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Nº 677
9/1/2006

La guerra del fin del mundo

Etíopes y eritreos parecen prepararse de nuevo para la guerra, otra más, por divergencias en el trazado de la frontera, sin que bastara para abstenerse de hacerlo la guerra de 1998 a 2000, con más de 70 mil muertos. Todo el mundo, con excepción evidente de etíopes y eritreos, considera que deberían dedicarse a cuestiones más prioritarias que a la cuestión de matarse, porque reproducir la guerra pasada en nada remediará la pobreza de ambos países, aunque por supuesto traerá mucho beneficio para los que venden las armas. Si vuelve a estallar esta guerra del fin del mundo será mucho más mortífera que la anterior, porque en todo se progresa y se retrocede, etíopes y eritreos no han dejado de poner al día su arsenal, y desde luego acentuará la miseria de todos; lo que se nos recordará ulteriormente en campañas humanitarias al borde del abismo sobre los desastres de la guerra y la sequía, conciertos animadísimos y exposiciones de fotografías con bebésw de ojos vidriosos y vientres abultados y niños con metralletas. Etíopes y eritreos, integrados en un solo país hasta 1993, ya han desplegado unos 200 mil soldados a ambos lados de la frontera, la más militarizada de todo el continente.

En este mes de enero el Consejo de Seguridad estudiará de nuevo la situación, sin resolver pese a la Resolución 1640 de Noviembre de 2005, el Acuerdo de Argel de diciembre de 2004 y la creación del Grupo de Argel que integran la Unión Africana, las Naciones Unidas, la Unión Europea y los Estados Unidos. Las guerras que durante décadas se han librado en Etiopía, Somalia y Sudán nunca se han podidodesactivar porque realmente sólo interesaban a quienes las promovían y se enriquecían con ellas, localizándose en una remota periferia política y geográfica, con altísimos costes humanos en cada conflicto que poco o nada incidían en los intereses y sentimientos de Occidente. La región es pródiga en guerras tan absurdas e inútiles como crueles e interminables, que en último término tienen su explicación en el negocio de las armas, la locura y el ego de sátrapas y espadones así como, durante los años de la Guerra Fría, en las apetencias territoriales de tipo imperial que condujeron a las superpotencias y a los pobres cubanos, a librar por ejemplo las guerras de Angola contra Sudáfica y sus amigos, y las de Etiopía contra Somalia por el desierto de Ogaden.

Difícil resulta creer que los ánimos, caldeándose en etíopes y eritreos desde Diciembre de 2004, se centren meramente en la disputa por un pueblo insignificante, tan insignificante que no aparecía en los mapas de la Comisión de Límites, de nombre Badne. En manos etíopes aun-que la Comisión de Límites lo adjudicó a Eritrea, en Badne estuvo el origen inmediato de la anterior guerra y puede estarlo en ésta, para dos países con gravísimos problemas domésticos que más valdría atender de forma urgente por el primer ministro etiope Meles Zenawy y por el dictador eritreo Issaias Afwerki. La guerra anterior, además de la muerte y la destrucción, interrumpió la comunicación física entre los dos países, planteando a ambos gobiernos y a las poblaciones respectivas dramáticas carencias relacionadas con la asistencia sanitaria, la vivienda, el desabastecimiento y la hambruna.

Se intensificarán con la repetición de la guerra, desestabilizándose aún más el Cuerno de África, porque los enfrentamientos generarán con seguridad una abundante corriente de armas para los diversos grupos de terroristas y bandidos, con consecuencias igualmente desastrosas para Somalia y para el proceso de paz tan frágil que se habría entablado en el sur y el este de Sudán.

Además, ni Etiopía ni Eritrea serán capaces de lograr una victoria militar rápida y decisiva, no lo fueron en la guerra anterior. Una pequeña divergencia en el trazado de la frontera, por un villorrio de valor simbólico totalmente desproporcionado con su tamaño y población, acabó convirtiéndose en una guerra total que al principio pilló por sorpresa a ambos gobiernos, sin que la tragedia les escarmentara para desechar nuevas guerras. La superioridad de Etiopía en población y medios materiales no será suficiente como para derrotar a los excelentes soldados eritreos, que además disponen ya de los misiles antitanques Kornet — y una defensa aérea perfeccionada. Ambas partes incluso han adquirido los cazas rusos SU-27, contando con pilotos de la Europa del Este para los entrenamientos. El escenario militar que ya se maneja consta de una ofensiva etíope que no acarreará la derrota eritrea, pero sí una prolongada guerra de trincheras, el estancamiento de las operaciones y, finalmente, un alto el fuego propiciado por el Consejo de Seguridad. Vanidad salvada en los dirigentes, honor a los héroes y gloria para los caídos, buen negocio para los traficantes de armas, miseria para etíopes y eritreos y simientes para otras guerras en el Cuerno de África. ¿Se puede pedir más?

Ignacio Ruperez

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