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DE
LA CULTURA Y LA CIENCIA / TRIBUNA
LA
EMOCIÓN PATRIÓTICA
Por Alberto
Moncada
El
patriotismo es el argumento que usan los poderosos cuando no tienen otro,
decía un hombre de la Ilustración, y más recientemente
Johnson acuño su famosa frase: "El patriotismo es el último
recurso de los villanos".
En Estados Unidos se está produciendo una reacción crítica
frente a la Patriot Act (Ley Patriótica) votada por un Congreso
asustado, inmediatamente después de los acontecimientos del 11
de Septiembre. La Patriot Act está sirviendo, sobre todo,
para acallar la discusión política y censurar a los críticos
del Gobierno.
En su reciente artículo "La prensa, el enemigo interno",
Michael Massing cuenta cómo el Gobierno Bush tilda de traidores
a los periodistas que se atreven a censurar las corrupciones del poder
político y económico, simbolizadas en la colusión
entre el Gobierno y empresas amigas como Haliburton con ocasión
de la guerra de Irán y la reconstrucción de Nueva Orleans.
Massing documenta cómo los dueños de los medios, deseosos
de complacer al Gobierno y a sus anunciantes y aliados empresariales,
dificultan en ocasiones esas mismas investigaciones y aduce tres o cuatro
casos flagrantes de los últimos años (The New York Review
of Books", número del 15 de diciembre de 2005).
Las guerras han explotado el patriotismo incondicional e incluso han sido
su caldo de cultivo cuando las lealtades medievales al señor feudal
fueron sustituidas por la emoción patriótica del ciudadano
del Estado moderno.
Al convertirse los ejércitos de mercenarios en obligatorios se
hizo necesario crear un vínculo de solidaridad que se consolidó
en tiempo de paz aunque realmente la guerra inacabable entre Estados,
naciones, etnias no nos ha dejado tiempo para que nazcan otras solidaridades
y especialmente esa solidaridad cosmopolita que se hace inevitable en
la progresiva mundialización o globalización de la convivencia
humana.
El problema principal se produce cuando el interés común
territorial se transforma en una emoción y la necesidad de pertenecer,
consustancial al ser humano, se absolutiza en el patriotismo. Las emociones
en el amor, la religión, la familia nos juegan malas pasadas porque
crean tiranos domésticos, fanáticos de credo adusto y el
modelo patriarcal de sociedad en el que se basan las mafias. Lo que te
da la vida también te la quita, decía aquel poeta del amor
vasallo.
Para introducir frialdad en la identidad grupal, Habermas acuñó
el concepto de patriotismo constitucional para buscar la fórmula
de que los ciudadanos comulgaran en los principios pactados para organizar
la convivencia y en poco más. El patriotismo constitucional tiene
menos decibelios y, sobre todo, no permite líderes carismáticos
ni azuzadores de odios. Por eso es poco atractivc para los calenturientos
aunque gana cotas de adhesión en las sociedades contemporáneas
donde lo que hay que consensuar principalmente es el reparto de impuestos
y servicios.
Al devaluarse las lealtades grupales disminuye la fiebre política
y los compromisos son cada vez mas voluntarios y pactados, que ésa
es la sustancia de la democracia.
La democracia implica que no haya que seguir expidiendo certificados de
patriotismo.
Porque patriotas son los que cumplen las leyes, pagan los impuestos y
no se aprovechan del común, lo cual es bastante pedir en sociedades
como la nuestra, recién salida de la dictadura de las lealtades
impuestas. Utilizar la emoción patriótica desde nacionalismos
territoriales es bastante inútil para el acuerdo de intereses pero
se ve que los españoles, como tributarios de un pasado reciente
y bronco, hemos de pagar un precia por restañar el tejido político
de una forma consentida, negociada, viable.
Las nuevas generaciones, hijas de la televisión multicultural,
son ya cosmopolitas desde la cuna.
Conocen países distintos al suyo, otras costumbres, conviven con
personas de otros sitios, en suma, no tienen una visión castiza
de sus propias vidas. Hace cien años la mayoría de la gente
moría donde había nacido y su cultura era básicamente
rural. Hoy vivimos mayoritariamente en ciudades, a las que emigran gentes
de diverso origen. Las identidades adelgazan y se hacen menos contundentes.
Ya no existe un servicio militar obligatorio en el que los mozos cursaban
la asignatura del patriotismo emocional. La necesidad de pertenecer se
hace cosmopolita y el mejor país ya no es el de nacimiento, sino
el que nos ofrece oportunidades de trabajo y libertad.
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