que el Estado debería intervenir no sólo en la economía de mercado, sino desempeñar un papel relevante, quedó roto en aquella década de crisis. A partir de entonces el paradigma keynesiano quedó aparcado siendo paulatinamente sustituido por el neoliberal. Este hecho no sólo se produce en el ámbito de las ideas, sino también en la propia evolución de la realidad configurada por las tendencias de la economía mundial.
Somos muchos los economistas, aunque minoritarios en la profesión, que no nos resignamos a aceptar el orden actual de la economía mundial ni el paradigma dominante en el mundo académico. Uno de los que se resisten al pensamiento dominante es Gilles Dostaller, profesor en la Universidad de Québec, que publicó en 2005 Keynes et ses combats, ed. Albin Michel. A partir de la interesante lectura de este libro se comprueba que, contrariamente a lo que dicen los economistas neoliberales, el keynesianismo no está muerto.
No obstante, no cabe duda de que el proceso de globalización, impulsado desde los años ochenta, está conduciendo a una pérdida de la autonomía del Estado-nación a la hora de tomar decisiones de política económica en el ámbito geográfico y territorial donde ese Estado tiene competencias. Desde esta perspectiva, el keynesianismo lo tiene complicado. Como consecuencia de la globalización, se insiste desde diferentes instancias y análisis en que laeconomía adquiere un mayor protagonismo que la política, de modo que ésta ha quedado subordinada a los intereses económicos y sobre todo a la importancia creciente del mercado. Una afirmación ésta que tienen su justificación, pues la globalización limita la acción de los Estados-nación, así como en la construcción de la Unión Europea (UE), debido a que mientras se avanza en la constitución de un mercado único y una moneda, no se dan los mismos pasos a la hora de conseguir una única UE política y social.
Esto es así, pero conviene no perder de vista que la globalización no es un proceso que surge de pronto y que desde fuera se impone a los Estados-nación, sino que son éstos los que toman las decisiones que fomentan e impulsan la tendencia globalizadora. Lo mismo sucede en la UE, pues son los gobiernos de los Estados miembros los que toman las decisiones que conducen a un mercado y a una moneda, pero no llevan a cabo acciones encaminadas a la construcción de un Estado europeo. La globalización y el predominio del mercado son resultado, por tanto, de decisiones políticas de los gobiernos, aunque no todos desempeñen el mismo papel. El proceso es liderado fundamentalmente por Estados Unidos, y se materializa, en gran parte, por los organismos internacionales, como el Fondo Monetario Internacional (FMI), Banco Mundial (BM) y Organización Mundial de Comercio (OMC). La situación no es la misma para los países menos desarrollados, pues, en este caso, los Estados de las naciones más débiles sí que sufren las consecuencias, sinque tengan capacidad para oponerse al avance del mercado global.
Se observa con esperanza el florecimiento de movimientos sociales, que fuera de los cauces de la política tradicional están contestando tanto las tendencias globalizadoras como las actitudes bélicas del gobierno norteamericano. Todos los movimientos de contestación ciudadana suponen una recuperación de la política contra las leyes del mercado, pero de la política desde abajo y no desde la superestructura del poder.
El avance del movimiento obrero desde finales del siglo XIX y principios del XX, acompañada esta presión con reivindicaciones de clases intermedias reformistas, modificó la función política y económica del Estado. El siglo XX, caracterizado por la barbarie, ha sido también el del progreso material, aunque básicamente para una reducida parte de la población mundial, que es la que vive en los países desarrollados. En estos países, aunque siguen dándose las diferencias sociales, éstas, por lo menos hasta el decenio de los ochenta del siglo XX, han sido atenuadas como consecuencia del elemento corrector que el Estado ha introducido en la desigualdad que el mercado genera por sí mismo. La segunda mitad del siglo XX ha sido, por tanto, el triunfo de la política económica keynesiana y del Estado del Bienestar.
Estos logros se encuentran en retroceso y aún no hemos hallado, a pesar de los avances en los movimientos sociales, la forma de cambiar ese rumbo de la economía que deja cada vez más vulnerable al ciudadano.
*Rector
de la Universidad Complutense de Madrid |