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Cuidado con las 'coronaciones' anticipadas No hay que coronar todavía a Artur Mas. Gracias al Estatuto —impulsado por el Gobierno tripartito de la Generalitat—, el líder del principal partido de la oposición en Cataluña ha dado, podríamos decir, el salto a la fama. Paradojas de la política. El Estatuto de Maragall parece haber favorecido a su rival más directo. En la penumbra de las conversaciones de La Moncloa, algunos observadores han intuido un pacto —más allá del Estatuto— entre Zapatero y Mas para destronara Maragall y restaurar el sistema pujolista, eso sí, rejuvenecido, en Cataluña. Pero repito que es pronto aún para coronar a Mas. La política democrática pasa sobre todo por las urnas, aunque no debe desconocerse la influencia que pueden acabar teniendo ciertas operaciones de salón o palaciegas. Parece plausible barruntar que a Zapatero —acosado ferozmente por la derecha española— le convendría desprenderse de ERC, que a menudo ofrece una imagen distorsionada o desbocada, muy lejos de la prudencia que, en teoría al menos, es exigible a un partido con responsabilidades de Gobierno. Como le estorba a ZP también un Maragall imprevisible y, con frecuencia, torpón y en exceso personalista, como si las estructuras de partido, sin duda engorrosas, le fueran ajenas. En esta especulación —que es una cábala con fundamento— habría que incorporar de inmediato los legítimos intereses de Mas. Habiendo conseguido más diputados que el PSC —aunque menos votos—, Mas tuvo que quedarse hace dos años a las puertas del paraíso. Menospreció a ERC, no estuvo al quite, confió clemasiado en sus propias fuerzas o le faltaron reflejos. Quizás hubo de todo un poco. Carod-Rovira pudo hacerlo presidente pero optó por Maragall. Empezó entonces la travesía del desierto para Mas. Pocos apostaban por él. La lógica hacía vaticinar un reinado de dos legislaturas de Maragall con sus aliados. Mas estaba predestinado al infierno donde políticamente van casi siempre los sucesores de los grandes. El sucesor de Suárez fue el efímero Calvo-Sotelo. El de González fue Almunia y salió por piernas de Ferraz —con dignidad, ciertamente— la noche de la mayoría absoluta del PP. Rajoy, el sucesor de Aznar, no remonta el vuelo, por muchos referendos y tremendismos que ponga frenéticamente en marcha. Mas, en cambio, ha resucitado y ahora mismo, si se hiciera una encuesta preguntando en Cataluña quién cree que tiene más posibilidades de ser presidente, Maragall o Mas, triunfaría probablemente el segundo. Máxime si fuera verdad la versión según la cual el precio de Mas por otorgar su sí al Estatuto fue la cabeza de Maragall. ¿Qué puede ocurrir en todo caso? Pues que la balanza la puede, una vez más, des-equilibrar ERC. Si entra por el camino del Estatuto —para lo que dispone de tiempo, que no se equivoque nadie— el partido de Carod-Rovira puede fortificar el tripartito, que se presentaría así a las elecciones con muchas posibilidades de repetir la experiencia. Para gobernar, CiU debería con-seguir mayoría absoluta, lo que es muy improbable. O sumar con el PP, lo que también sería difícil por dos razones. La primera, porque sería una suma que no sumaría salvo imponderables extrañísimos. Y la segunda, porque tras el numerito del PP con el Estatuto CiU no estaría en condiciones de aliarse con la derecha de la España excluyente. O sea, que cuidado con las coronaciones anticipadas. Mas puede ser presiden-te de la Generalitat, sin duda. Pero el PSC no está dispuesto a renunciar fácilmente al poder tras 23 años seguidos de abstinencia. Y el PSC es casi como el PSOE. Pero no es el PSOE. Enric Sopena |