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     Nº 677 - 9 de enero de 2006

Un año más, la economía crece
pero los pobres no lo notan

El fin de un año y el comienzo de otro es una ocasión propicia para hacer un balance del que
se marcha y presentar las predicciones que se esperan para el que acaba de llegar. Las predicciones son siempre complicadas y, aunque se haya avanzado mucho en este terreno en lo que concierne a la economía, siempre se está expuesto a incertidumbres que no se han podido contemplar en los modelos elaborados. Los modelos de predicción, aun cuando acierten, son limitados, pues se centran principalmente en realizar previsiones sobre el crecimiento económico esperado y la evolución de las principales variables macroeconómicas (inflación, déficit público, desempleo, balanza de pagos) sin que se consideren otras variables como el tipo de crecimiento ni los factores sociales que se encuentran detrás del mismo y los beneficiarios o damnificados que se puedan dar. En todo caso, lo que pueda venir siempre se encuentra sujeto a las incertidumbres del futuro, mientras que, por el contrario, el balance al hablar del pasado puede parecer que concita más consenso en el juicio que nos pueda merecer lo que ha sucedido. Nada más lejos de la realidad, debido a que todo depende de la perspectiva en la que nos situemos y nuestra propia visión de la sociedad y del mundo en general.
El año pasado en estas fechas, y hablando de 2004, hacía un análisis global negativo, debido a las consideraciones que en ese caso hacía de índole estructural, como la gran desigualdad existente en la economía mundial, la persistencia de la pobreza y del hambre, las calamidades naturales que se habían producido, la presencia que no cesa de las guerras, el desastre de Iraq, los terribles atentados terroristas y, en fin, la perpetuación de la violencia en todas sus dimensiones. Sin embargo, desde el punto de vista de la coyuntura económica fue un buen año. Incluso algunos analistas lo han calificado de excepcional. El crecimiento anual al ritmo del 5% ha sido el más fuerte registrado desde 1976 como resultado de una aceleración progresiva desde el bajón que se produjo en 2001. El año 2005, con un menor crecimiento, ha ido aceptablemente bien y esta evolución parece que se mantendrá en el 2006. Así que las dos cosas se dan simultáneamente, lo peor y lo mejor. Depende de donde pongamos el énfasis, el balance puede resultar positivo o negativo.

No obstante, la tendencia de los economistas oficiales es a considerar que desde el punto de vista de la economía fue todo excepcionalmente bien, mientras que lo que no fue bien es el ámbito que corresponde a la política. Los gobiernos, por lo general, hicieron bien los deberes que les recomiendan las instituciones internacionales y bendecidos por la economía convencional, de ahí los resultados satisfactorios obtenidos, mientras que las cosas que van mal no es responsabilidad de los economistas, sino de otras instancias de decisión.

En todo caso, lo que sucede está determinado, en gran parte, por luchas de intereses económicos en los que el control de las fuentes de energía es esencial. Así como la progresiva y excesiva concentración del poder económico, dominio del mercado y limitación de los derechos de los ciudadanos.

Las batallas por la hegemonía y las dependencias y subordinaciones que crea no tienen que quedar fuera del estudio de la economía, como tantos pretenden en su intento de hacer de esta ciencia algo que es imposible, que sea exacta y neutral. Como no es ajeno todo ello al modelo económico que se está prefigurando desde los años ochenta, y que si bien obtiene determinados éxitos en el crecimiento, aunque no en todos los años y para todos los países, clases y regiones, no es capaz de distribuir los beneficios de una forma más equitativa. De modo que, mientras muchos economistas viven en la euforia por la obtención de un crecimiento sostenido en los últimos años, no obstante, crece la rabia, por citar el título de un libro reciente de Oskar Lafontaine, en el Norte y en el Sur.

Por tanto, más allá de la coyuntura, que si es buena mejor que mejor, pues puede hacer disminuir la pobreza, aumentar el empleo, y mejorar las oportunidades de tantas gentes faltas de ella, la economía mundial necesita otro modelo económico capaz de abordar los problemas estructurales pendientes. A propósito de esto, acaba de publicarse un libro con el título La agenda ética pendiente de América Latina, y entre otros autores escribe el Premio Nobel de Economía Amartya Sen. Efectivamente, esta agenda está pendiente no sólo en América Latina, sino en todo el mundo. Hagamos nuestro el resumen del programa de Evo Morales que recuerda el código ético de los quechuas y los aymaras: no ser ladrón, no ser mentiroso, no ser ocioso.*

Carlos Berzosa
*Rector de la Universidad Complutense de Madrid

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