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Por
Salvador Martínez (París)
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| Nº 680 - 30 de enero de 2006 |
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El Fondo Monetario Internacional (FMI) que dirige Rodrigo Rato ha previsto para este año un crecimiento de la economía mundial del 4,4 por ciento. Según el último informe semestral elaborado por el equipo que dirige el ex ministro de Economía español, está claro que la economía mundial sigue creciendo. Sin embargo, el FMI no responde a la pregunta que se hacen los especialistas como Louis Maurin y Sandra Moatti. Estos editorialistas de la revista económica Alternatives Économiques, se preguntaban recientemente sobre el precio que hay que pagar por el crecimiento perpetuo al que parece estar obligada la economía mundial. Mourin y Moatti entienden que el coste del crecimiento de la economía del planeta podría ser demasiado caro pues se paga agotando “los recursos naturales y poniendo en peligro el equilibrio ecológico”. Por su parte, la economía más rica del planeta, la de EE UU, paga “acumulando una gigantesca deuda”. Establecer un presupuesto y un plan de acción con el que se pudiera poner fin a los males que causa el capitalismo actual y su tendencia a generar toda la riqueza que esté a su alcance sin considerar apenas los efectos perversos de su actividad, podría no ser suficiente. Porque una vez reparados los males, la perversión sistémica que demuestran en cada ejercicio las actuales formas que presenta la economía capitalista mundializada seguiría, sin duda, favoreciendo sólo a una minoría. De ahí que la reciente reflexión de Jean
Peyrelevade en su ensayo Le capitalisme total (Editions Seuil, 2005) centre su
esfuerzo intelectual en definir quiénes son los culpables de los desajustes de
lo que él llama “máquina capitalista”. Peyrelevade conoce la maquinaria sobre
la que trata su ensaño porque “es un insider”, dicen en
En su etapa como empresario fue presidente del grupo industrial Suez a principios de los 80. Entre 1986 y 1988 ocupó el mismo cargo en el Banco Stern. Más tarde estuvo a la cabeza de la aseguradora pública UAP durante cinco años, justo antes de dirigir una década el Crédit Lyonnais. Semejante currículo lo avala en la actualidad como autoridad en cuestiones económicas. Estatus que explica, en parte, que las consideraciones que alberga Le capitalisme total, hayan sido objeto de una adhesión prácticamente unánime por parte de la crítica. El libro, del cual se han vendido 25 000
ejemplares en Francia, constituye una síntesis de las reflexiones contenidas en
obras anteriores, todas todavía por publicar en España. Para entender el
contenido de este último ensayo, es necesario situar políticamente a
Peyrelevade. Él prefiere declararse perteneciente a lo que en Francia se
denomina la “izquierda americana”, al progresismo francés que abraza los
principios del liberalismo económico y que vivió sus mejores momentos durante
los dos septenios en los que François Mitterrand fue presidente de
Esta constatación no es algo que comparta Peyrelevade con una mayoría de la sociedad francesa. Las encuestas realizadas por el instituto de estudios de opinión TNS-Sofres en marzo de 2002, apuntaban que el 61 por ciento de los franceses relacionaban con “algo negativo” el término capitalismo. Alain Duhamel, periodista y autor de varios ensayos sobre la vida política y social francesa, analizaba los datos recogidos por las encuestas asegurando que, en Francia, “el capitalismo da miedo”. “Los franceses desconfían del liberalismo”. Peyrelevade no pertenece a ese grupo de franceses. De hecho, Le capitalisme total es una obra que da la bienvenida a lo que el autor entiende que es la nueva “época del capitalismo triunfante”. Se trata del capitalismo contemporáneo, el de las finanzas, el que ha sabido imponerse al modelo de producción comunista y a su hermano de origen renano. Éste, también conocido como capitalismo centroeuropeo, se encuentra, si no extinto, en proceso de irreversible desaparición. Según Peyrelevade, “su incapacidad de reestructurar lo suficientemente rápido el sector productivo”, diseñado a base de grandes industrias nacionalizadas, lo condujo al fin de sus días. De manera que, tras poco más de una década y media de la caída del Muro de Berlín, el capitalismo financiero se impone, y en él es el individuo accionista, y no el Estado, el actor económico sobre el que reposan las bases del sistema económico. Este hecho implica que el “interés general no tenga lugar” en el mercado financiero, alerta Peyrelevade. El interés que prevalecerá será en todo momento el del accionista, quien, lejos de invertir en Bolsa empujado por la filantropía, comprará o venderá acciones para obtener rentabilidad. Por todo lo anterior, Peyrelevade
escribe: “La economía mundial está, hoy día, al servicio de los accionistas”.
El sistema capitalista contemporáneo está, por tanto, al servicio de un tipo
minoritario de ciudadano, e ignora a una mayoría de pobres. Así, entre los
ricos, son accionistas los más favorecidos, con más ingresos y con más y mejor
formación académica. En números, representan unos 300 millones de personas si
se suman ciudadanos estadounidenses, europeos de
La gravedad de afirmar, como hace Peyrelevade, que el capitalismo contemporáneo “está constituido como si se tratara de una gigantesca sociedad anónima”, reside en el objetivo que se presume en todo sujeto accionista de esa S.A. y que es la obtención de rentabilidad. Meta legítima hasta que, como en realidad ocurre, y Le capitalisme total lo recuerda, la rentabilidad del capital exigida por el accionariado debe ser obligatoriamente del orden del 15 por ciento. Semejante imposición, constata Peyrelevade, obliga a los jefes de empresa a obstinarse en dar beneficios a su accionariado. En un primer momento, “este rendimiento impide a las empresas que cotizan en Bolsa que puedan invertir”, asegura Peyrelevade. Pero la obsesión en repartir dividendos lleva a una lógica de reducción de costes en las empresas y, con ello, a las deslocalizaciones, al desempleo en los países desarrollados y a la búsqueda de la supervivencia empresarial a toda costa. Ante los accionistas, los culpables de los desajustes del capitalismo contemporáneo, los Estados permanecen, según en el texto de Peyrelevade, “impotentes” y “eclipsados”. No pueden erigirse como un contrapoder frente a la excesiva capacidad de decisión de los accionistas. Por eso, Le capitalisme total apela a la sociedad civil politizada para hacer frente al poder accionarial. Peyrelevade exige la formación de un nuevo contrapoder sobre el que ya escribe en un libro que, dice, “estará listo en dos años”. Mientras tanto, no se podrá decir que él no avisó: “Nunca tuvimos tanta necesidad de asegurar un equilibrio político, ético y ecológico de desarrollo”. |