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Fumando espero
por Miguel Ángel Aguilar
En La Habana acaba de celebrarse la semana pasada el VIII Festival del Habano para presentar algunas nuevas vitolas como la del robusto de Romeo y Julieta bajo la denominación de Short Churchills y para solemnizar también el 40 aniversario de Cohiba. Fue una buena oportunidad para ver la espléndida actuación del Ballet Nacional de Cuba en la obra "Shakespeare y sus Máscaras" bajo la dirección de Alicia Alonso. Toda esa maravilla, que lleva desde el cultivo a la elaboración artesanal de esa pasión que son los habanos, abrió la posibilidad de reflexionar en torno al efecto de las prohibiciones más o menos salutíferas, decretadas por las autoridades públicas siempre en busca de lo mejor para nosotros, tantas veces incapaces de apreciar el bien que se nos hace.
El hecho es que nos movemos entre la creación de esos espacios libres de humos, anunciados como un avance civilizatorio y liberador para tantos resignados sufrientes, hasta ahora confinados en la involuntaria condición de fumadores pasivos, y la aparición de una nueva categoría de desahuciados sociales, destinatarios de la pública vergüenza, a la que se ven incorporados todos aquellos que se resisten y permanecen adictos al tabaco. Aceptemos como indiscutibles los derechos que asisten a quienes se sienten perjudicados por el humo. Reconozcamos la impresión de barbarie que nos produce repasar algunas imágenes, de apenas hace unos años, en las que contemplamos, por ejemplo, al presidente del Congreso de los Diputados Gregorio Peces-Barba, fumándose un puro durante una sesión plenaria. Sintámonos afectados por el efecto estadístico, que ahuma todos los males sobrevenidos a nuestra salud y subraya el perjuicio que el fumar añade a las finanzas públicas.
Pero examinemos la línea prohibicionista que, al hilo de las anteriores consideraciones, se acrecienta cada día y estudiemos, también, tanto su reverso como sus efectos colaterales. Para empezar, los impuestos sobre el consumo de sustancias como el tabaco y el alcohol, que van adquiriendo la etiqueta de venenos, se han convertido en una fuente muy apreciada de ingresos fiscales, aparte de que en países como España el cultivo del tabaco goce de cuidadas protecciones. Cuánto mejor sería, en lugar de lanzarse por la senda prohibicionista, a la que siempre propenden las autoridades para infantilizar y
manipular a la ciudadanía, recuperar la antigua sabiduría según la cual "no hay venenos, hay dosis" y estimular el sentido crítico y la responsabilidad de los consumidores.
Volviendo a los habanos, sucede que las prohibiciones de fumar, que por todas partes arrecian, lejos de perjudicar las ventas de las grandes vitolas, las han convertido en mucho más codiciadas hasta convertir el puro que anillan en un objeto de culto y veneración para los selectos miembros del club. Entre tanto, una española Manuela Romeralo, se proclamaba en La Habana campeona mundial de sumillers. Enhorabuena. |