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Tomás Alcoverro
Verdaderamente no se puede pedir más, y hacerlo se ría pecado, por estar en compañía de un buen amigo durante muchos años, vién donos poco pero sin dejar de vernos en muchos lugares del rompeolas de Oriente Medio, en Gaza o Samarra pongamos por caso, y para que no entiendan, un buen amigo querido por su humanidad y por lo mucho que sabe, por tratarse además, y por si no fuera bastante, de quien cada jornada se disfruta al desayunar con sus crónicas nada menos que en La Vanguardia. Crónicas que también encontraban en David Roberts la ilus tración apropiada para nuestros tra bajos y nuestros días, resultando as que al cabo del tiempo decidimos seguir navegando en círculo, alga muy usual en todo Oriente Medio dicho sea de paso, estando de sobra advertidos de lo que habría escrito Cavafis, lo importante no es llegar a Ítaca, sino el mismo viaje para in tentarlo.
Hay lecturas, visiones, grabados olores, sensaciones, etc., un todo frag mentario y disperso pero que perma nece bien almacenado, como en unc de esos mueblecillos hindúes con múltiples compartimentos que tantc nos gustan, no tanto por su utilidad como por permitirnos imaginar que también pueden utilizarse para pone orden en nuestra mente, abrir y cerrar a conveniencia uno u otro com partimento, todo a buen recaudo y disponible, al volver a Madrid en Ia Casa de América, precisamente junto a la Puerta de Alcalá que tambiér dibujó el habilísimo David Roberts quien por acompañarme de modo tar fiel me ha seguido hasta el barrio don de vivo ¡faltaría más!, y donde se pre senta además el libro de Tomás, ur libro que no necesitamos leer y que
quizás tenga la bondad de regalar con dedicatoria afectuosísima. No hay tal necesidad porque en diversos lugares y a lo largo de muchos años hemos ido leyendo todas y cada una de lo que ahora son sus páginas, que merecerían ser ilustradas por David Roberts pero también por Fortuny, Bertuchi y Tapiró. Nada, que siguen abriéndose los pequeños cajones del mueblecillo hindú, apropiado para clasificar las especias, cuyo contenido en su totalidad, dispar y fragmentario, tan perfumado, se vuelca en un solo conglomerado, en la Casa de América y con ocasión de encontrarnos con la penúltima crónica de Tomás, esta vez encuadernada.
En efecto, no sabemos a dónde llegaremos pero ¡qué interesante resulta el viaje y qué bien lo hemos pasado!, aun sabiendo muy bien, y Tomás lo sabe mejor que nadie, que viajar por Oriente Medio, navegar en círculo como antes decíamos, a fin de cuentas supone asistir a un proceso de destrucción quizás irreversible, lo que no sólo se deduce al comparar más de un maravilloso grabado de David Roberts con el espanto de la realidad que nos queda. También por echar de menos la libertad que entonces teníamos para circular, comprar, alojarse y comer donde más nos apetecía, en lugares a los que hoy más vale no acudir no sólo por la violencia que se ha apoderado de ellos, los niños desamparados y el hedor de las basuras que nunca se recogen ya, sino para no advertir lo viejos que hemos llegado a ser, y eso ni siquiera es lo peor. Lo peor es tener la certeza de que en Gaza y en Samarra hay muchos más ejemplos, ni seremos tan jóvenes ni volverán a ser tales lugares lo que eran cuando lo fuimos, cualquier tiempo pasado fue mejor, pero sin
resignarse a tanto horror porque no consuela la edad pero sí, y mucho, rememorar la dulzura del tiempo en que nos dedicábamos a comprar el vidrio de Hebrón, nos hacíamos con una tortuga marina en las aguas de Gaza y comíamos las ciruelas de Sebastia, junto a Nablús.
Exactamente no nos hemos paseado con un espejo a lo largo del camino; lo que hemos hecho más bien es mirar por el espejo retrovisor, asustados al percibir que el mundo que dejábamos atrás se desmoronaba de manera paulatina y que difícilmente se podría volver a él en condiciones, leyendo las crónicas diarias que Tomás escribe, algo insustituíble como los escritos de Augusto Assía, Tristán la Rosa, Carlos Sentís, José María Massip, Pedro Queirolo y Santiago Nadal, que tanto nos gustaban y que a más de uno, como ha hecho Tomás, le han ayudado a ser internacionalista y viajero, junto con los testimonios de los colegas de Tomás, David Hirst y Robert Fisk, por ejemplo, todos ellos gente muy trabajadora y sentimental, sin capacidad para detener ese caos en formación pero sí con capacidad plena para contarnos lo que sucede.
Hemos acabado escribiendo sobre una multitud de personas, aunque la verdad es que se trata de amigos comunes, y en su compañía todos nos regalamos, aunque mejor no entrar de nuevo en la mezquita Askariya en Samarra, sí, la que ha sido destruída, haciéndonos pasar por musulmanes españoles de Melilla, ni subir al alminar en forma de zigurat en la de Abu Duluf, pero sí conviene consultar a menudo el libro de Tomás Alcoverro, la mejor guía de Oriente Medio y el road map, como ahora se estila decir, de caminos que se han vuelto impracticables.
Ignacio Ruperez |