Nº 684 - 27 de Febrero de 2006
Hemeroteca Lista Tribuna
Gastronomía del 23-F

por Miguel Ángel Aguilar

A hora que proliferan las cofradías de la buena mesa y los críticos gastronómicos fungen de primeros espadas en los medios informativos, ahora que se recurre a especialistas para componer el menú de cualquier ocasión social, llama la atención que se haya dejado pasar el 25 aniversario del golpe del 23-F dándole mil vueltas pero sin intentar siquiera una aproximación desde ese ángulo, siempre tan revelador cuando tenemos aprendido que somos en buena parte lo que comemos.

Hubo una tercera página, creo recordar que del diario ABC, en la que el golpista mayor, ex teniente coronel Tejero, resumía sus ardores patrióticos sobre la España una, grande y libre, desgranándolos con detallada mención a los platos de nuestra variada cocina regional desde la paella valenciana de difusión universal a los guisos como la fabada asturiana, el pote gallego, el cocido montañés, el botillo de León, los asados castellanos, los fritos andaluces, las migas extremeñas o el pan con tumaca catalán, sin olvidar el repertorio de los vinos de Rioja, de la Ribera, de Cariñena, del Somontano, del Priorato o los albariños. Quedaba claro en el texto mencionado que hay un patriotismo del estómago muy bien definido, sin cuyo cultivo nadie puede considerarse un buen español.

Estos días hemos sido inundados por libros más o menos oportunistas que buscan implicar o exculpar a unos o a otros o que pretenden obtener algún rendimiento económico aprovechando la redondez del aniversario. Sin embargo, el más revelador es el del ex comandante Ricardo Pardo Zancada, que era el día de autos segundo jefe de Estado Mayor de la División Acorazada. Pardo Zancada, por decirlo en términos futbolísticos, fue el medio centro del 23-F. Se multiplicó bajando a por los balones y subiendo con ellos hasta la delantera. Pero en su narración detallada afloran además multitud de detalles gastronómicos.

Por ejemplo, sucede que los conductores de la Guardia Civil encargados de recoger en una nave de Fuenlabrada los autobuses que iban a utilizarse para trasladar a los asaltantes desde el Parque de Tráfico en la calle de Príncipe de Vergara hasta el Congreso, retrasan su salida para comer antes de atender a esa misión. El propio Pardo Zancada, cuando es avisado la víspera, domingo día 22, desde Valencia porque el general Miláns debe hacerle una encomienda en la que se juega el futuro de España, se detiene en Motilla del Palancar para comer de camino. Nada por tanto de fast food, ni de bocadillos sobre la marcha.

Nuestro comandante llega a Valencia antes de las tres de la tarde pero prefiere entretenerse dando algunas vueltas por la ciudad porque calcula que sería intempestivo interrumpir el almuerzo del teniente general. Por fin, entra en el despacho de ayudantes sobre las 15.30 y el coronel Ibáñez Inglés avisa de que el esperado aguarda pero Miláns se demora con el café, la copa y el puro hasta pasadas las 16.30. Sólo entonces es invitado a pasar y luego a acompañar al general hasta un edificio de oficinas donde un empresario amigo tiene cedido un despacho con teléfonos, considerados fuera de la vigilancia sospechada de los servicios de inteligencia.

Dos detalles más. El comandante Pardo acude en su vehículo particular para buscar al general Torres Rojas, que vuela procedente de La Coruña, y le conduce al Cuartel de la División en El Goloso. En la barrera el brigada de guardia reconoce a quien hasta un año antes había mandado la unidad. Le dice que se alegra de volver a verle allí y el general responde que más se alegra él porque todavía recuerda los pinchos morunos que preparaba en el bar para los oficiales. Luego, cuando Pardo Zancada quiere sumarse al golpe declinante con la unidad de Policía Militar, sus efectivos sólo lo hacen después de haber dado cuenta de la cena. Ni una renuncia dietética. Otro día daremos los menús.

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