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El
dramaturgo John Osborne escribió, hace ya muchos años, una
función que tituló'Mirando hacia atrás con ira'.
El autor era entonces un joven airado y el título cuadraba con
su condición, la de joven y también la de airado. Y digo
eso porque no creo que los viejos o los simples maduros se dediquen a
mirar el pasado con ira, al menos a su propio pasado. Al contrario, los
años tienden a edulcorar los recuerdos, aunque he de confesar que,
personalmente, procuro no caer en esa trampa ni en otra que es pariente
de ella, me refiero a ese condescendiente y erróneo pensamiento
consistente en sostener que todo tiempo pasado fue mejor. Generalmente
no es así y menos en España, donde ese pasado nos lleva
de la mano nada menos que a la negritud de la dictadura. Pero sí
fue mejor nuestra condición física y, quizá también,
nuestra actitud mental, me refiero a una vocación muy juvenil,
la de comerse el mundo, la de "llevarse la vida por delante",
por usar unos términos que amarró tan bellamente Jaime Gil
de Biedma.
Lo de la condición física no me-rece discusión alguna,
pues quien niegue en este campo las ventajas de la juventud o es un necio
o pertenece a ese grupo creciente de mistificadores dedicados a predicar
los dones y regalías que procura la vejez. Aunque habremos de pasar
por ella (y con suerte, pues en caso contrario estaríamos hablando
de una muerte prematura), no tenemos ninguna obligación de inventarnos
ventajas. En frío o en caliente, desde arriba o desde abajo, sea
uno creyente o descreído, castellano o catalán, rubio, moreno
o castaño, varón o mujer... la verdad incontrovertible,
la dura realidad es la siguiente: la vejez es una devastación.
Y punto.
Pero que la edad conduzca a la devastación no significa que el
paso de los años nos lleve inexorable-mente desde la utilidad a
la inutilidad intelectual. Eso no es cierto y existen millones de ejemplos
que avalan la negativa que acabo de expresar. Ni ala inutilidad intelectual
ni a la inutilidad laboral, y no estoy pensando, claro está, en
labores que exigen un esfuerzo físico de primer orden, pero estos
oficios, por suerte, representan hoy una fracción cada vez más
pequeña del trabajo humano.
Al hablar del paso del tiempo estoy pensando en la gente de mi generación
o, con mayor precisión demográfica, en quince generaciones,
es decir, en aquéllos que el 1 de enero de 2006 tenían entre
55 y 70 años, es decir, los nacidos entre el inicio de la guerra
civil (1936) y el año 1950. De entre ellos, me preocupan especialmente
los que se metieron en política contra la dictadura y, más
concretamente, quienes luego siguieron en la política institucional,
es decir, en los partidos, llegando a estar muchos de ellos en los Gobiernos
(del país, de las regiones, de los ayuntamientos). ¿Qué
ha sido de esa gente?
Supongo que hay de todo, como en botica. Los más madrugadores en
salirse de la política han realizado, en general, una carrera profesional
competente y lo han hecho en los campos más variados: en la empresa,
en la universidad, de funcionarios o de obreros, más o menos sindicalistas,
también los hay que se han inclinado hacia el campo cultural: editoriales,
cine, periodismo... pero también hay muchos que han (hemos) seguido
en la política activa. ¿Qué hacen (hacemos), por
ejemplo, en el PSOE?
Veámoslo con una mínima perspectiva temporal. Los de Suresnes,
encabezados por dos notables andaluces, sacaron al PSOE del agujero en
que lo había dejado la guerra civil y un largo exilio, lo reanimaron
y lo modernizaron. Lo prepararon para competir en el campo democrático
que se veía venir, y lo hicieron con éxito. Ni el más
mezquino lo podrá negar. Sin embargo, para hacerlo tuvieron -y
quisieron- contar con todos. Sumaron cuanto pudieron y restaron lo menos
posible.
El desgaste sufrido por estas gentes (por nos-otros) no se deriva de un
empacho de poder, sino de un mal uso del poder por parte de unos pocos
(la corrupción) y por una di-visión interna (renovadores
versus guerristas) que en-cerraba concepciones distintas no tanto respecto
a las políticas a realizar como acerca del funcionamien-
to interno del partido. Naturalmente, como suele pasar en política
y en la vida, a esas diferencias conceptuales se sumaron, hasta desdibujarlas,
querellas personales y, en primer lugar, el divorcio en una cúpula
(y una couple) que había funcionado durante más de veinte
años sin fisuras. Una crisis interna que nunca quedó resuelta
del todo y a eso se sumó, como al hambre las ganas de comer, la
contundente derrota electoral del año 2000. Unos meses después
de esas elecciones, esa generación se vio apartada no sólo
del poder, también de cualquier centro donde se toman las decisiones.
Dejando aparte las excepciones de rigor, lo cierto es que en esta hora,
lo que se dice pintar, pintan (pintamos) más bien poco. Aquello
que se predicaba en la milicia: "La experiencia es un grado",
no se lo han creído nunca los que hoy controlan el aparato del
partido socialista. Los de la generación de Zapatero teorizar no
han teorizado nada, pero 'prácticas', al parecer, las habían
hecho todas antes de hacerse con los mandos. Es, sin duda, sorprendente
y, desde la óptica del entomólogo, resulta admirable lo
que estas personas han realizado y la velocidad con la que lo han hecho.
Deberemos admitir que su primery casi único objetivo era el control
interno del PSOE, que presentaron como relevo generacional, consistente
en arrojar a las tinieblas exteriores a todo perro quisque que hubiera
nacido antes de 1950. Tenían dos ventajas, es verdad, la del desgaste
(ya descrito) de sus predecesores y el tiempo, que jugaba inexorablemente
a favor de la generación ZP. Mas, a pesar de las ventajas reseñadas,
habrá de admitirse que una operación-relámpago como
la realizada hubo de requerir muchas horas de laboratorio y de ensayo.
Mientras pasaban la mano por el lomo a los sucesivos líderes, me
malicio que estos mozos estaban afilando las facas con una perseverancia
digna de Napoleón... o de César Borgia.
La operación estratégica, el relevo generacional, ha tenido
ya notables efectos perversos y tendrá más en el futuro,
pero lo más llamativo del caso han sido las facilidades que dieron
(dimos) los hoy expulsados del poder, poniendo el culo en pompa para que
los pateadores les (nos) dieran una coz. La facilidad con que esta gente
se ha (nos hemos) acogido a la jubilación anticipada sólo
puede explicarse por el cansancio, por la cobardía... o por ambas
cosas a la vez.
Ha sido, pues, un fin de fiesta tris tón, sin la grandeza del convidad(
de piedra y sí con la obsecuencia di Leporello respecto a Don Juan.
Verlos (vernos) ahora, instalados en un clamoroso "silencio de los
corderos", ha de producir tristeza y decepción. Aunque más
decepción producen aquellos supervivientes de las citadas generaciones
que, para ponerse al día, se han subido, alegremente, al carro
de la "reivindicación territorial".
Es evidente que el triunfo electoral de marzo de 2004 supuso un éxito
y una rentabilidad política para el PSOE que están en el
haber del nuevo equipo dirigente. También merecen aplauso muchas
la mayor parte de las políticas que el nuevo Gobierno
ha ido poniendo en marcha en su primer año largo de andadura, pero
antes de la victoria se había iniciado ya una auténtica
revolución interna que después de ella se ha impulsado con
mayor énfasis si cabe. La democracia participativa, ésa
que exige a los partidos el artículo 6 de la Constitución,
simplemente, ha desaparecido. La acción política de los
afiliados sin cargos públicos o in-ternos, lo que se llamaba antes
"la base", ha quedado reducida ala categoría de claque
o de atrezzo en los actos públicos, es decir, en los mítines,
siempre pensados para, por, sobre, tras... la televisión.
Estas últimas pueden parecerpero no lo son quejas de
despechado o de viejo cascarrabias que no quiere admitir lo que el paso
del tiempo exige, que parece ser la conversión de los partidos
políticos en entes burocratizados (profesionalizados) e hiperliderados.
Pues bien, sea como sea, la verdad es que cuando alguien tenga el humor
y las ganas de mirar dentro del PSOE se encontrará con algo muy
distinto de lo que era hace unos años. Algo muy distinto y, desde
luego, no mejor. Un entramado humano que, como tal, tiene, con estos métodos,
una supervivencia dudosa.
Joaquín Leguina |