Hemeroteca Esta semana
 
Nº 677 -9 de enero de 2006

Un dios llamado Benito

Galdós fue el encargado de redactar el prólogo para una edición de La Regenta publicada en 1901 y, en él, volvía a defender la novela de la acusación de plagio que le había dirigido el crítico Luis Bonafoux al poco de su publicación, en 1884. A diferencia de otros escritores que habían tomado posición en favor de Clarín y contra Bonafoux, Galdós no insiste en subrayar las diferencias entre el argumento de Madame Bovary y el de La Regenta , sino que emprende un camino distinto y de mayor alcance: expresa su opinión acerca de la historia literaria española e inserta a Clarín dentro de ella. A través de este procedimiento, Galdós identifica una tendencia realista o naturalista en la novela clásica española, y en concreto, en El Quijote, que habrían adoptado los escritores ingleses y franceses desde el siglo XVIII en adelante. Según Galdós, Clarín no va a buscar en sus contemporáneos europeos la manera de relatar las decepciones y flaquezas de Ana Ozores, sino que prolonga la manera que ya existía en España. De ahí que ponga fin al prólogo de 1901 haciendo una velada, y púdica, comparación entre La Regenta y El Quijote, al señalar que el lector de Clarín lamenta al terminar que no se esperen “nuevas salidas” de los mismos personajes, como sucede con el caballero de La Mancha.

De forma lenta pero imparable a lo largo de un siglo, en el que hubo de enfrentar la incomprensión tanto como la censura, La Regenta fue ganando el lugar que le correspondía en la historia literaria española, según había anticipado Galdós. En contrapartida, el merecido reconocimiento a la novela de Clarín parece haberse realizado, como por una extraña y gratuita compensación, por un inexplicable y absurdo equilibrio, en detrimento de otra obra que, como La Regenta , aborda el adulterio en una sociedad que condenaba sólo a la mujer, y que lo hace desde una óptica sorprendentemente original: Fortunata y Jacinta. Contempladas en perspectiva, las palabras que Galdós había escrito en el prólogo de 1901 parecen no sólo una defensa de Clarín, sino también una explicación de su propia obra, publicada tan sólo tres años después. Si La Regenta prolonga, en efecto, una manera de narrar que ya existía en la novela clásica española, lo mismo se puede decir de Fortunata y Jacinta, en el que la profunda sabiduría narrativa de Galdós se disfraza bajo el ropaje del folletón romántico, igual que Cervantes ocultó la suya bajo la novela de caballería. De idéntica manera, si el lector de Clarín echa de menos “nuevas salidas” de los mismos personajes al concluir La Regenta , una sensación equivalente se apodera del lector de Fortunata y Jacinta. Al punto de que, terminada la novela, Galdós aparece como uno de los escritores españoles que mejor interpreta y que mejor prolonga la tradición cervantina entre los escritores de finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX.

Como Cervantes, en efecto, Galdós construye Fortunata y Jacinta a partir del contrapunto, de una sistemática afirmación de una perspectiva y de la perspectiva contraria, de una verdad y de otra verdad opuesta. La inmensa galería de personajes que se despliega en las páginas de esta excepcional novela parece concebida, así, como un perfecto sistema de réplicas y contrarréplicas, como un portentoso engranaje narrativo en el que las reales o supuestas virtudes de unos aparecen como defectos igualmente supuestos o reales de los otros: ni siquiera el lector más riguroso, el más imbuido de prejuicios morales, religiosos o de cualquier otra naturaleza, está en condiciones de condenar o de absolver sin matices ningún comportamiento. Con la única excepción, tal vez, de Juan Santa Cruz -el seductor de Fortunata y marido de Jacinta-, Galdós arroja una mirada sobre sus personajes que evoca de inmediato la de Cervantes; una mirada en la que siempre prevalece el deseo de identificar las razones últimas de cada acción, de manera que, aun distinguiendo entre las justificables y las injustificables, entre las emprendidas por mezquindad disfrazada de grandeza y al contrario, quede en todo momento un espacio para la compasión. El ubicuo y omnisciente narrador que Galdós coloca en las bambalinas de Fortunata y Jacinta se comporta como un padre que jamás abandonará sus criaturas al escarnio por más miserables, e incluso atroces, que puedan ser sus faltas. Como un dios cotidiano, próximo, que no ignora el pecado pero que ahorra el sufrimiento.

Esta mirada compasiva, que trata de reflejar la complejidad del mundo y, por tanto, la dificultad de formular juicios sobre las flaquezas humanas, está sin duda detrás de la profunda originalidad con la que Galdós aborda un asunto como el adulterio, que había producido ya obras de tanta relevancia como Madame Bovary, Ana Karenina, Effi Briest, El primo Basilio y, por descontado, La Regenta. En todas estas novelas, en todas y cada una de estas obras maestras, la defensa de la mujer se emprende a pesar de la mujer: el propio Flaubert dirá que su intención era reflejar el drama que vive una provinciana soñadora e, incluso, ridícula, condenada a convivir con un hombre mayor y bonachón. En términos generales, no son mujeres de carácter que reivindiquen ni libertad ni comprensión para sus debilidades; se trata, por el contrario, de víctimas por partida doble -y eso es de algún modo lo que denuncian descarnadamente estas novelas-, puesto que son seducidas por hombres que, siendo tan responsables de sus actos como ellas, no las aceptarían sin embargo como esposas. En ellos el adulterio es un pequeño y disculpable extravío, propio de la juventud o de la incontenible vehemencia de los impulsos masculinos; en las mujeres, en cambio, se trata de un estigma del que nunca podrán redimirse.

Fiel al contrapunto, Galdós, no defiende ni condena a las adúlteras, sino que les da la voz, les ofrece la oportunidad de que, como mujeres, presenten ante los lectores su posición en el mundo, la desigualdad de la condena prevista para ellas frente a la reservada a los hombres por los mismos hechos. Al mismo tiempo –y éste es otro de los hallazgos más originales y fecundos de la novela-, muestra la manera en que padece la mujer que es engañada y la que participa en el engaño, sin que al final se sepa con  claridad cuál acaba ocupando cada uno de los papeles. Cuando, al poco de celebrarse su boda, Jacinta sabe de las aventuras de Juan Santa Cruz con una hermosa mujer de baja condición, se siente, por una parte, vencedora en una lid imaginaria por el mismo hombre, y se enorgullece. Por otra parte, siente que su victoria ha sido de algún modo injusta, porque, en realidad, Fortunata nunca tuvo ocasión de convertirse en la señora de Santa Cruz, precisamente por su extracción humilde. De igual manera, Fortunata se enorgullece de haber concebido un hijo de su amante y de saber que es a través de ella, y sólo de ella, como se podrá perpetuar una estirpe ilustre. Por otra parte, sin embargo, se compadece como mujer de la esterilidad de Jacinta, cuyo deseo de concebir un hijo conoce desde el comienzo. Gracias a la maestría de Galdós, a su mirada cargada de compasión hacia los seres, la conmovedora grandeza de un personaje multiplica la del otro, alejándolos de los caracteres femeninos habituales en las novelas del XIX sobre el adulterio: Jacinta reconociendo la sinceridad del amor de Fortunata por quien es ante la ley su marido, y Fortunata comprendiendo que Jacinta no es una rival, sino otra víctima.

 

En el itinerario que la novela traza hasta que estas dos mujeres llegan a comprender sus respectivos dramas, Galdós va dejando al descubierto las convenciones que adormecen la conciencia social hasta el punto de que las víctimas llegan a ser consideradas como las únicas responsables de su desgracia. En este sentido, muestra el fraude de matrimonios como el de Jacinta, en los que corresponde paradójicamente a la mujer mantener un honor -una honra, según el término clásico- que el marido se enorgullece de violentar en otras casas y familias. Por otra parte, deja al descubierto el último y más insoslayable reproche que se le hace a la amante de un rico heredero, como es Juan Santa Cruz: que se relacione con él por amor y no por interés, que busque ser correspondida en unos sentimientos que nunca podrán legalizarse en lugar de buscar favores y ganancias, con lo cual el adulterio reingresaría en un territorio incómodo pero asumido: el territorio de lo convencional. Habría, así, mujeres que, como Fortunata, nacerían para amantes y mujeres que, como Jacinta, nacerían para esposas. No deja de resultar un último guiño cervantino el que Galdós, ese dios llamado Benito, cuestione la miseria de un mundo erigido sobre tales principios a través de un personaje como Maximiliano Rubín, que parece gritar en riguroso silencio su desacuerdo y su revuelta en el coche de caballos que le conduce al manicomio.

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