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INTERNACIONAL
EL
FANTASMA DEL POPULISMO
Joaquín Roy* (Buenos Aires)
Desde
el Río Grande en el Norte hasta la Patagonia en el Sur, desde Lima
a Caracas, un telón de humanidad está de nuevo descendiendo
sobre el continente latinoamericano. Curiosamente, lo que es intencionadamente
una reescritura de la famosa frase con que Winston Churchill trataba de
describir el descenso del telón de acero sobre la Europa de posguerra,
se ha convertido en un pánico que atenaza a Washington y otros
centros de poder en Latinoamérica. Se sienten impotentes por esta
recurrente rebelión de las masas. Puede ser casualidad, pero significativamente
se produce en el 75 aniversario de la primera edición del famoso
libro de Ortega y Gasset, como recordaba Mario Vargas Liosa en su muy
leída columna.
Lo insólito del escándalo es que no es la primera vez del
ascenso y amenaza presentada por el más genuino y emblemático
movimiento político latinoamericano, lo cual no implica etiqueta
de excelencia. Ni tampoco, inexorablemente, será la última.
Como los recurrentes ciclos de desdén e intervenciones de los Estados
Unidos en el Sur, el populismo es como un ave migratoria. Cíclicamente
vuelve a la cita de una confabulación de factores. Entre éstos
destacan sobre todo los méritos hechos precisamente por los que
luego se escandalizan por su resurrección y se aprestan a continuación
a su mera represión, pretendiendo que se esfumará al desaparecer
el líder carismático e incómodo de turno.
El problema reside en que el caudillo populista latinoamericano que parece
ser la seña de identidad del continente no es la causa primordial
del,fenómeno, sino un actor más. Se ceba simplemente en
el contexto que se le brinda como una oferta que no puede rechazar. Necesitado
de una masa, a ella demuestra que en realidad son los "descamisados"
y "los de abajo" los que no son nadie sin su liderazgo omnipresente
y mesiánico. Despreciadas y marginadas, las masas quedan así
convencidas, capturadas por los cantos de sirena.
Ya lo vio certeramente Ortega en la Europa de entreguerras que lanzaría
al continente al suicidio mediante el abrazo del nazismo y el fascismo,
con el totalitarismo marxista como alternativa. Era precisamente en los
años justamente anteriores a la aparición de las sucesivas
ediciones de La rebelión de las masas cuando los conglomerados
que anteriormente no contaban en las sociedades pa-san a tener un impacto
decisivo.
Mientras en Europa el cambio se produce con la revolución soviética,
en América La-tina el toque de atención lo da la revolución
mexicana, que sitúa por lo menos a la mayoría mestiza en
la sociedad, aunque el sistema siga rigiéndose como durante los
aztecas, Cortés, la colonia, Maximiliano y el porfiriato, según
genialmente describió Octavio Paz en un ensayo urticante. Pero
en América Latina, donde las desigualdades se mantuvieron incólumes,
solamente las alarmas se dispararon cuando la revolución cubana
se pudo terca y peligrosa.
Su trágica supervivencia se debe a un ensamblaje lamentable de
caudillismo, oportunismo de la Guerra Fría y estulticia en Washington.
Ante el cáncer habanero, se optó pragmáticamente
por una variante de la política de la contención. Se trataba,
simplemente de evitar una segunda Cuba, a cualquier precio.
"Cualquier precio", quería decir que se miraba con condescendencia
la neutralización todos los excesos (Chile) y se cubría
la amenaza mediante el apoyo tácito o implícito a todo gobierno
autoritario militar. Ni siquiera se supo leer con sabiduría el
lamentable experimento militar del Perú en los sesenta, precedente
de un populismo de nuevo cuño que surgiría con fuerza en
Venezuela.
El indigenismo de salón de la primera par-te del pasado siglo,
protagonizado predominantemente por intelectuales blancos, se ha presentado
con una cara intrigante en la actual centuria. Ahora ya no parece que
un líder blanco de origen italiano como Perón hable por
boca de los "cabecitas negras", sino que un indígena
que vacila en algunas palabras del español haga temblar al orden
establecido, amenazando con nacionalizar los recursos naturales y convertir
la producción de la coca en una pesadilla multinacional.
Ahora, con la alarma del triunfo de Evo Morales en Bolivia, se comprueba
que se ha estado perdiendo miserablemente el tiempo y que hay que empezar
de nuevo. Ya no parece que se pueda optar por las medias tintas combinando
un lenguaje con resonancias democristianas (justicia social) y las demandas
socialistas, sino que se propone el protagonismo de la mayoría
que aparentemente solamente cuenta como legado los productos estratégicos
de las entrañas de la tierra.
Mientras Europa se reconcilió compartiendo inicialmente el carbón
y el acero, la perspectiva de un Mercado Común insólito
combinando el gas boliviano y el petróleo venezolano ya quita el
sueño a no pocos. El dilema es cómo parar lo que se viene
encima.*
*Catedrático
'Jean Monnet' y director del Centro de la Unión Europea de la Universidad
de Miami.
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