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Nº 685
6/3/2006

Se acaba el período de impunidad

El Mundo ha publicado que el PSOE habría "denunciado supuestos pagos irregulares del Gobierno balear a Iñaki Urdangarin". Precisaba este periódico que, según los socialistas baleares, "un acto de cuatro días costó 1'2 millones de euros: "Ni siquiera Ronaldinho cobra tanto". Al parecer, Iñaki Urdangarin habría sido uno de los presuntos beneficiarios del despilfarro "por designación directa del propio Matas".

Sorprende en primer lugar que, salvo el diario mencionado, la noticia no haya sido recogida, y ampliada, por cualquier otro medio de Madrid o Barcelona, como mínimo. Y no deja de sorprender también que los socialistas de las Islas Baleares hayan sido quienes cursaran la denuncia. ¿Actuaron por impulso propio? ¿Estaban Ferraz y/o Moncloa al corriente de esa denuncia?
En realidad, la primera sorpresa –la de un cierto silencio colectivo en torno a un hecho aparentemente grave, en el que estarían implicados desde el presidente balear, Jaume Matas, a uno de los yernos del Rey– no constituye sorpresa alguna. Un manto de mutismo viene cubriendo desde hace muchos años aspectos relevantes, aunque poco ejemplares, de la Casa Real. El libro del director de EL SIGLO, José García Abad, La soledad del Rey es casi la excepción a una regla no escrita pero sí aplicada.

Esta actitud acrítica en relación a la Corona puede resultar explicable o hasta justificable. La Transición se hizo como se pudo y con un final globalmente satisfactorio. Una vez reafirmado Juan Carlos I como rey constitucional de España, pareció a todos aconsejable consolidar la monarquía en la medida de que la monarquía contribuía a consolidar los valores de la libertad.
Existía el temor de que un cambio de
régimen –pasar de la Monarquía a la República– provocaría más trastornos e incertidumbres que beneficios. Conviene no olvidar que desde 1977 hasta la actualidad nunca en España ha habido un sistema estable de carácter democrático tan duradero como el vigente. Esta observación no es baladí, a pesar de que pueda parecer reiterativa. Los hechos son los que son y han de entenderse no sólo por sí mismos, sino en función de su contexto.

Ahora bien, la Monarquía tiene que saber que todo tiene un límite. Y que, a medida que transcurre el tiempo, los ciudadanos exigen más y más a sus representantes. Lo que cabía disimular en relación al Rey, empieza a ser difícil de mantener en relación a un señor llamado Urdangarin, cuya virtud más descollante en su biografía fue la de jugador de balonmano en el equipo del Barca. Por aquella época se enamoraron él y Cristina de Borbón, se casaron, fueron felices, se ignora si comieron perdices y viven en Barcelona.

Pero Urdangarin dejó el Barça y, partir de ahí, comenzó a tejerse respecto a él una leyenda escasamente ejemplar. Ser yerno del Rey propicia no pocas tentaciones. Frente a algunas de ellas, da la impresión que el marido de la infanta Cristina habría sucumbido. Está por explicar su cambio de vivienda, para ocupar una ostentosa en el lujoso barrio de Pedralbes, que originó polémica y demasiadas habladurías. Y ahora, aparte de otras versiones sospechosas, Urdangarin aparece involucrado en una especie de tráfico de influencias en absoluto virtuoso.

El ciclo de Juan Carlos I va tocando a su fin, aun suponiendo que dure bastantes años más. Pero si la Corona pretende continuar, como es lógico, deberá asumir que se está terminando el período de gracia y de inmunidad. Para Urdangarin o para cualquier otro miembro de la Familia Real.

Enric Sopena

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