Nº 678 - 16 de enero de 2006

 

Fin de fiesta

El dramaturgo John Osborne escribió, hace ya muchos años, una función que tituló'Mirando hacia atrás con ira'. El autor era entonces un joven airado y el título cuadraba con su condición, la de joven y también la de airado. Y digo eso porque no creo que los viejos o los simples maduros se dediquen a mirar el pasado con ira, al menos a su propio pasado. Al contrario, los años tienden a edulcorar los recuerdos, aunque he de confesar que, personalmente, procuro no caer en esa trampa ni en otra que es pariente de ella, me refiero a ese condescendiente y erróneo pensamiento consistente en sostener que todo tiempo pasado fue mejor. Generalmente no es así y menos en España, donde ese pasado nos lleva de la mano nada menos que a la negritud de la dictadura. Pero sí fue mejor nuestra condición física y, quizá también, nuestra actitud mental, me refiero a una vocación muy juvenil, la de comerse el mundo, la de "llevarse la vida por delante", por usar unos términos que amarró tan bellamente Jaime Gil de Biedma.

Lo de la condición física no me-rece discusión alguna, pues quien niegue en este campo las ventajas de la juventud o es un necio o pertenece a ese grupo creciente de mistificadores dedicados a predicar los dones y regalías que procura la vejez. Aunque habremos de pasar por ella (y con suerte, pues en caso contrario estaríamos hablando de una muerte prematura), no tenemos ninguna obligación de inventarnos ventajas. En frío o en caliente, desde arriba o desde abajo, sea uno creyente o descreído, castellano o catalán, rubio, moreno o castaño, varón o mujer... la verdad incontrovertible, la dura realidad es la siguiente: la vejez es una devastación. Y punto.

Pero que la edad conduzca a la devastación no significa que el paso de los años nos lleve inexorable-mente desde la utilidad a la inutilidad intelectual. Eso no es cierto y existen millones de ejemplos que avalan la negativa que acabo de expresar. Ni ala inutilidad intelectual ni a la inutilidad laboral, y no estoy pensando, claro está, en labores que exigen un esfuerzo físico de primer orden, pero estos oficios, por suerte, representan hoy una fracción cada vez más pequeña del trabajo humano.

Al hablar del paso del tiempo estoy pensando en la gente de mi generación o, con mayor precisión demográfica, en quince generaciones, es decir, en aquéllos que el 1 de enero de 2006 tenían entre 55 y 70 años, es decir, los nacidos entre el inicio de la guerra civil (1936) y el año 1950. De entre ellos, me preocupan especialmente los que se metieron en política contra la dictadura y, más concretamente, quienes luego siguieron en la política institucional, es decir, en los partidos, llegando a estar muchos de ellos en los Gobiernos (del país, de las regiones, de los ayuntamientos). ¿Qué ha sido de esa gente?

Supongo que hay de todo, como en botica. Los más madrugadores en salirse de la política han realizado, en general, una carrera profesional competente y lo han hecho en los campos más variados: en la empresa, en la universidad, de funcionarios o de obreros, más o menos sindicalistas, también los hay que se han inclinado hacia el campo cultural: editoriales, cine, periodismo... pero también hay muchos que han (hemos) seguido en la política activa. ¿Qué hacen (hacemos), por ejemplo, en el PSOE?

Veámoslo con una mínima perspectiva temporal. Los de Suresnes, encabezados por dos notables andaluces, sacaron al PSOE del agujero en que lo había dejado la guerra civil y un largo exilio, lo reanimaron y lo modernizaron. Lo prepararon para competir en el campo democrático que se veía venir, y lo hicieron con éxito. Ni el más mezquino lo podrá negar. Sin embargo, para hacerlo tuvieron -y quisieron- contar con todos. Sumaron cuanto pudieron y restaron lo menos posible.


El desgaste sufrido por estas gentes (por nos-otros) no se deriva de un empacho de poder, sino de un mal uso del poder por parte de unos pocos (la corrupción) y por una di-visión interna (renovadores versus guerristas) que en-cerraba concepciones distintas no tanto respecto a las políticas a realizar como acerca del funcionamien-
to interno del partido. Naturalmente, como suele pasar en política y en la vida, a esas diferencias conceptuales se sumaron, hasta desdibujarlas, querellas personales y, en primer lugar, el divorcio en una cúpula (y una couple) que había funcionado durante más de veinte años sin fisuras. Una crisis interna que nunca quedó resuelta del todo y a eso se sumó, como al hambre las ganas de comer, la contundente derrota electoral del año 2000. Unos meses después de esas elecciones, esa generación se vio apartada no sólo del poder, también de cualquier centro donde se toman las decisiones. Dejando aparte las excepciones de rigor, lo cierto es que en esta hora, lo que se dice pintar, pintan (pintamos) más bien poco. Aquello que se predicaba en la milicia: "La experiencia es un grado", no se lo han creído nunca los que hoy controlan el aparato del partido socialista. Los de la generación de Zapatero teorizar no han teorizado nada, pero 'prácticas', al parecer, las habían hecho todas antes de hacerse con los mandos. Es, sin duda, sorprendente y, desde la óptica del entomólogo, resulta admirable lo que estas personas han realizado y la velocidad con la que lo han hecho.

Deberemos admitir que su primery casi único objetivo era el control interno del PSOE, que presentaron como relevo generacional, consistente en arrojar a las tinieblas exteriores a todo perro quisque que hubiera nacido antes de 1950. Tenían dos ventajas, es verdad, la del desgaste (ya descrito) de sus predecesores y el tiempo, que jugaba inexorablemente a favor de la generación ZP. Mas, a pesar de las ventajas reseñadas, habrá de admitirse que una operación-relámpago como la realizada hubo de requerir muchas horas de laboratorio y de ensayo. Mientras pasaban la mano por el lomo a los sucesivos líderes, me malicio que estos mozos estaban afilando las facas con una perseverancia digna de Napoleón... o de César Borgia.

La operación estratégica, el relevo generacional, ha tenido ya notables efectos perversos y tendrá más en el futuro, pero lo más llamativo del caso han sido las facilidades que dieron (dimos) los hoy expulsados del poder, poniendo el culo en pompa para que los pateadores les (nos) dieran una coz. La facilidad con que esta gente se ha (nos hemos) acogido a la jubilación anticipada sólo puede explicarse por el cansancio, por la cobardía... o por ambas cosas a la vez.

Ha sido, pues, un fin de fiesta tris tón, sin la grandeza del convidad( de piedra y sí con la obsecuencia di Leporello respecto a Don Juan. Verlos (vernos) ahora, instalados en un clamoroso "silencio de los corderos", ha de producir tristeza y decepción. Aunque más decepción producen aquellos supervivientes de las citadas generaciones que, para ponerse al día, se han subido, alegremente, al carro de la "reivindicación territorial".

Es evidente que el triunfo electoral de marzo de 2004 supuso un éxito y una rentabilidad política para el PSOE que están en el haber del nuevo equipo dirigente. También merecen aplauso muchas —la mayor parte— de las políticas que el nuevo Gobierno ha ido poniendo en marcha en su primer año largo de andadura, pero antes de la victoria se había iniciado ya una auténtica revolución interna que después de ella se ha impulsado con mayor énfasis si cabe. La democracia participativa, ésa que exige a los partidos el artículo 6 de la Constitución, simplemente, ha desaparecido. La acción política de los afiliados sin cargos públicos o in-ternos, lo que se llamaba antes "la base", ha quedado reducida ala categoría de claque o de atrezzo en los actos públicos, es decir, en los mítines, siempre pensados para, por, sobre, tras... la televisión.

Estas últimas pueden parecer—pero no lo son— quejas de despechado o de viejo cascarrabias que no quiere admitir lo que el paso del tiempo exige, que parece ser la conversión de los partidos políticos en entes burocratizados (profesionalizados) e hiperliderados. Pues bien, sea como sea, la verdad es que cuando alguien tenga el humor y las ganas de mirar dentro del PSOE se encontrará con algo muy distinto de lo que era hace unos años. Algo muy distinto y, desde luego, no mejor. Un entramado humano que, como tal, tiene, con estos métodos, una supervivencia dudosa.

Joaquín Leguina

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