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Nº 678
16/1/2006

La soga en casa del ahorcado

Creíamos, después de tantos años, que la cuestión militar había sido resuelta en España de manera razonable. Pero estábamos equivocados. Se trataba en buena medida de un espejismo. El discurso del general Mena, el día 6 de enero, celebrando en Sevilla la Pascua Militar y ha-blando formalmente en nombre del Rey, nos ha devuelto a la realidad.

No se puede comparar el episodio de Mena con el golpe del 23-F. No se puede homologar un pronunciamiento estrictamente verbal como el de este general con la irrupción de Tejero en el Congreso, mientras Milans del Bosch se disponía a sacar los tanques en Valencia. Menos aún puede ser equiparada la arenga sevillana con la sublevación militar del general Franco y sus conmilitones.

Pero sucede que este general lo que ha hecho es mentar la soga en casa del ahorcado. He aquí el problema. Porque España ha estado secularmente ahorcada —en relación con las libertades— por los espadones de turno, en connivencia frecuente con los mandamases de la iglesia católica.
Frente a Rodríguez Zapatero primero se rebotó, por cierto, la cúpula eclesiástica. Luego se ha sumado una porción no desdeñable del estamento castrense. Detrás de ambas instituciones, la derecha política y su trompetería mediática. Como casi siempre, con algunas excepciones honorables, entre las cuales la UCD de Suárez.

No estamos ante un drama. Ni este país económica y socialmente es el de 1936. Ni el entorno europeo tampoco. En Alemania no gobierna Hitler. En Italia no lo hace Mussolini. En Portugal el periodista Pereira —al que describió magistralmente Tabucchi— en la actualidad ejercería sin sobresaltos su profesión. El fantasma del golpismo ha desaparecido prácticamente —al menos por ahora— incluso de Latinoamérica. Los militares argentino y el chileno Pinochet, entre otros nombres ominosos, pertenecen al museo de los horrores más sanguinarios del pasado.

Sin embargo, un ligero escalofrío ha recorrido el dorso de millones de demócratas. ¿Podemos todavía regresar a los tiempos pretéritos? Muy difícilmente, pero que conste que esos viejos tiempos no son los de la Edad Media. Hace setenta años tan sólo que Franco se montó en el Dragon Rapide. La alocución de Mena ha sido un aviso, un toque de atención. No es un hecho aislado, como asegura Bono o el presidente del Gobierno. Detrás del teniente general hay, sin duda, muchos militares más que opinan lo mismo o parecido.

¿Qué ha sucedido para que se haya proyectado de nuevo la sombra del miedo? Pues ha pasado que en este país no en vano ha funcionado, con todas las alarmas encendidas y todas las exageraciones en marcha, una campaña feroz del PP y de sus medios afines respecto al Estatut. Se han difundido tantas aberraciones conceptuales, se ha reiterado con ocasión y sin ella que nos hallamos ya en el límite del precipicio desde donde podría en cualquier momento despeñarse España, se ha subrayado que todo esto forma parte de un golpe de Estado instigado desde la Moncloa, que algunos altos mandos militares —recuperando una tradición nefasta— han llegado a pensar que probablemente había llegado la hora de salvar otra vez a la Patria.

No ha llegado esa hora, por fortuna. Pero habría que aprobar pronto el Estatut y habría que hacerlo con cordura y sentido común. Para desmentir uno a uno los argumentos del odio y de la demagogia sobre los que la derecha ha organizado un renovado y peligrosísimo auto sacramental. En definitiva falta seny y sobran salvadores de la patria.

Enric Sopena

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