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Respetar... ¿qué ideas?
por Joaquín Leguina
Según me han contado, antes de la Guerra Civil había,
en muchas tabernas un cartel en el que aparecía una doble prohibición: "Prohibido blasfemar o hablar de política". A nadie, por entonces, se le hubiera ocurrido que una blasfemia pudiera provocar movilización política alguna y menos una blasfemia mahometana. Pero las cosas –ya se ve–cambian y muchas veces a peor. Así, esta mañana en la que escribo me entero de que ayer hubo una matanza (once muertos) al reprimir la policía libia una manifestación de fanáticos que pretendía asaltar el consulado italiano en Bengasi. ¿La causa? Pues las dichosas caricaturas del Profeta que un ministro de Berlusconi había hecho reproducir sobre su camiseta de invierno y que puso al descubierto en público desabrochándose la camisa. Una gracia bastante tonta, que, desde luego, no merece ningún asalto y mucho menos once muertos.
La cosa comenzó, como es sabido, con la publicación de esas caricaturas en un periódico danés. Luego vinieron las protestas y los desatinos de los fanáticos, pero, a mi juicio, lo más significativo es que los fundamentalistas y sus acompañantes exigieron responsabilidades al Gobierno danés. ¿Una confusión? No me lo creo. Ellos, los fanáticos, saben perfectamente que ningún Gobierno democrático puede intervenir como ellos quieren, pero lo exigen porque pretenden que todos los gobiernos se comporten como los gobiernos autoritarios y teocráticos que ellos han creado o piensan crear. Detrás de tanta rasgadura de vestidos yo no sé hasta qué puntoestá la ofensa a unas creencias religiosas, pero lo que sí está y en primer plano de tan brutal impulso es el odio a la democracia, punto de encuentro y primer mandamiento de todos los fanatismos que maltratan nuestro planeta.
"La democracia es un producto de la cultura occidental", he ahí la afirmación clave y no la sostienen sólo los autoritarios de toda laya, también la suscriben algunos demócratas. De ese supuesto axioma se derivan, al menos, dos teoremas muy peligrosos: 1) "La democracia es algo que nos quieren imponer los occidentales para seguir dominándonos" (así lo ven los fundamentalistas de corte islámico). 2) "La religión islámica es incompatible con la democracia"(tal es la posición que sostiene gente tan seria como, por ejemplo, Sartori).
Y en esas estamos y estamos bastante mal. Porque, lo diré de una vez, muchas de las respuestas a la crisis de las caricaturas del Profeta dadas desde los países europeos o desde los Estados Unidos suenan, más que a respeto, a miedo. Un miedo que tiene una componente física: el espanto ante el terrorismo, y otra componente moral o intelectual: el miedo a decir bien alto las verdades del barquero. Y, desde luego, la del miedo no es la mejor respuesta.
A este propósito no está de más escuchar a la diputada holandesa de origen somalí, Ayaan Hirsi Alí, que
se declara "disidente del Islam", cuando dice: "Esos intelectuales... que aceptan la censura esconden su mediocridad de espíritu detrás de palabras grandilocuentes como responsabilidad y sensibilidad, pero son unos cobardes".
Tampoco me parece correcto el haber basado la respuesta en una supuesta defensa de la libertad de expresión. La libertad de expresión, sacralizada por los medios de comunicación, es un derecho, sí, pero lo administran los propietarios de los medios y en un muy segundo plano los periodistas. El común de los mortales tiene derecho a expresarse libremente, pero para que se enteren sus conciudadanos necesita un altavoz que no está a su disposición. Los fundamentalistas no atacan sólo a la libertad de expresión, atacan con saña algo más importante: los derechos civiles.
No puede aceptarse desde ningún punto de vista que la democracia, es decir, los derechos humanos, sean un invento para consumo interno de un grupo de países, más o menos occidentales, ni un lujo para acomodados. Son derechos universales, es decir, derechos aplicables (a) y reclamables (por) todos los seres humanos y quienes los niegan o los arrebatan son reos de un delito de lesa humanidad, lleven en la cabeza una gorra cuartelera, un gorro de astracán, un turbante o un sombrero borsalino.
Por otro lado, ¿qué es eso de respetar todas las ideas? A ver si nos aclaramos. Debemos respetar a todas las personas, pero, ¿a todas las ideas? Ni hablar. ¿Cómo voy a respetar ideas que, por ejemplo, sostienen que Dios creó el universo en seis días y el séptimo descansó? ¿O las de Mahoma Abdulá, un predicador que vivió en el siglo VII, quien decretó que las mujeres han de estar subordinadas a los varones, que los homosexuales, las adúlteras o los apóstatas debían ser lapidados? ¿Debo respetar esas ideas? Desde qué autoridad moral se me puede exigir que respete misterios incomprensibles (por irracionales), aunque, políticamente, inocuos (como el de la Trinidad o el de la Transubstanciación). Debo respetar y respeto a las personas que sostienen estas ideas abstrusas, pero cuando esas ideas dejan de ser inocuas políticamente y proponen cosas como lapidar a las adúlteras, no sólo no me merecen ningún respeto, sino que convierten a quienes las sostienen en simples delincuentes. Como lo son, también, quienes quieren imponer, e imponen, una teocracia totalitaria sobre sus conciudadanos.
Joaquín Leguina |