Hemeroteca Lista sin maldad
Nº 683
20/2/2006

Crecemos mucho y mal

La economía española crece que es una barbaridad, como reza la copla, pero con cierta  frivolidad; las cifras cantan bien: el Producto Interior Bruto (PIB) se incrementó en el último trimestre del pasado año en un 4,5 por ciento, el triple que la Unión Europea, pero debería crecer mejor y con más seguridad para que no resuciten los desequilibrios del pasado. España es, ciertamente, el país que más crece de la Unión pero es uno de los más castigados por la inflación y la baja competitividad. De la trinidad de nuestros ancestrales desequilibrios –inflación, déficit público y déficit comercial– sólo se salva el déficit presupuestario crónico que hoy se ha trocado en superávit, pero persistimos en la inflación, aunque en dimensiones más llevaderas, y en los déficit con el exterior.  Hay, desde luego, una diferencia notable con el pasado, cuando los budas de la economía, Enrique Fuentes Quintana y José Barea, predicaban que los “desequilibrios básicos de la economía española” estrangularían  el desarrollo económico; la gran diferencia es que el gran problema de entonces, la financiación del déficit exterior, no es hoy un problema gracias a la incorporación de España al euro, el mejor negocio que este país ha podido hacer. Nuestro déficit comercial lo pagan hoy los vecinos con superávit pero la caída de la competitividad española no puede mantenerse indefinidamente.

El problema no es, en efecto, de financiación, sino de competitividad, derivada del diferencial de los costes y de los precios. Hay, pues, que tomarse en serio el desfase con los vecinos europeos, que es lo que marca la competitividad. 

La tasa de variación interanual del IPC en enero ha aumentado en cinco décimas, situándose en el 4,2 por ciento, una fuerte subida a pesar de las rebajas de enero; es la tasa interanual más alta desde junio de 2001 y en lo que se refiere al incremento en el pasado mes exhibe la mayor subida en enero desde el año 1999. Empezamos a alcanzar algunos récord de escaso prestigio. La única buena noticia proporcionada por el INE el pasado jueves es que la inflación subyacente, que excluye los precios más volátiles del petróleo y de los alimentos sin elaborar, se mantiene en una tasa anual del 2,9 por ciento, que no es baja pero que al menos no crece.

El déficit por cuenta corriente español –el conjunto de ingresos y pagos en los intercambios con el exterior– alcanza el 7,3 por ciento del PIB, superior al de Estados Unidos, que es del 6,2 por ciento. Es lo nunca visto en nuestro país. El Banco de España aporta, sin embargo, un dato positivo: el fuerte incremento de la inversión extranjera directa, que se ha elevado en casi un 70 por ciento entre enero y noviembre, según las cifras que acaba de publicar esta entidad. La inversión directa, a diferencia de la bursátil, que es tan volátil que puede permanecer en España unos minutos, demuestra confianza en la marcha del país. La noticia de que General Motors ha decidido fabricar el Meriva en Zaragoza y no en la ciudad polaca de Gliwice compensa el disgusto de otras deslocalizaciones hacia países del Este. El fenómeno hay que verlo de forma global pues es altamente recomendable que algunas empresas españolas muy eficientes, y hay ejemplos numerosos y muy notables, estén superando  un proceso meramente exportador apostando decididamente por la inversión en el extranjero; podríamos calificarla de deslocalización buena siempre que se conserven en España las partes más nobles del proceso productivo: el diseño, la logística y la dirección central.  El mercado español se ha quedado muy corto para el dinamismo de algunas empresas como ha demostrado espléndidamente Zara, una marca española universal.

Si las empresas pierden competitividad y se reduce el empleo, terminará sufriendo el crecimiento. El euro ha sido una bendición pero tiene el inconveniente de que ahora el Gobierno no puede ajustar su competitividad, como antaño, devaluando la peseta. El caso es que mientras el comercio mundial está creciendo al diez por ciento España lo hace al dos y en el mercado interior se sustituye en exceso, lo español por importaciones. Nuestro sector industrial español está estancado y pierde empleo.

El problema no es tanto de reducción de costes, aunque siempre es posible afinarlos,  sino de asumir que España debe competir con otros productos mas sofisticados y con mayor aportación tecnológica; ello se compadece mal con la decisión del Gobierno de eliminar las desgravaciones por innovación en contra del Ingenio 2010,  la apuesta proclamada solemnemente por Zapatero que alguien parece querer  boicotear desde dentro.

José García Abad

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