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Las
Fuerzas Armadas españolas han experimentado, a lo largo de las últimas
décadas, un proceso de democratización y profesionalización inimaginable
tras el final de la dictadura. Sin embargo, las polémicas declaraciones
del teniente general José Mena Aguado han avivado los rescoldos preconstitucionales
que aún se resisten a desaparecer del mundo castrense. La carta de apoyo
firmada por 50 miembros de la XIX Promoción a la
que pertenece el jefe de la
Fuerza Terrestre, publicada poco después de que pronunciara
su controvertido discurso donde enarbolaba el no menos debatido artículo
8 de la Constitución, demuestra,
según fuentes militares, que su posicionamiento frente al Estatuto de
Cataluña no es, como pretende el Gobierno, un caso aislado; advierten
también de la existencia de otros mandos y de otras actitudes que, aunque
no entrañan el peligro de volver a escuchar el ruido de sables, conviene
atajar de raíz por razón de higiene democrática. Por otra parte, el caso
Mena también ha abierto algunos interrogantes y ha puesto en duda la idoneidad
de determinadas cuestiones. ¿Tuvo la
Casa Real conocimiento del discurso antes del 6 de enero?
¿Por qué el Partido Popular no ha sido tajante a la hora de condenar las
declaraciones? ¿Cuál es el significado de la
Pascua Militar? ¿Qué son y qué importancia tienen las
asociaciones militares? ¿Por qué el artículo 8 de la Carta Magna?
Por
Virginia Miranda
La
experiencia reciente ha demostrado que el Ejército se ha asimilado con
éxito al orden constitucional. Las Fuerzas Armadas españolas son capaces
de participar en organismos internacionales con capacidades técnicas,
logísticas, humanas y organizativas similares a las de los ejércitos procedentes
de países con larga tradición democrática. Y dentro del territorio nacional,
su imagen ha mejorado de forma considerable y tanto los militares como
los civiles, salvo una minoría de nostálgicos irreductibles, tiene meridianamente
clara la línea que divide sus competencias y sus límites.
Sin
embargo, otra experiencia, no muy lejana y repetida de forma intermitente
desde el siglo XIX hasta hace apenas 15 años, aún sigue coleando en la
memoria colectiva, consciente del modo en que los militares han sido capaces
de anegar los Gobiernos constitucionales y parlamentarios españoles hasta
hacerlos desaparecer bajo la dictadura o de cómo estuvieron a punto de
echar a perder la Transición.
Por
todo ello, el discurso pronunciado en Sevilla con motivo de la
Pascua Militar por el teniente general José Mena Aguado,
donde aseguraba que “es nuestra obligación alertar de las graves consecuencias
de la aprobación del Estatuto de Cataluña en los términos en que está
planteado” y que si sobrepasa los límites constitucionales “sería de aplicación
el articulo 8º de la
Constitución” –“Las Fuerzas Armadas [...] tienen como
misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su
integridad y el ordenamiento constitucional”–, ha caído como un jarro
de agua fría entre la opinión pública, recordando épocas pasadas afortunadamente
superadas.
Tras
estas declaraciones, el titular de Defensa, José Bono, a propuesta del
Jefe del Estado Mayor de la Defensa (JEMAD), Félix Sanz
Roldán, acordó su arresto domiciliario de ocho días. Y el pasado 13 de
enero, después de que el ministro elevara la propuesta del JEMAD, el Consejo
de Ministros cesó a Mena como Jefe de la Fuerza Terrestre.
Pero
a pesar de estas medidas y de las declaraciones de Bono, quien asegura
que el de Mena es un caso aislado en el Ejército, Defensa no ha logrado
dar carpetazo a este incómodo asunto. Reacciones, acontecimientos y comunicados
se han ido sucediendo en días posteriores aprovechando una oportunidad
que poco tiene de excepcional y espontánea.
Fuentes
militares aseguran que la carta publicada el 10 de enero en el diario
La Razón y firmada por alrededor de 50 compañeros de
la XIX promoción
de la Academia
General Militar no responde a la improvisación. Fernando
Reinlein, portavoz de la asociación Foro Milicia y Democracia (FMD) y
autor del libro Capitanes rebeldes (La
Esfera de los Libros), cuenta que algunos de ellos se
repartieron los teléfonos del resto de mandos –todos retirados o en la
reserva salvo Mena, el jefe del Estado Mayor del Ejército (JEME), José
Antonio García González, y el teniente general Domingo Marcos– para pedirles
su adhesión a las manifestaciones de Mena Aguado. Reinlein considera que
“la cosa no es para ponerse nervioso”; de los más de 300 tenientes que
salieron en 1964 de la academia, y teniendo en cuenta que la mayoría deben
seguir vivos, que sólo se hayan adherido medio centenar –menos tres de
ellos que pertenecen a la XX promoción– no es como para
hablar de ruido de sables.
Por
otra parte, tanto Reinlein como otras fuentes militares consideran extraño
que Mena, un hombre con fama de moderado y prudente, haya realizado semejantes
manifestaciones. Según algunas de estas fuentes, el teniente general ha
sido escogido para verbalizar el sentir de otros altos mandos que, estando
retirados, no alcanzarían la repercusión deseada –y el de otros militares
en activo que no han querido echar a perder su carrera–. Se ha jugado
mucho echando un pulso al Gobierno a dos meses de pasar a la reserva después
de 40 años de servicio, “pero ante sus compañeros ha quedado como un símbolo,
un héroe que se ha sacrificado por el bien de España”. Quienes conocen
desde dentro el mundo castrense llaman la atención precisamente sobre
esos compañeros, los de la promoción XIX, y advierten que “las voluntades
militares en temas políticos nunca han funcionado tan rápido como hemos
visto ahora”, por tanto es improbable que no estuvieran al tanto del discurso
de Mena antes de la
Pascua Militar y que no hubieran redactado el manifiesto
con anterioridad. También destacan que en la lista de firmantes, cuyo
rango oscila entre teniente coronel y general, aparece un gran número
de militares monárquicos, y subrayan el hecho de que la enumeración de
sus nombres no responde a un orden alfabético o de escalafón. A los que
sin embargo echan en falta es a tres generales que trabajaron en el CESID
en las dos épocas de Javier Calderón; la primera, cuando era número dos
de los servicios de inteligencia españoles durante el 23-F, y la segunda,
cuando José María Aznar le nombró su director. Se trata de Francisco García
Almenta, nombrado jefe de la Agrupación Operativa
en Misiones Especiales (OME) tras el golpe por Calderón; José Ignacio
Pastor Iglesias –alias Pastrana–, que fue ascendido de general
de Infantería a general de División por gestión directa de su superior
y ha sido jefe de la División de Inteligencia
Exterior del CESID; y Miguel Durbán, jefe de Relaciones de los servicios
de inteligencia en 1981 y recuperado por el Partido Popular cuando ya
estaba retirado para dirigir la comunicación e infraestructuras de La Moncloa.
Otra consecuencia
reseñable del caso Mena es la reacción de las asociaciones militares (ver
despiece “Asociaciones militares, jutas pero no revueltas”) y los ecos
que ha tenido en la prensa. No sólo el alúd de cartas al director enviadas
a diarios próximos a la derecha como La
Razón, ABC o El Mundo –circunstancia,
dicen, que tampoco se ha dejado a la improvisación–, también y muy especialmente
los artículos de opinión publicados en Libertad Digital, diario
de Internet editado por el periodista estrella de la COPE, Federico Jiménez Losantos,
y firmados por el Grupo de Estudios Estratégicos (GEES), dedicado al análisis
de la seguridad internacional y la defensa. El 8 de enero, dos días después
del polémico discurso, en el artículo titulado “La libertad sancionada”,
se decía que “a nadie se le escapa que las palabras del teniente general
son muy representativas del sentir de la gran mayoría de nuestros jefes
y oficiales [...]. Tan cierto es esto como que la autoridad del ministro
Bono hace ya tiempo que se redujo a mínimos, por el uso abusivo de nuestros
muertos en acción con fines políticos”. El 11 de enero, en “El rayo que
sí cesa”, volvían a atacar al titular de Defensa y reiteraban que “lo
único” que hizo Mena “fue expresar un sentimiento compartido con parte
de sus oficiales acerca de un posible futuro de España amenazada por la
desmembración”. El siguiente texto, fechado el 12 de enero y llamado
“La cuestión militar”, aseveraban que “un sector de los militares, probablemente
mayoría, piensan que las Fuerzas Armadas no pueden ser testigos mudos
de un proceso que conduce irremediablemente a la desmembración de la Patria que han jurado servir
y defender”.
Lo más destacado
de estos artículos no son sus conclusiones ya de por sí alarmantes, sino
el estrecho vínculo de GEES con el PP, que podrían explicar la ambigüedad
con la que el principal partido de la oposición ha valorado el caso Mena
–su secretario de Comunicación, Gabriel Elorriaga, dijo en un primer momento
que el discurso “es reflejo de la situación que estamos viviendo”, y su
presidente, Mariano Rajoy, aseguró poco después que el comportamiento
del teniente general “no pasa porque sí” sino porque “hay inquietud”–.
El Grupo de Estudios Estratégicos fue fundado y está actualmente presidido
por Rafael Bardají, que después de pasar por el Ministerio de Defensa
como consejero de Eduardo Serra y ser subdirector de Investigación y Análisis
del Real Instituto Elcano recaló en FAES, donde actualmente es director
de Política Internacional y es considerado la mano derecha del ex presidente
Aznar para los asuntos que traspasan nuestras fronteras.
Y
otro factor sin duda llamativo del caso es la oportunidad del discurso.
Diego Camacho, coronel de Infantería, ex agente del CESID y coautor del
libro La España
otorgada (Anroart Ediciones), considera que “si Mena Aguado ha aprovechado
un momento institucional como la Pascua Militar donde
representa al Rey, el mismo día en que el Monarca hablaba en el Palacio
de Oriente, para lanzar estas manifestaciones sin conocimiento del Gobierno
y la Casa Real, ha incurrido
en manifiesta deslealtad. Parece que el Ejecutivo no conocía el contenido
del discurso, pero no sabemos si Zarzuela sabía algo al respecto”. Y efectivamente
no lo sabremos. Preguntada sobre si tenía conocimiento de las manifestaciones
del número dos del JEME antes del 6 de enero, en Zarzuela se limitan a
responder que “la Casa
Real no tiene nada que decir sobre el caso Mena”.
La
carta de apoyo al teniente general le merece la misma opinión. El coronel
de Infantería dice que “lo primero que hay que tener en cuenta es que
los militares nunca pueden dirigirse colegiadamente para dar sus opiniones.
Redactar un manifiesto y firmarlo de forma colectiva infringe la ley porque
el militar sólo puede hacer reclamaciones a título individual”. Ni siquiera
considera justificables las motivaciones esgrimidas en la carta, donde
se dice que la alusión de Mena Aguado al artículo 8 de la Carta Magna se circunscribe
“al deber de todo militar de ser fiel al juramento o promesa de guardar
y hacer guardar la
Constitución”. “Este artículo es el garante de la unidad
de España, y en democracia, apelar a esta norma le corresponde al Gobierno
de la Nación” y no a los militares, recuerda Camacho.
Casos
paralelos. El caso Mena, las declaraciones del teniente general
y todas sus derivadas, no son las únicas reminiscencias del un pasado
que aún se resisten a desaparecer del mundo castrense. El primer ejemplo
lo encontramos en el escalafón militar. Joaquín Tamarit, ascendido en
el verano de 2004 por el ministro Bono de general de División a teniente
general, tomó parte en el intento del golpe de Estado del 23-F. Así lo
cuenta el comandante de Infantería Ricardo Pardo Zancada en su libro
23-F. La pieza que falta. Testimonio de un protagonista (Plaza &
Janés). En esta edición, en la que Zancada se responsabiliza de buena
parte de las operaciones golpistas, menciona en varias ocasiones a Tamarit
y le identifica como miembro activo de la operación, aunque también recuerda
que la noche del golpe le dejó solo a pesar de que “tuvo el motivo de
más peso de todo aquel Estado Mayor para seguirme al Congreso. Además
de sus incitaciones a la acción en las reuniones operativas [...] fue
el único oficial de aquel Cuartel General que supo por mí lo que se perpetraba
desde la mañana del día D” –por cierto que Tamarit y Zancada pertenecían
en aquellas fechas a la División Acorazada
de Brunete número 1, donde Mena fue nombrado en 2000 jefe de la División Mecanizada–.
Según
fuentes militares, el ascenso de Tamatit provocó fuertes divisiones en
el seno del PSOE, pero el ministro decidió continuar el denominado “corrimiento
del escalafón” del entonces también jefe del Estado Mayor Conjunto de
la Defensa –ascendiéndole a segundo Jefe del Estado
Mayor del Ejército– bajo cuya responsabilidad estaba la documentación
del Yakolev 42.
Otro
caso es el de La Pascua Militar. En
realidad, sus orígenes se remontan al despotismo ilustrado; el monarca
Carlos III instauró la costumbre de dirigirse a las Fuerzas Armadas para
darles moral de cara a las empresas militares del siglo XVIII contra Inglaterra.
Finalizado el reinado, la celebración desapareció hasta que Franco la
resucitó para dirigirse al Ejército como poder fáctico. El coronel Diego
Camacho considera que “fue un anacronismo preservar esta costumbre tras
la aprobación de la Constitución. El
Rey se dirige anualmente a los jueces y magistrados al inicio del año
judicial. Hacer lo mismo en la
Pascua Militar con las Fuerzas Armadas las pone en un
mismo plano de igualdad con los poderes legítimos dando lugar a equívoco
entre civiles y militares que pueden considerarlas un poder fáctico, cuando
según la Carta Magna son una herramienta
para la defensa de España siempre dentro del poder Ejecutivo”. Defensa
ya debe haberse percatado de ello porque, al parecer, estudia suprimir
los discursos de los generales del 6 de enero.
Por
otra parte, el caso Mena tiene un antecedente inmediato de mucha menos
repercusión pero con semejantes reacciones entre las asociaciones militares.
El pasado mes de julio, un coronel difundió a través de la
Intranet del Ministerio de Defensa un llamamiento para
impedir “la desmembración de España”. El militar fue sancionado con ocho
días de arresto domiciliario, un “trato benévolo” según la Asociación Unificada de Militares Españoles (AUME)
“por un hecho que debería haber sido objeto de, al menos, la instrucción
de un expediente disciplinario por presunta falta grave” ante la difusión
de “un mensaje que tiene rancio sabor a otras épocas felizmente superadas”.
Mientras, el presidente de la
Asociación de Militares Españoles (AME), José Conde Monge,
dijo que el coronel se limitó a defender la Constitución en un momento
en que se intenta modificar la Carta Magna “nadie sabe cómo” y se habla de posibles
negociaciones con ETA.
Coincidiendo
con los recientes acontecimientos, Izquierda Unida ha alertado sobre otro
símbolo del pasado. El grupo parlamentario Izquierda Verde IU-ICV registró
la pasada semana una proposición no de ley en el Congreso de los Diputados
en la que solicita al Gobierno que “se supriman los símbolos fascistas
visibles” utilizados para el reconocimiento y la identificación de los
aviones de diversas unidades del Ejército del Aire que permanecen inalterables
desde la Guerra Civil; se trata
de la Cruz
de San Andrés negra sobre fondo blanco en el timón de cola del plano que
deriva de los aviones o del emblema de la denominada “Patrulla Azul” del
capitán –luego comandante– falangista García Morato, que durante la guerra
fue símbolo de una escuadrilla fascista, en el Ala 11, unidad donde se
van a encuadrar los nuevos Eurofighter.
Pero
lo más preocupante de todos estos casos es la actitud de determinados
militares, cuyos comportamientos no responden al espíritu democrático
y a la defensa de la Constitución que ahora
enarbolan.
Cádiz.
21 de octubre de 2005. El ministerio de Defensa celebra en la provincia
andaluza una serie de homenajes a los caídos en la
Batalla de Trafalgar 200 años después de la contienda.
Leopoldo Estampa, director general de Relaciones Institucionales del departamento
que dirije José Bono, organiza uno de los actos en el portaaviones Príncipe
de Asturias, al que asisten políticos andaluces y diputados y senadores
de las Cortes. Cuando suben al barco, según relatan testigos presenciales,
se encuentran para su sorpresa con que las sillas disponibles no son para
ellos, sino para las mujeres de los mandos de las Fuerzas Armadas allí
presentes. Y que tras permanecer de pie durante cuatro horas, deben salir
por una puerta de difícil acceso, mientras que militares y esposas hacen
lo propio por la principal. Pero esto no deja de ser una falta de respeto
a los cargos electos. Lo inquietante del caso y lo que acabó de provocar
sus quejas fue que, situados tras los asientos, los políticos pudieron
eschuchar a aquellas mujeres encendidas críticas al Gobierno y al “ministro
socialista” y desacertadas menciones a un golpe de Estado.
Noviembre
de 2004. Una reunión de altos cargos en un acuartelamiento de Madrid.
Los allí presentes se lamentan de que el ministerio acabara de sancionar
y arrestar al sargento primero instructor que había realizado una práctica
de simulacro de atentado a una autoridad en una cafetería del centro de
la ciudad próxima al Ayuntamiento. El motivo de aquel encuentro, según
fuentes conocedoras de lo que allí se celebra, no era otro que la conmemoración
de 20-N unos días después de la efeméride para no levantar sospechas.
El Siglo tiene constancia de que ya se han organizado este tipo de reuniones
con anterioridad, aunque los asistentes se cuidan mucho de despejar el
terreno para que ninguno de los compañeros que no conculcan con sus ideas
les vaya a aguar la fiesta.
Afortunadamente,
estos no dejan de ser casos aislados y la democratización del Ejército
está fuera de toda duda. Pero precisamente por su demostrado respeto al
poder Ejecutivo y a las leyes que emanan de las Cortes, el Gobierno debe
acabar de limpiar de polvo y paja a las Fuerzas Armadas españolas.
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La
polémica sobre el Artículo 8 de
la Constitución
El
artículo 8 de la Constitución. Tras
esta disposición se ha parapetado el teniente general Mena Aguado
para justificar sus manifestaciones y en él han basado sus partidarios
su encendida defensa, que vienen vertiendo desde la Pascua Militar en
los medios de comunicación.
Estos
altos cargos del Ejército saben muy bien de qué hablan. Obvian,
por supuesto, el resto de artículos donde se especifica claramente
que las Fuerzas Armadas sólo podrán “garantizar la soberanía y la
independencia de España, defender su integridad territorial y el
ordenamiento constitucional” cuando se lo ordene el Gobierno. Y
evitan expresamente hacer esta mención porque también lo hicieron
en 1978 los constitucionalistas.
Iñaki
Anasagasti, portavoz del PNV en la Comisión de Defensa del
Senado, es un firme detractor de este artículo y dice tener información
privilegiada de su gestación. “Con Íñigo Cavero, siendo él diputado
del PDP, compartía los asientos de la última fila entre 1986 y 1989.
Un buen día me contó que, cuando se discutía la Constitución, hubo militares que presionaron para
que Navarra no fuera incluida en el texto del Estatuto vasco porque
era frontera con Francia, granero -tiene suficientes posibilidades
agrícolas- y dimensión de país”, es decir, temían que con los suficientes
recursos de los que dispone, pudieran tener la tentativa de la independencia.
“Cavero -continúa Anasagasti- me justificó que por eso el Ejército,
al que no le gustaban las Autonomías, intervino en la gestación
de la Constitución y por tanto
en la redacción del artículo 8”.
Un artículo que no tiene precedentes en anteriores Constituciones
españolas ni en Europa, salvo la
Carta Magna de Portugal de 1976.
El
intervencionismo político de aquel entonces venía justificado por
la estructura franquista que aún no había acabado de desaparecer.
Pero hoy en día ya no tiene ningún sentido y Anasagasti reclama
su eliminación.
Otra
cosa bien distinta es que lo vaya a conseguir. Porque a pesar de
haberle recordado a Bono que, como le dijo Tayllerand a Napoleón,
“con las bayonetas se puede hacer todo, menos sentarse en ellas”,
el ministro le ha respondido que el artículo 8 “no está de adorno”. |
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Asociaciones
militares, juntas pero no revueltas
“Creo
que en el Ejército existe cierta preocupación por el Estatuto de
Cataluña. Pero ese no es el problema, el problema es que tienen
los cañones”. Lo dice Fernando Reinlein, portavoz del Foro Milicia
y Democracia (FMD), asociación que en un comunicado oficial, califica
de“absolutamente improcedentes las palabras” de Mena. “No se trata
de una defensa de la
Constitución, sino de una injerencia intolerable
impropia de un alto mando militar”.
Porque
afortunadamente, estos días también se han alzado voces dentro del
Ejército y las asociaciones militares condenando el caso Mena. Ésta,
la de FMD, es de marcado perfil progresista. Reinlein un ejemplo
de ello; teniente coronel de Infantería y periodista, se sumó en
1974 a
la Unión
Militar Democrática (UMD), organización clandestina
antifranquista de las Fuerzas Armadas. Por aquel motivo, fue detenido
y condenado a cuatro años de prisión.
La
más joven -se inscribió en el registro de asociaciones el pasado
mes de abril- y también contraria al polémico
discurso es la
Asociación Unificada de Militares Españoles (AUME),
presidida por Jorge Bravo y formada por más de 420 afiliados en
activo. En su caso, considera que las afirmaciones del militar habrían
merecido una sanción mayor.
El
resto de asociaciones militares han respaldado al teniente general
sancionado, aunque cabe destacar que sus miembros no están en activo.
Es el caso de la
Hermandad de Veteranos de las Fuerzas Armadas,
que envió una carta de adhesión a Mena la pasada semana al diario
‘ABC’. Constituida por 40.000 miembros, está presidida por Agustín
Muñoz-Grandes, hijo del que fuera vicepresidente del Gobierno de
Franco.
Las
otras dos agrupaciones conservadoras, la
Asociación de Militares Españoles (AME) y la
Asociación de Militares en Activo y Reserva o Retirado
de los tres Ejércitos (AMARTE), están sin embargo mal avenidas.
Aunque las dos han defendido sin reservas a Mena, parece que existen
ciertos celos profesionales entre ellas. En todo caso, AME, presidida
por José Conde Monge, es la más mediática y la que más intervenciones
públicas ha protagonizado hasta ahora. La principal reivincidación
de Conde Monge, quien llegó a ser miembro de los servicios secretos
de Carrero Blanco, es el reconocimiento de las asociaciones militares;
actualmente se consideran de carácter cultural y no pueden hacer
reclamaciones laborales. El Gobierno se resiste, otros colegas se
oponen a la sindicación, y la historia negra de las vigentes en
el siglo XIX y principios del XX, caldo de cultivo de actitudes
golpistas, las perjudica. |
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