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Lista Al trasluz

Nº 680
30/1/2006

El trapecista en el trapecio

Ha declarado Francisco Bustelo a El Siglo que "los antiguos dirigentes están un poco dolidos y se manifiestan en posiciones críticas que a mí me parecen excesivas." Esos antiguos dirigentes —a los que alude este histórico del socialismo que militó también en IU— constituyen el núcleo duro del felipismo. Opinan en voz alta poco, pero acostumbran a largar en conversaciones privadas que terminan trascendiendo de un modo u otro. Son, en efecto, muy críticos respecto a Zapatero.

Circula la versión de que el propio Felipe González se desmarca a menudo de su sucesor en el PSOE y en el Gobierno. El Estatut ha concitado al parecer las iras de González aunque, en público, las ha suavizado y se ha limitado a deslizar entre líneas su oposición a esta reforma. Pero sucede que los más contumaces adversarios socialistas del Estatut se han quedado, como Rajoy, sin apenas discurso.

Cuando escribo este artículo, pasados varios días ya desde que se alcanzó el acuerdo básico en torno al Estatut, González mantiene un silencio elocuente. El ex presidente que alertó sobre el controvertido texto catalán no ha dicho nada positivo, ni una sola palabra, después de que el peligro prácticamente haya desaparecido.

Parece obvio que el éxito de Zapatero por el final feliz que se augura al Estatut —cuando supere todos los tramos parlamentarios y también el sí gane en el referéndum preceptivo— contribuirá a consagrarlo como líder y como estadista.

Se ha acabado el felipismo y ha llega-do el esplendor zapaterista, afirman algunos. No les falta razón, ciertamente. Zapatero ha convertido la discreción en virtud sobresaliente. Carece de carisma en el sentido que lo tenía, y sigue teniéndolo, González. Pero su gestión hasta el presente es en buena parte impecable. Los aciertos superan con creces a los errores. Y los ciudadanos, en todo caso, valoran el presente y, como es natural, relegan el pasado al baúl de los recuerdos.
No rehúye ZP meterse en jardines complicados y, tras un gran suspense en la opinión pública, se sale con la suya casi sin despeinarse. Es un trapecista que mantiene en vilo a los espectadores. Eran pocos los optimistas que creyeron el 30 de septiembre, cuando fue aprobado el texto del Estatut surgido de Cataluña, que ese bodrio —se dijo— podría reconvertirse.

Ha arreciado la tormenta hasta alcanzar niveles inquietantes. Incluso militares proclives a la nostalgia —o a complacer al PP en su estrategia— han reaparecido, lo que es un síntoma pésimo. Zapatero ha estado poco arropado. Desde las filas suyas resonaban las voces de la discordia. Entre sus ministros, también. Léase Bono, por ejemplo. Entre los barones, desde Rodríguez Ibarra a Leguina, con Chaves ejerciendo más de presidente de Andalucía que de presidente del PSOE.
Pero Zapatero ha triunfado, aunque en política nunca nada es definitivo. Ahora se reabrirá otro capítulo decisivo, el de Euskadi, el de la paz que se otea y no acaba de plasmarse. Expectación y cautela. El PP volverá a las andadas. Movilizará a cuantos pueda para impedir u obstaculizar al máximo el proceso del diálogo y de la ansiada concordia. Nos la jugamos todos. Políticamente quien más arriesga es Zapatero. Vuelve el trapecista al trapecio. Si consigue el objetivo, su consagración será apoteósica.

No ha tenido tropezones en cuanto a escándalos o corrupciones. Otro dato positivo. Pero no ha cumplido aún los dos años en el poder. Será imprescindible también que esta asignatura Zapatero la apruebe y, a ser posible, con nota.

Enric Sopena

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