Hemeroteca Lista sin maldad
Nº 685
6/3/2006

 

Más allá del “Pizarro, sí; Pizarro, no”

Las posiciones  partidarias están tomadas y bien consolidadas pero ha cambiado la canción, que ya no es: “Pizarro sí, Pizarro no”, sino españolidad o germanía; campeones nacionales, la ultima copla de Zapatero, o mercado sin fronteras que ahora apoya Rajoy; excepción estratégica o régimen común; o: ¿cuánta Europa y cuánto Estado nacional? Este ultimo enfoque no se limita a España: E.ON es el producto de un diseño gubernamental, la fusión de la electricidad con el gas del Ruhr y un blindaje nacional; Electricité de France es pública en un 80 por ciento, que es el blindaje absoluto, y el gobierno galo, tras el corte de las barbas de Endesa, ha decidido forzar la fusión de Gaz de France con Suez Lyonnais des Eaux; y lo mismo hace Italia, que no ha dejado entrar a Telefónica, y Portugal. Sólo el Reino Unido mantiene su histórico librecambismo que tanta grandeza le dio otrora aunque, según dicen los expertos, están arrepentidos de llevar el liberalismo demasiado lejos. Con la excepción de éste, España es el país más abierto. Nuestro gobierno, como el de Aznar, no se puso en guardia como hizo el francés frente al intento de compra de Danone, que no se dedicaba a la energía, sino a la leche. No movió una ceja ante la venta a la Pérfida Albión de Alsa (a National Express), la gran empresa asturiana de los Cosmen, y de Airtel a Vodafone; no pestañeó ante la adquisición de Amena por France Télécom o de Aldeasa por la italiana Autogrill tras singular combate contra los March y Pedro Pérez; incluso ha puesto cara de póquer ante la desespañolización de la emblemática Talgo, orgullo de la tecnología hispana y de los Oriol. 

Se ha elevado el tono del debate aunque subsistan las claves personales que siempre contarán en el mundo de los negocios y en el de la política. Las pasiones han superado al menos el ámbito de si el presidente de Endesa debe estar próximo al PP o al PSOE y se elevan, al menos en el discurso, a la visión que cada partido adopta sobre la bandera de las industrias que privatizó Aznar. El Partido Popular ha abandonado el nacionalismo proclamado cuando estaba en el Gobierno, olvidando que la razón esgrimida para cesar a Villalonga de Telefónica fuera la sospecha de que “el compañero de pupitre” tramaba el traslado de la sede de la compañía a Miami.

Zapatero está encariñado con su selección nacional de campeones industriales; no sólo por el efecto sede que genera beneficios al entorno industrial, de I+D+i y de empleo selecto, sino también por el efecto llamada o de movilización patriótica; no me refiero al efecto llamada de los emigrantes provocado por Caldera, sino a la posibilidad que tienen los gobernantes de telefonear a los grandes empresarios para que apoyen objetivos de interés nacional. Recientemente hemos tenido un ejemplo de ello: en la presentación del gran fondo de fondos en el que se aplicarán 200 millones de euros a empresas tecnológicas de nueva formación, quien acudió a la llamada presidencial fueron los campeones: Repsol, Telefónica, el Banco de Santander, etc., y no esas multinacionales que trabajan en España y que aseguran ser tan españolas como las citadas.  Sostiene Zapatero que la fuerza de estos campeones contribuyen al peso político de España en el mundo.

El presidente se ha enfadado en serio con el asalto de E.ON a lo que  en su día fue calificada de “joya de la Corona ”. Se ha enfadado por el fondo y por las formas; por el fondo porque Alemania ha desafiado el principio de reciprocidad tratando de imponer la ley del embudo: que lo que ha hecho este país no lo pueda hacer España. Pero lo que más ha molestado han sido las formas: se lamentan en palacio que la operación se haya hecho a traición: con nocturnidad y alevosía, como si fuéramos Namibia, una antigua colonia alemana. ¿No habíamos quedado en que no éramos Namibia, sino la octava potencia industrial del mundo?

Ha quedado claro que, a diferencia de su vicepresidente económico, al presidente le importa algo más que un rábano quien se quede con Endesa. La verdad es que Pedro Solbes está rozando la magia para hacer compatibles sus viejas prédicas como comisario europeo con sus actuales responsabilidades; ahora su problema es casar las decisiones regulatorias del ministro Montilla con el electropatriotismo de Zapatero. Solbes pasó un mal trago cuando Rajoy apoyó en el Congreso su oposición al presidente en las opiniones de su vicepresidente aunque no creo que le afectara tanto que Zaplana pidiera su dimisión. Había declarado en el mes de diciembre: “Me importa un rábano quién sea el dueño de Endesa”; quizás guarde de sus tiempos de ministro de Agricultura una alta estima por los rábanos.

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