Hemeroteca Lista sin maldad
Nº 682
13/2/2006

Miedo al miedo

Este maldito asunto de las caricaturas presenta tantos pliegues como para permitir la evasión en el juicio. Permite desviarnos por los vericuetos de la intencionalidad provocadora del dibujante, la ideología xenófoba de la revista danesa y pisar firme sobre la reacción desproporcionada de los islamistas más fanáticos; es posible salir del paso poniendo en duda la espontaneidad de la protesta. El estallido musulmán permite meditar sobre la libertad propia y el respeto ajeno; sobre la tolerancia y la intransigencia e incluso sobre el buen o mal gusto. Hay tantos ingredientes en la pócima como para permitir salidas airosas a políticos, sociólogos, filósofos y periodistas obligados a emitir opinión.

Para mí, la almendra del problema es el derecho a dibujar y publicar caricaturas, opiniones y hasta imprecaciones sobre Mahoma o el Sursum Corda sin más limitación que la ley. Las constituciones democráticas recogen este derecho que la española expresa en su artículo 20, que reconoce y protege el derecho “a expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito, o cualquier otro medio de reproducción”.

La libertad de expresión me parece tan sagrada como las religiones, creencias y supersticiones, pero en caso de confrontación de derechos y respetos debe prevalecer la primera. Esta revista, a diferencia de la danesa y de Charlie Hebdo, una revista satírica francesa, no publicará las celebres caricaturas porque no es nuestro estilo, porque respetamos, no las ideas, creencias y supersticiones, sino a los ciudadanos que las sostienen. Sin embargo, como decía aquel parlamentario inglés: “Odio lo que usted dice pero daría la vida porque pueda seguir diciéndolo”.

El director de la revista danesa me parece un insensato y quizás un provocador pero, lamentando su conducta, defiendo su derecho a la insensatez y a la provocación. La quema de banderas es responsabilidad de quien las quema, no del dibujante, y es muy dudoso que si no se hubieran publicado sus caricaturas no hubiera estallado el polvorín con cualquier otro pretexto. Todos los peligros que puedan ocasionar –hoy las caricaturas, ayer los versos satánicos de Salman Rushdie y mañana vaya usted a saber qué– no admiten comparación con los peligros de la censura y de la autocensura que es la forma moderna de la censura.

Lo que se está produciendo no es un debate de ideas sino la presión  del miedo, justificado por los atentados de Nueva York, Madrid y Londres, entre otros. Se han hecho cantidad de caricaturas, bromas, canciones, chistes zafios y groseros sobre Mahoma desde tiempo inmemorial, en los periódicos, en los libros y en los bares y nunca ha pasado nada. ¿Qué ocurre ahora? Simplemente que llueve gasolina sobre la crispación en una guerra sin cuartel y sin normas en la que vale todo: el terrorismo salvaje contra las Torres Gemelas y el tren de la muerte en Madrid, por una parte, y la guerra de Iraq, y la tortura, guantanamera y subcontratada, por otro; un conflicto envenenado por la ocupación de Israel y el terrorismo palestino. Todo muy trágico, pero peor sería que en esta guerra cayera también la libertad de expresión.

El fanatismo viene de más atrás y seguirá más adelante pues hay Estados teocráticos, o movimientos que intentan construirlos, empeñados en que no se separe lo que es de Dios de lo que es del hombre. No luchamos en una guerra de religión entre cristianos y musulmanes como la que nos enfrentó durante ocho siglos en España o la que marcó la historia de las invasiones turcas o la que enfrentó a católicos y protestantes. Es una guerra en la que se combina la resistencia al dictado USA con la guerra santa contra el laicismo y  la prosperidad de Occidente. Ni siquiera es una lucha entre pobres y ricos, entre imperialistas y colonizados aunque hay elementos de todo ello; sin olvidar que algunos del bando teocrático, como Arabia o Irán, no  tienen nada de pobres. Es una lucha de civilizaciones: la medieval y la moderna o, en definitiva, como una lucha de los tiempos. En Europa se quemaba al hereje y en España, más, que para eso era campeona de la cristiandad. El fanatismo no es exclusivo del islamismo aunque no es seguro que con el tiempo los islámicos andarán el camino que hicieron los cristianos.  El fanatismo es útil para los déspotas, por lo que es probable que desaparezca con el desarrollo.

El miedo no debe retrocedernos a los tiempos anteriores a la Ilustración española,  a la Revolución Americana y a la Revolución Francesa. ¿Abortaremos a Voltaire o al marques de Sade?. No doy consejos a nadie pero confieso que me da miedo el miedo y procuro actuar como si fuera libre.

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