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La
soga en casa del ahorcado
Creíamos,
después de tantos años, que la cuestión militar había
sido resuelta en España de manera razonable. Pero estábamos
equivocados. Se trataba en buena medida de un espejismo. El discurso del
general Mena, el día 6 de enero, celebrando en Sevilla la Pascua
Militar y ha-blando formalmente en nombre del Rey, nos ha devuelto a la
realidad.
No se puede comparar el episodio de Mena con el golpe del 23-F. No se
puede homologar un pronunciamiento estrictamente verbal como el de este
general con la irrupción de Tejero en el Congreso, mientras Milans
del Bosch se disponía a sacar los tanques en Valencia. Menos aún
puede ser equiparada la arenga sevillana con la sublevación militar
del general Franco y sus conmilitones.
Pero sucede que este general lo que ha hecho es mentar la soga en casa
del ahorcado. He aquí el problema. Porque España ha estado
secularmente ahorcada en relación con las libertades
por los espadones de turno, en connivencia frecuente con los mandamases
de la iglesia católica.
Frente a Rodríguez Zapatero primero se rebotó, por cierto,
la cúpula eclesiástica. Luego se ha sumado una porción
no desdeñable del estamento castrense. Detrás de ambas instituciones,
la derecha política y su trompetería mediática. Como
casi siempre, con algunas excepciones honorables, entre las cuales la
UCD de Suárez.
No estamos ante un drama. Ni este país económica y socialmente
es el de 1936. Ni el entorno europeo tampoco. En Alemania no gobierna
Hitler. En Italia no lo hace Mussolini. En Portugal el periodista Pereira
al que describió magistralmente Tabucchi en la actualidad
ejercería sin sobresaltos su profesión. El fantasma del
golpismo ha desaparecido prácticamente al menos por ahora
incluso de Latinoamérica. Los militares argentino y el chileno
Pinochet, entre otros nombres ominosos, pertenecen al museo de los horrores
más sanguinarios del pasado.
Sin embargo, un ligero escalofrío ha recorrido el dorso de millones
de demócratas. ¿Podemos todavía regresar a los tiempos
pretéritos? Muy difícilmente, pero que conste que esos viejos
tiempos no son los de la Edad Media. Hace setenta años tan sólo
que Franco se montó en el Dragon Rapide. La alocución
de Mena ha sido un aviso, un toque de atención. No es un hecho
aislado, como asegura Bono o el presidente del Gobierno. Detrás
del teniente general hay, sin duda, muchos militares más que opinan
lo mismo o parecido.
¿Qué ha sucedido para que se haya proyectado de nuevo la
sombra del miedo? Pues ha pasado que en este país no en vano ha
funcionado, con todas las alarmas encendidas y todas las exageraciones
en marcha, una campaña feroz del PP y de sus medios afines respecto
al Estatut. Se han difundido tantas aberraciones conceptuales, se ha reiterado
con ocasión y sin ella que nos hallamos ya en el límite
del precipicio desde donde podría en cualquier momento despeñarse
España, se ha subrayado que todo esto forma parte de un golpe de
Estado instigado desde la Moncloa, que algunos altos mandos militares
recuperando una tradición nefasta han llegado a pensar
que probablemente había llegado la hora de salvar otra vez a la
Patria.
No ha llegado esa hora, por fortuna. Pero habría que aprobar pronto
el Estatut y habría que hacerlo con cordura y sentido común.
Para desmentir uno a uno los argumentos del odio y de la demagogia sobre
los que la derecha ha organizado un renovado y peligrosísimo auto
sacramental. En definitiva falta seny y sobran salvadores de la patria.
Enric Sopena |