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Una
alianza de ambos mundos
L
a Alianza de Civilizaciones nació como un proyecto y una convocatoria
abiertos a la participación de todas las naciones en la sesión
del 21 de septiembre de 2004 de la Asamblea General de las Naciones Unidas.
En su intervención, el presidente del Gobierno de España,
lose Luis Rodríguez Zapatero, propuso una alianza entre el mundo
occidental y el mundo árabe y musulmán, aludiendo para ello
a la caída de un muro y a la necesidad de evitar "que el odio
y la incomprensión levanten otro". Esta iniciativa estuvo
llena de expresividad y oportunidad desde el principio, por relacionarse
de forma dolorosa con graves incidentes de carácter terrorista
y ambiental registrados en todo el mundo, en Occidente en particular.
Por su frecuencia y su modelo de actuación sospechosa-mente sostenido,
sugieren los incidentes una alarmante intensidad en la práctica
de la violencia sectaria, el culto a la intolerancia y la agresividad
hacia el otro, lo extraño, lo diferente y lo diverso. España,
como cruce de civilizaciones y víctima de actuaciones terroristas,
levantó oportunamente la voz para detener una locura que, en principio,
parecía incomprensible ante los aparentes frutos de la integración
y el desarrollo proporcionados por Occidente.
Inevitable resulta comparar la Alianza con el Choque, ambos de civilizaciones,
aun tratándose no ya de conceptos y predicciones distintas, sino
también de dos maneras más bien opuestas de entender el
mundo, de abordar un conjunto de problemas de urgente solución
para todos y, en consecuencia, diseñar una u otra actuación
política basa-da en diferentes valores. Desde el momento en que
se rechazaba la inevitabilidad del cumplimiento de la hipótesis
del Choque de Civilizaciones, también se ponía en tela de
juicio el acierto y la sabiduría mostrados en la utilización
partidista de las tragedias ocasionadas por el terror. Efectivamente,
por la lectura desaforada de los sucesos del 11 de Septiembre, el olvido
del contexto y la ira que suscitó el orgullo herido, aquella tragedia
habría contribuído a generar otras nuevas, especialmente
en Iraq, a base de fomentar el terrorismo donde no existía y de
alimentar una identificación injusta y totalizadora entre el terrorista
y el musulmán. De esta manera hay que preguntarse si la creencia
en el Choque de las Civilizaciones, una de esas profecías cuyos
autores se cuidan mucho de asegurar su cumplimiento, no estaría
precisamente contribuyendo a la creación de nuevos campos de batalla
y a poner de moda la violencia ciega e indiscriminada, aunque sólo
sea para dar la razón a los profetas.
Pero no queremos darles la razón. Estamos ante una serie de problemas,
desde el terrorismo a la marginación, ciertamente condicionados
ante la opinión pública por el miedo a la violencia, para
cuyo tratamiento se han ensayado de manera sucesiva innumerables medidas
políticas, modelos de comportamiento e hipótesis sociológicas,
que también de manera sucesiva han quedado arrumbados por el fracaso.
Sin asegurar éxitos ni resultados a corto plazo, difícilmente
puede haberlos, lo cierto es que Occidente sigue preguntándose
qué hacer ante la creciente presencia islámica, árabe
y no árabe, en sus ciudades, dudando de la mera desactivación
cultural o de la mera reacción defensiva ante un panorama de descontento
y agresividad,con componentes religiosos, políticos, sociales y
ambientales, en suma, que hasta ahora no se han abordado de manera satisfactoria,
lo que se percibe y se sufre de la manera más áspera posible
por ellos y por nosotros. La guerra, el rechazo, la exclusión y
el miedo, todo en manos de elementos extremistas, pueden ser las peores
medidas utilizables frente a un resentimiento histórico que, a
su vez, se reatroalimenta, fuente de comportamientos involutivos en uno
y otro lado y de peligros para la democracia.
A ese qué hacer se une la Alianza de Civilizaciones con la pretensión,
en definitiva, de lograr una coalición inspirada por el diálogo
y el respeto, para la dinámica del encuentro y no de la confrontación,
entre Occidente y el mundo árabe y musulmán, para combatir
el terrorismo internacional, pero haciéndolo con la utilización
de otros medios, además de los policiales y militares. Es decir,
para desactivar la plaga a través de la específica cooperación
antiterrorista, pero también por la corrección de las desigualdades
económicas, la integración social y el diálogo religioso
y cultural. Decíamos antes que la propuesta es oportuna como eco
de un clamor generalizado ante el miedo y la inseguridad que se perciben
como avasalladores. Por esto y por el interés que de manera paulatina
la Alianza está suscitando en foros y personalidades destacadas,
debe completarse con una operatividad y una eficacia ejecutivas, mediante
el continuado y decidido apoyo de los Estados, en suma, sin los que la
Alianza, y para peligro de todos, puede quedar reducida a una magnífica
declaración de buenas intenciones, una más, con limitadísimo
alcance real, otra vez.
Ignacio Ruperez |