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Un
año más, la economía crece
pero los pobres no lo notan
El
fin de un año y el comienzo de otro es una ocasión propicia
para hacer un balance del que
se marcha y presentar las predicciones que se esperan para el que acaba
de llegar. Las predicciones son siempre complicadas y, aunque se haya
avanzado mucho en este terreno en lo que concierne a la economía,
siempre se está expuesto a incertidumbres que no se han podido
contemplar en los modelos elaborados. Los modelos de predicción,
aun cuando acierten, son limitados, pues se centran principalmente en
realizar previsiones sobre el crecimiento económico esperado y
la evolución de las principales variables macroeconómicas
(inflación, déficit público, desempleo, balanza de
pagos) sin que se consideren otras variables como el tipo de crecimiento
ni los factores sociales que se encuentran detrás del mismo y los
beneficiarios o damnificados que se puedan dar. En todo caso, lo que pueda
venir siempre se encuentra sujeto a las incertidumbres del futuro, mientras
que, por el contrario, el balance al hablar del pasado puede parecer que
concita más consenso en el juicio que nos pueda merecer lo que
ha sucedido. Nada más lejos de la realidad, debido a que todo depende
de la perspectiva en la que nos situemos y nuestra propia visión
de la sociedad y del mundo en general.
El año pasado en estas fechas, y hablando de 2004, hacía
un análisis global negativo, debido a las consideraciones que en
ese caso hacía de índole estructural, como la gran desigualdad
existente en la economía mundial, la persistencia de la pobreza
y del hambre, las calamidades naturales que se habían producido,
la presencia que no cesa de las guerras, el desastre de Iraq, los terribles
atentados terroristas y, en fin, la perpetuación de la violencia
en todas sus dimensiones. Sin embargo, desde el punto de vista de la coyuntura
económica fue un buen año. Incluso algunos analistas lo
han calificado de excepcional. El crecimiento anual al ritmo del 5% ha
sido el más fuerte registrado desde 1976 como resultado de una
aceleración progresiva desde el bajón que se produjo en
2001. El año 2005, con un menor crecimiento, ha ido aceptablemente
bien y esta evolución parece que se mantendrá en el 2006.
Así que las dos cosas se dan simultáneamente, lo peor y
lo mejor. Depende de donde pongamos el énfasis, el balance puede
resultar positivo o negativo.
No obstante, la tendencia de los economistas oficiales es a considerar
que desde el punto de vista de la economía fue todo excepcionalmente
bien, mientras que lo que no fue bien es el ámbito que corresponde
a la política. Los gobiernos, por lo general, hicieron bien los
deberes que les recomiendan las instituciones internacionales y bendecidos
por la economía convencional, de ahí los resultados satisfactorios
obtenidos, mientras que las cosas que van mal no es responsabilidad de
los economistas, sino de otras instancias de decisión.
En todo caso, lo que sucede está determinado, en gran parte, por
luchas de intereses económicos en los que el control de las fuentes
de energía es esencial. Así como la progresiva y excesiva
concentración del poder económico, dominio del mercado y
limitación de los derechos de los ciudadanos.
Las batallas por la hegemonía y las dependencias y subordinaciones
que crea no tienen que quedar fuera del estudio de la economía,
como tantos pretenden en su intento de hacer de esta ciencia algo que
es imposible, que sea exacta y neutral. Como no es ajeno todo ello al
modelo económico que se está prefigurando desde los años
ochenta, y que si bien obtiene determinados éxitos en el crecimiento,
aunque no en todos los años y para todos los países, clases
y regiones, no es capaz de distribuir los beneficios de una forma más
equitativa. De modo que, mientras muchos economistas viven en la euforia
por la obtención de un crecimiento sostenido en los últimos
años, no obstante, crece la rabia, por citar el título de
un libro reciente de Oskar Lafontaine, en el Norte y en el Sur.
Por tanto, más allá de la coyuntura, que si es buena mejor
que mejor, pues puede hacer disminuir la pobreza, aumentar el empleo,
y mejorar las oportunidades de tantas gentes faltas de ella, la economía
mundial necesita otro modelo económico capaz de abordar los problemas
estructurales pendientes. A propósito de esto, acaba de publicarse
un libro con el título La agenda ética pendiente de América
Latina, y entre otros autores escribe el Premio Nobel de Economía
Amartya Sen. Efectivamente, esta agenda está pendiente no sólo
en América Latina, sino en todo el mundo. Hagamos nuestro el resumen
del programa de Evo Morales que recuerda el código ético
de los quechuas y los aymaras: no ser ladrón, no ser mentiroso,
no ser ocioso.*
Carlos Berzosa
*Rector
de la Universidad Complutense de Madrid
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