AGUA VA...
Ramón O'Pina
Nº 680 - 30 de enero de 2006
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Nacionalidad nacional de naciones

H
E rase una vez un viejo país en el que sus reyes y príncipes vivían felices, cazaban y comían perdices, y sus gentes holgaban laboriosamente. Se parecía mucho a España, pero se llamaba Japilandia.
Puestos a ver diferencias, en Japilandia casi nadie hablaba español (aunque el japilandés no era obligatorio) mientras que aquí, en España, muchos aún podemos seguir hablando español.
En Japilandia la Constitución se quedó en el prólogo. Una comprometida definición de intenciones; "Vivan las caenas", "Maricón el último".
Japilandia era un país neutral, con un ejército voluntario, con uniformes preciosos, armados de mercromina, tiritas y apósitos varios. El ejército se dedicaba, mayormente, a la industria del cine. Como figurantes y/o extras (en especial películas de muchos romanos). También a otros cometidos propios de la milicia: bandas de música, galas de puestas de largo, coros y danzas, paradas (tanto caballares como desfiles), etc, ...Japilandia era confesionalmente dudosa: sus reyes no creían ni en Dios ni en nada, y nadie creía en ellos ni en Dios alguno.
Tampoco había autonomías, ni ley antitabaco (bueno, sí, cada cual, en su casa, gozaba de competencias transferidas de horarios, para hacer aguas mayores y/o menores a su libre albedrío, y estaba rigurosamente prohibido fumar en los tanatorios y puros en maternidades y gasolineras).
Los impuestos tampoco eran iguales. Para el mantenimiento de la Casa Real, la Casa de Fieras, la Casa de la Moneda y Timbre de voz, las casas de lenocinio y otros lujos de identidad nacional, los japilandeses más ricos pagaban muchos más impuestos que los otros (el resto, pues no había homeless, clérigos, ni sinpapeles).
Tampoco había gays, ni bisexuales, nitravestis. Tenían, eso si, maricones, tortis y los de "a pelo y pluma". Pero a nadie le importaba si se lo montaban así o asao; ni les pagaban en las teles por salir a contar sus cuitas.
En Japilandia tampoco había Gobierno. Ni, tampoco, el rey daba un palo al agua. Los japilandosos, cada fin de año, elegían cuál de las grandes potencias internacionales les iba a gobernar el año entran-te. Los ricos trabajaban algo administran-do las subvenciones que mantenían al país (el resto no la hincaba).
Tan parecidísimos a los españoles (has-ta en la pandereta), la gran diferencia no era si las japilandesas tenían el culo más o menos caído, o ellos más o menos capacidad y/o frecuencia de relaciones sexuales, no, la diferencia fundamental es-taba en su evolución como homínidos. Toda su vida envidiando la bota de vino, los porrones de los paisos catalans y el botijo español, acomplejados, los pobres japilandeses, por no haber desarrollado, aún, la capacidad de beber a chorro (la más singular diferenciación nacional, de la nación española, de otras nacionalidades).
Un día llegó la República y los japilandeses todos comieron perdices (de gran-ja), dejaron de beber en porrón a morro, entraron en la Europa de los treinta y muchos, y fueron ya, como todos, tristemente infelices, con IVAs, IRPFs, autonomías; sus hipotecas; trabajo precario; partidos de liga; partidos políticos; conferencia episcopal; conferencias de prensa, y cuantos males jamás soñaron.
Los reyes de Japilandia, en la más pura tradición familiar, se exiliaron a la Gran Bretaña, rodeados de primos y tíos a los que enseñaron a beber el té a chorro, mientras sus hijos, todos felizmente divorciados, aglutinaron el partido mayoritario: Monarquía Republicana, en torno a su eslogan "Por el cambio: Pijilandia".
(PAÍS). •

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