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Derechos humanos y globalización
de las culturas
El 14 de febrero presenté
el libro de José Vidal-Beneyto Derechos humanos y diversidad cultural. Globalización de las culturas y derechos humanos (Editorial (caria), publicación fruto del encomiable esfuerzo y el entusiasmo que Pepín pone en todo lo que hace. La oportunidad del tema es innegable. Casi sesenta años después de aprobarse la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que nació para liberar al mundo de la miseria y el miedo, vemos cómo estas circunstancias siguen existiendo. Ocupado intelectualmente en las relaciones globales, Vidal-Beneyto ha compilado en esta obra veintidós artículos de otros tantos autores procedentes de dieciocho países de cuatro continentes. Y no lo ha hecho por mera agregación de textos. El libro ve la luz después de haber celebrado cinco seminarios a lo largo de cinco años en los que se han intentado ajustar las convergencias y divergencias de los pensamientos de los autores, tarea que no ha resultado fácil. Vidal-Beneyto señala como el mayor problema la trasposición de los derechos humanos a lenguas no occidentales, ya que éstos implican conceptos que no son comprendidos en esos idiomas, por ejemplo el derecho a la integridad física. En zonas en las que se practica la ablación del clítoris este concepto no llega a ser entendido.
En la introducción del libro dice Vidal-Beneyto que "La historia de los derechos humanos, de su emergencia y de su institucionalización, es una larga marcha, con avances y con retrocesos, con tiempos oscuros y momentos de gloria". Pero añade acto seguido que "Estamos, desde ha-ce dos decenios, en una de sus fases 'estelares, en la que los derechos humanos a caballo de su horizonte utópico alcanzan su máxima virtualidad política. Situación inimaginable hace 30 ó 40 años, cuando se les consideraba como un simple artilugio de la clase dominante, como una receta-coartada destinada a ocultar la explotación y la opresión a que nos sometía impunemente el capitalismo". La nueva centralidad de los derechos humanos ha provocado una reacción de pensadores y analistas que han intentado resituarlos en su espacio específico, como condiciones previas e imperativas de toda vida democrática.
El mundo está obligado a construir un marco común de tolerancia para que la diversidad cultural y las diferencias sociales no sean un pretexto para mayores injusticias o agravios a la condición humana. Ese marco existe desde la Declaración de Na- clones Unidas de 1948. Entonces el mundo estaba escindido en la guerra fría, Berlín llevaba seis meses bloqueado y la esperanza de la gente había vuelto a romperse. Sin embargo, todas las partes enfrentadas convinieron lo obvio; es decir, que "la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana", como se dice en las primeras líneas del preámbulo.
La Declaración Universal de Derechos Humanos es importante, sobre todo, porque fue el primer documento internacional y oficial que proclamaba los derechos políticos y jurídicos de todos los hombres, mujeres y niños al margen de su nacionalidad, religión, situación económica, costumbres sociales o identidad étnica. El presidente sudafricano, Nelson Mandela, encarcelado durante casi tres décadas por su oposición al régimen racista de su país, lo recordó ante la Asamblea General de la ONU: "Para aquéllos, como nosotros, que teníamos que luchar para nuestra emancipación (...), para aquellos que teníamos que liberarnos del régimen criminal del apartheid, la Declaración Universal de Derechos Humanos servía como justificación de nuestra causa".
Pero, entretanto, la economía global ha producido desigualdad y una profundización de los abismos entre franjas ricas y pobres de la sociedad mundial. La brecha es gigantesca y las cifras de la desposesión son aplastantes. "La pobreza es en sí misma una violación de numerosos derechos humanos básicos", dijo Mary Robinson, que fue alta comisionada de la ONU para los derechos humanos.
Como escribe en la introducción Vidal-Beneyto, el propósito de este conjunto de textos, más allá de su obvia condición de tentativas de indagación de la materia de la que se ocupa, es la de ser un diccionario temático, una minienciclopedia que aspira a dar respuesta a las demandas de información del lector. Sin duda consigue ese propósito gracias a la ambición intelectual del gran número de redactores que lo han hecho posible. Al frente de todos ellos, Vidal-Beneyto ha vuelto a acreditar su condición de pensador agudo, independiente y enérgico. Hay que felicitarle por ello.
Carlos Berzosa
*Rector
de la Universidad Complutense de Madrid
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