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Guerra permanente, mundo impredecible La estrategia militar y de seguridad establecida por el Pentágono para los próximos cuatro años parece una respuesta pormenorizada a cada uno de los errores cometidos en Iraq, que han conducido a que los Estados Unidos se encajonen en la situación quizás más complicada de su historia contemporánea. En la llamada Quadrennial Defense Review (QDR), que se elabora cada cuatro años, se establece una estrategia que consta de un inventario de fuerzas y medios a nivel global, se promueve la adaptación de la organización castrense de la época industrial a la organización adecuada para la época de la información, todo ello con el propósito de estar preparados para una guerra de larga duración, para un compromiso duradero contra redes terroristas. Que se trata de una larga guerra, o de una guerra irregular, aparece en numerosas referencias que proceden de de altas personalidades de los Estados Unidos, con la certeza de que en la próxima década sus fuerzas armadas se encontrarán comprometidas en áreas del mundo donde ahora no lo están, sin precisarse lugares ni circunstancias para el hipotético escenario. Consecuencia de que, en palabras del subsecretario Ryan Henry, estamos en una época incierta e impredecible, que sin embargo no permite la desmovilización o la pasividad. Esta guerra, llámese como se quiera, se intentará librar coordinando todos los sectores de la Administración de los Estados Unidos coordinada asimismo con sus aliados. La unidad de esfuerzos la consiguieron el presidente Bush padre y su secretario de Estado James Baker, en la magna coalición formada contra Iraq, por la invasión de Kuwait, guerra de 1991, recibiendo entonces el pleno respaldo de las Naciones Unidas. Pero tal legalidad internacional, tal coalición, faltaron con motivo de la segunda guerra contra Iraq, 2003, que hizo estallar el Consejo de Seguridad y además provocó serias divergencias entre los departamentos de Estado y Defensa. Es decir, la fragmentación de la Administración estadounidense y la crisis transatlántica son dos de las principales consecuencias de un conflicto que se basó en dudosas razones, se resolvió con medios insuficientes y una mentalidad desajustada con el escenario iraquí. Suponiendo el mejor conocimiento del terreno y la valiosa ayuda que puedan prestar, el Pentágono reclama las aportaciones materiales y espirituales de las naciones amigas, para asistir a lo que una y otra vez se califica de larga guerra o compromiso a largo plazo, al que los Estados Unidos no tienen capacidad de aplicarse por sí solos. La labor humanitaria, la estabilidad que debe lograrse una vez concluidas las operaciones militares, la rápida reconstrucción del país y la necesidad de conocer su cultura y su sensibilidad, son cuestiones muy destacadas en el QDR, cuyo tratamiento rápido y efectivo se considera inexcusable para el pleno éxito de una operación militar. Precisamente casi todo lo que antecede faltó en buena medida, o no despertó especial preocupación, en los planificadores militares del teatro de operaciones de Iraq, con una drástica y fulgurante victoria militar seguida por una posguerra que ya ha causado más bajas en sus soldados y marines que las registradas en el campo de batalla, en un país apenas reconstruído y por completo dislocado, con una violenta insurgencia que en absoluto se esperaba. La desaparición de la tiraníaha dejado el hueco de un Estado que prácticamente no existe, todavía sin poder ni legitimidad, poniendo en grave aprieto la ilusión de que en sí misma la democracia traerá la estabilidad, sin que haga falta la ayuda posventa. Más bien lo que la democracia puede generar en pueblos divididos es la guerra civil y la miseria. Sin acabar una guerra, los planificadores militares se ven obligados a preparar la siguiente. Este es una de los principales cometidos de los estados mayores, con independencia de que la guerra se libre o no, y de que se hayan fijado los objetivos políticos para llevarla a cabo. Los problemas de estos conflictos después de la Guerra Fría se complican sobremanera, al consistir por lo general no en una lucha contra otra nación, sino dentro de una nación con la que no se está en guerra propiamente hablando, de una batalla que generará problemas precisamente por haberse ganado. El QDR resulta de gran valor para imaginar la naturaleza y la fisonomía de los próximos conflictos, verdaderamente inciertos, continuados e impredecibles, ante cuya eventualidad lo que se está gestando es la misión y la finalidad de las eventuales acciones de los Estados Unidos en el mundo, la idea que el pueblo estadounidense tiene de sí mismo y de su labor a realizar fuera de sus fronteras nacionales. En este punto habría que preguntarse si no están los Estados Unidos al comienzo de una etapa de retirada o de reticencia militar, de autocrítica e introspección, por los costes tan elevados y dolorosos de tantas batallas ganadas, percibiendo que sus beneficios no están claros, que ni siquiera la superpotencia es capaz de domar por sus propios medios este mundo áspero e intratable. Ignacio Ruperez |