| Hemeroteca | Esta semana |
![]() |
|
| Nº 677 -9 de enero de 2006 |
|
Un dios llamado Benito Galdós
fue el encargado de redactar el prólogo para una edición
de
De
forma lenta pero imparable a lo largo de un siglo, en el que hubo de enfrentar
la incomprensión tanto como la censura,
Como Cervantes, en efecto, Galdós construye Fortunata y Jacinta a partir del contrapunto, de una sistemática afirmación de una perspectiva y de la perspectiva contraria, de una verdad y de otra verdad opuesta. La inmensa galería de personajes que se despliega en las páginas de esta excepcional novela parece concebida, así, como un perfecto sistema de réplicas y contrarréplicas, como un portentoso engranaje narrativo en el que las reales o supuestas virtudes de unos aparecen como defectos igualmente supuestos o reales de los otros: ni siquiera el lector más riguroso, el más imbuido de prejuicios morales, religiosos o de cualquier otra naturaleza, está en condiciones de condenar o de absolver sin matices ningún comportamiento. Con la única excepción, tal vez, de Juan Santa Cruz -el seductor de Fortunata y marido de Jacinta-, Galdós arroja una mirada sobre sus personajes que evoca de inmediato la de Cervantes; una mirada en la que siempre prevalece el deseo de identificar las razones últimas de cada acción, de manera que, aun distinguiendo entre las justificables y las injustificables, entre las emprendidas por mezquindad disfrazada de grandeza y al contrario, quede en todo momento un espacio para la compasión. El ubicuo y omnisciente narrador que Galdós coloca en las bambalinas de Fortunata y Jacinta se comporta como un padre que jamás abandonará sus criaturas al escarnio por más miserables, e incluso atroces, que puedan ser sus faltas. Como un dios cotidiano, próximo, que no ignora el pecado pero que ahorra el sufrimiento. Esta
mirada compasiva, que trata de reflejar la complejidad del mundo y, por
tanto, la dificultad de formular juicios sobre las flaquezas humanas,
está sin duda detrás de la profunda originalidad con la
que Galdós aborda un asunto como el adulterio, que había
producido ya obras de tanta relevancia como Madame Bovary, Ana Karenina,
Effi Briest, El primo Basilio y, por descontado,
Fiel al contrapunto, Galdós, no defiende ni condena a las adúlteras, sino que les da la voz, les ofrece la oportunidad de que, como mujeres, presenten ante los lectores su posición en el mundo, la desigualdad de la condena prevista para ellas frente a la reservada a los hombres por los mismos hechos. Al mismo tiempo –y éste es otro de los hallazgos más originales y fecundos de la novela-, muestra la manera en que padece la mujer que es engañada y la que participa en el engaño, sin que al final se sepa con claridad cuál acaba ocupando cada uno de los papeles. Cuando, al poco de celebrarse su boda, Jacinta sabe de las aventuras de Juan Santa Cruz con una hermosa mujer de baja condición, se siente, por una parte, vencedora en una lid imaginaria por el mismo hombre, y se enorgullece. Por otra parte, siente que su victoria ha sido de algún modo injusta, porque, en realidad, Fortunata nunca tuvo ocasión de convertirse en la señora de Santa Cruz, precisamente por su extracción humilde. De igual manera, Fortunata se enorgullece de haber concebido un hijo de su amante y de saber que es a través de ella, y sólo de ella, como se podrá perpetuar una estirpe ilustre. Por otra parte, sin embargo, se compadece como mujer de la esterilidad de Jacinta, cuyo deseo de concebir un hijo conoce desde el comienzo. Gracias a la maestría de Galdós, a su mirada cargada de compasión hacia los seres, la conmovedora grandeza de un personaje multiplica la del otro, alejándolos de los caracteres femeninos habituales en las novelas del XIX sobre el adulterio: Jacinta reconociendo la sinceridad del amor de Fortunata por quien es ante la ley su marido, y Fortunata comprendiendo que Jacinta no es una rival, sino otra víctima.
En el itinerario que la novela traza hasta que estas dos mujeres llegan a comprender sus respectivos dramas, Galdós va dejando al descubierto las convenciones que adormecen la conciencia social hasta el punto de que las víctimas llegan a ser consideradas como las únicas responsables de su desgracia. En este sentido, muestra el fraude de matrimonios como el de Jacinta, en los que corresponde paradójicamente a la mujer mantener un honor -una honra, según el término clásico- que el marido se enorgullece de violentar en otras casas y familias. Por otra parte, deja al descubierto el último y más insoslayable reproche que se le hace a la amante de un rico heredero, como es Juan Santa Cruz: que se relacione con él por amor y no por interés, que busque ser correspondida en unos sentimientos que nunca podrán legalizarse en lugar de buscar favores y ganancias, con lo cual el adulterio reingresaría en un territorio incómodo pero asumido: el territorio de lo convencional. Habría, así, mujeres que, como Fortunata, nacerían para amantes y mujeres que, como Jacinta, nacerían para esposas. No deja de resultar un último guiño cervantino el que Galdós, ese dios llamado Benito, cuestione la miseria de un mundo erigido sobre tales principios a través de un personaje como Maximiliano Rubín, que parece gritar en riguroso silencio su desacuerdo y su revuelta en el coche de caballos que le conduce al manicomio. |