| Hemeroteca | Lista |
![]() |
||
|
|
Primero solución, después problema Posiblemente muy pocos catalanes leyeron el proyecto de Estatuto. Posiblemente muy pocos de los demás españoles leyeron el proyecto de Estatuto. Para los que lo leyeron, leímos, el proyecto y se compara con el salido del acuerdo se verifica que se parecen como un huevo a una castaña. Lo que era completamente lógico, además de las rebajas que vengan en la tramitación parlamentaria y en el Tribunal Constitucional. Porque el proyecto era imposible. Entonces a uno se le pone cara de batueco. Resulta que todos han triun fado. No es posible. ¿Por qué se plantea un texto infumable y luego se conforman, exitosamente, con algo que se podía haber puesto encima de la mesa desde el primer momento sin tanto bombo y en un puro acontecer democrático de las cosas? ¿A qué se juega? Uno tiene la sensación de que lo único que importa es parecer que se triunfa. Incluso en eso tan vago del sentimiento de nación. ¿Cómo se puede sentir algo que no se ha tenido nunca? Para comprender el fenómeno hay que partir de premisas básicas. Una, son conscientes de que existe una desinformación y una incultura política abrumadora. Dos, no se quiere que se tenga. Tres, da lo mismo el fondo de la cuestión, lo importante es parecer que se tiene éxito. Cuatro, al ciudadano le es indiferente. Nos topamos así con un mundo político cada vez más divergente entre gobernantes y gobernados. Hay que justificar la existencia. Pasó algo parecido en materia sindical cuando se inició la figura del liberado sindical. Había que montar permanentemente movidas, por lo que fuera, para justificar ante los compañeros de tajo que había unas personas cuyo curro eran los derechos de los demás. En la política hay que tener al ciudadano siempre en vilo para que perciba que el gobernante es un gran tipo. Y lo fetén es arreglar lo que no hace falta, y si no hay un problema, pues se busca. El objetivo es que el éxito esté garantizado. Qué bueno es. Luego, normalmente, cuando ocurren problemas de verdad no se da pie con bola y se fracasa estrepitosamente. Por supuesto, no se actúa de forma consciente. Los estados mayores de la política no es que tengan esa capacidad de ingenio, lo que suele ocurrir es que se fijan en pequeños detalles que pasan todos los días, las más de las veces puramente anecdóticos, y se magnifican o no en función de las circunstancias. O bien algo normal se amplía y deforma para que luego acabe bien. O se eliminan los rastros históricos para que el triunfo sea del gobernante que pone la primera piedra o del que corta la cinta. Es como lo que el común de usuarios de ordenador piensa de los virus informáticos, que los crean las compañías que venden antivirus. Algunas compañías se asocian para controlar su propia publicidad para que no sea engañosa, estableciendo sistemas de autocontrol. Algo similar debería existir en el campo político para garantizar la transparencia y la verdad. Comprendo que es imposible. Volviendo al caso del Estatuto. ¿Se imagina alguien que antes de meterse con el proyecto se hubiera sometido a un autocontrol de realismo? En el sentido de decir: ¿es posible que alguien que no sea yo sea capaz de tragarse esto? Menos mal que existe Bruselas. Allí, no se qué pasa, todos se vuelven más sensatos, puede que por vergüenza torera. Cuando un político español pasa a un organismo internacional no le reconoce ni el periodista que le seguía en las campañas aquí. Será cosa del sol. Pues será. Fernando F. Trocóniz |