Hemeroteca Lista sin maldad
Nº 680
30/1/2006

Zapatero, milagrero y remendón

Con motivo del 14 aniversario de esta revista expresé a mis ilustres invitados que me reservaba mi opinión sobre José Luis Rodríguez Zapatero hasta que viéramos en qué quedaba lo del Estatut. “Hasta ahora ha hecho una gestión razonable y en el terreno social más avanzada que la de González pero ha llegado la hora de la verdad y pronto sabremos si el presidente es un insensato o un estadista genial”. Tras el acuerdo de Zapatero con Mas y a la espera de que conozcamos los detalles borro lo de insensato, aunque aún tiene que demostrar que es un estadista genial. Así que, de momento, le reconoceré la condición de milagrero, aunque tampoco le viene mal el título de remendón si ustedes me permiten hacer, con intención admirativa, un chiste con su apellido. El oficio de remendón es más seguro y más útil que el de milagrero, pues la magia es volátil y peligrosa mientras el arte de remendar es muy útil en el duro caminar por la política, que rara vez transcurre por caminos de rosas.  

El Estatut entra en las Cortes Generales como un adefesio y, presumiblemente, salga, si no inmaculado como prometió el presidente, al menos razonable y con amplio consenso que, lamentablemente, excluye al PP y a ERC. No comparto las manifestaciones de los convergentes y de algunos socialistas que han coincidido en proclamar que la belleza del Estatut estriba justamente en que lo rechazan Carod y Rajoy, los extremos que se tocan. Pedir la aceptación de ambos supera claramente las artes del milagrero.

Sin embargo, a diferencia de lo que suele decirse en los partos, no sólo cuenta el desenlace final, que el niño nazca saludable. Zapatero ha asumido riesgos excesivos y eso en política, como en la vida misma, es mala cosa aunque no se produzca la catástrofe. No sólo cuenta la meta, sino el camino en sí mismo y el recorrido por el Estatut ha abierto heridas que no cicatrizarán fácilmente. Su responsabilidad en tales desgarros es muy inferior a la de Rajoy, que está activando los viejos fantasmas anticatalanes.

Todos han forzado a sus respectivos partidos. Rajoy ha puesto en un brete a su afición catalana y ha colocado a Piqué en una situación desairada. Cuesta pensar que en este partido hay sitio, un mismo sitio, para Piqué y para Acebes. Como soy un optimista irreductible, el hecho de que Piqué continúe me reabre las esperanzas sobre el regreso de Rajoy a la moderación. Sueño con que el gallego le decía al compañero catalán: “Tranquil, Josep. Aguanta un pelo que en este partido van a pasar cosas”. Cuando pasen sabremos que, como Zapatero, Rajoy ha matado al padre. Artur Mas, tras el acuerdo estatutario, ha matado al suyo, al seu pare, a quien vimos con pinta de gnomo junto a Mas y Duran en una foto de falsa concordia familiar, pues estos dos no se aguantan y no se aguantarán hasta que el primero le haga ministro al segundo. El hecho de que Pujol haya regalado sus corbatas a Josep Antoni Durán prueba su liquidación.  Tampoco lo tiene fácil Carod a quien, ataque de cuernos aparte, le crecen los enanos. Este partido no sólo se ha jugado contra el adversario, sino contra el verdadero enemigo, que es el que está dentro, donde el compañero es un lobo para el compañero.

ZP no pudo o no quiso silenciar las voces discrepantes, alguna de ellas, como la de Ibarra, insilenciable. Alfonso Guerra, colocado en la portería de la Comisión Constitucional , se hizo notar;  Joaquín Leguina se ha expresado en esta revista con su divina pluma y nadie desconoce las aprensiones de Bono y de otros mandarines socialistas. Manuel Chaves ha jugado un papel excepcional advirtiendo a Maragall cuando aún se discutía en el Parlament de Catalunya. Pero la opinión que más interesaba al hombre de la doble residencia, el inquilino de La Moncloa y de Ferraz, es la de Felipe González, a quien se le reclama desde la derecha. No revelo ningún secreto: el distanciamiento entre los líderes del viejo y del nuevo socialismo es creciente. Era inevitable e incluso deseable, pues ningún dirigente crece sin matar al padre. Felipe ha sido discreto en público pero no se ha cortado un pelo en ámbitos más privados. El Siglo revela en este número lo que verdaderamente dijo en la UGT de Sevilla, una intervención que hizo correr los rumores más descabellados sobre supuestos insultos al presidente. No hubo insultos, pero Felipe manifestó su honda preocupación por lo que está pasando.

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