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| Nº 680 - 30 de enero de 2006 |
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Periodismo de hotel
La prensa extranjera hace muchos años que no es lo que era. Exactamente desde que en España hay libertad de prensa. Con la Constitución de 1978 los periódicos extranjeros dejaron de ser la referencia a cuya protección debimos acogernos tantas veces. Lo cuenta muy bien Raúl Morodo en el primer tomo de sus memorias, donde propone que se rinda el homenaje pendiente a los José Antonio Nováis, Walter Haubrich, Richard Eder, Arnold Hottinger o John Wheeler, de medios como Le Monde, Frankfurter Allgemeine Zietung, The New York Times, Associated Press o Neue Zurcher Zeitung, que arrostraron las inclemencias de informar sobre las fuerzas de la oposición democrática al franquismo y, al hacerlo, disuadieron muchas veces al régimen de mayores agresiones a los impulsores de la disidencia durante la dictadura. El preámbulo de la Ley de Principios Fundamentales del Movimiento, norma promulgada directamente en uso de los poderes legislativos que Franco se atribuyó durante la guerra, sin necesidad siquiera de someter proyecto alguno a la tramitación en las Cortes que él mismo designaba, empezaba solemne: "Yo, Francisco Franco, Caudillo de España, responsable ante Dios y ante la Historia, dispongo...". Pero, en la práctica, además de las instancias citadas, Dios y la Historia, frente a las cuales aquel general superlativo se declaraba responsable, sin más efectos que los meramente retóricos, había otra instancia más a mano, la prensa extranjera, única capaz de reclamarle con cierta eficacia algo parecido a una rendición de cuentas. En aquellos tiempos tener amistad y trato con la prensa extranjera extendía una cierta patente de impunidad por-que el régimen era más cuidadoso y prefería tratar con guante blanco a quienes en caso de ser agredidos acabarían mencionados en la prensa internacional conel consiguiente desdoro adicional para el franquismo. Ahora, con motivo de un impecable editorial de The New York Times que afeaba el impresentable comportamiento del Partido Popular, dispuesto a apostar por lo peor y a disculpar a los militares que han querido ir más allá de los deberes de la obediencia debida en el asunto del Estatuto de Cataluña, en las páginas de La Razon se ha querido ofender al diario norteamericano como si su editorial fuera merecedor de repulsa por los patriotas españoles. El diario del editor Lara ha desempolvado el lenguaje de los diarios fascistas como Arriba y El Alcázar para culpar al diario neoyorquino de lo que no ha he-cho, rebatirle lo que no ha escrito y presentarle como implicado en asuntos de la Administración Bush cuyos abusos el rotativo ha criticado de manera tan vigorosa como ejemplar. Otros colegas extranjeros que frecuentan las páginas de la prensa, como son los escritores Claudio Magris y Günter Grass, se han acercado a Oviedo para recordar-nos que la verdad está malherida en los periódicos de nuestros días. Ha dicho Magris que sabemos menos de Afganistán de cuanto nos contaba Rudyaard Kipling, y Grass que la guerra de Iraq con sus mentiras ya reconocidas es una "metáfora de la manipulación". Los dos coincidieron en la complacencia de la prensa con las mentiras de los gobiernos, de forma que avala el ruido con el que se ocultan los sonidos de la ver-dad. Su conclusión es que en los medios prevalece el mensaje más fuerte en lugar del más verdadero. Luego el corresponsal de II Corriere Della Sera Máximo Nava recordaba que en la caída del Muro de Berlín los periodistas estaban en primera fila y transmitían por teléfono lo que veían mientras que en Bagdad están en hoteles y envían por satélite sin saber qué sucede. O sea, periodismo de hotel. Y en Italia, ¿quién nos cuenta lo de Berlusconi? Miguel Ángel Aguilar |
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