Cultura - Entrevista / Luis Eduardo Siles

Lluis Pasqual, director y escritor

“HE BUSCADO HACER UN DOCUMENTAL EN TEATRO”

Han pasado los años pero conserva ese aire de adolescente listo que lo ha acompañado siempre. En 1976, cuando era un veinteañero, lo nombraron director del Lliure, luego trabajó en Madrid, París y Milan, y Lluis Pasqual ha
vuelto a su origen, el Lliure, donde crea espectáculos extraordinarios. Como In memoriam-La quinta del biberón, homenaje a esos chicos de 17 años que murieron como animales en el frente del Ebro, que se ha representado, junto a otras dos de sus obras, en teatros de Madrid. Lluis Pasqual ha dedicado su vida al teatro. “Si el cerebro fuera una cómoda, la vida y el teatro estarían en el mismo cajón”, dice.

En la ‘In memoriam’ hay un reconocimiento a las víctimas de las guerras, simbolizada en los soldados de ‘La quinta del biberón’, que estaban en medio de un fuego cruzado y sabían que iban al matadero. Uno de los combatientes afirma en la función que Franco pensaba: “Cuantos menos catalanes queden vivos, menos problemas tendremos después”. Y otro soldado dice, retorciendo aquella frase de Pasionaria: “Yo prefiero morir de rodillas a vivir de pie”.
—Sí, eran las víctimas y la mayoría sin saber por qué. Eso es muy extrapolable en todas las guerras. Ahora mismo está ocurriendo en algunos sitios del mundo. Al final se echa mano de la carne de cañón, porque los corruptos intentan retirarse con dinero, preparar la retirada, o simplemente, si la situación es extrema, salvar la vida. Lo que sucedió con ‘La quinta del biberón’ me lo han contado los supervivientes, personas de 95 o 96 años con las que he hablado. Algunos fueron al frente para defender la República, otros por miedo y otros porque los obligaron. No tenían preparación ninguna. Estaban cargados de poesía. Pero en el otro bando estaban preparados para luchar, estaban perfectamente organizados.
—En la obra subyace una crítica hacia los dirigentes de la República, al menos respecto a la batalla del Ebro. “Yo lucho por la República, pero la República no hace nada por mí”, se lamenta un soldado.
—Yo lo que he hecho al escribir la función ha sido repetir las palabras que he leí do en los diarios que escribieron aquellos muchachos. Se sentían abandonados. Al final fue un enconamiento por ambos bandos. Porque los dos sabían que simplemente estaban dejando pasar el tiempo mientras morían miles de jóvenes. Negrín y Franco querían alargar la guerra, cada uno por sus propios motivos. Negrín confiaba en que estallara por fin la guerra mundial. Y Franco quería matar mientras más enemigos mejor, para hacer más fácil
la posguerra. Ninguno de los dos bandos acudió a la Batalla del Ebro con finalidades estratégicas, sino políticas. A los integrantes de ‘La quinta del biberón’ los llevaron allí a morir. Carecían de lo más
indispensable para enfrentarse al ejército profesional de Franco.
—En el espectáculo hay momentos de una estética de documental, y otros de puro teatro, en esos monólogos estremecedores en los que los soldados narran su muerte. Pero es una función que, sobre todo, persigue la emoción, ¿no?
—Yo he intentado hacer un homenaje a estos críos. Y he buscado hacer un documental en teatro. La diferencia de esta forma de documental respecto al cine consiste en que en el teatro uno lo visualiza
a través de las emociones de los actores. Esas emociones con las que el público empatiza. Hay un momento en el que para hacer teatro es necesario contar, explicar, y lo cuentas a través de los actores. Buscando
la emoción del hecho teatral.
—¿Cuál ha sido su objetivo esencial al hacer ‘La quinta del biberón’?
—El objetivo esencial no lo encuentro. Hay muchos. Se produce una constelación. Sin duda ha influido mucho la historia de un tío mío, un hermano de mi padre, mi tío Luis, que lo llevaron allí y murió con 17 años en el frente del Ebro. Y diarios de aquella gente que yo he leído, porque esas personas permanecieron calladas durante muchos años. No hablaban. No le contaron aquello a sus hijos lo que pasó, pero sí se lo contaron a sus nietos. Y de todo eso había que hablar. Yo, insisto, me he entrevistado además con muchos de los supervivientes. Me di cuenta de que alguien tenía que hacerles un homenaje.
—Uno de los actores del espectáculo, Joan Solé, ha dicho: “Lluis Pasqual es un regalo, una escuela completa concentrada en una sola persona”. ¿Qué piensa de ello?
—Me abruman estos chicos. Es una compañía teatral muy joven, y por el hecho de tener poca experiencia suscitan en mí la pedagogía. Trato de volcar en ellos toda mi experiencia, por si les sirve de algo. Trato de ayudarlos en su primer trayecto como actores, y me sale una vena pedagógica. Y les transmito lo que yo he
aprendido durante mis muchos años dedicado a esta profesión. Quiero agradecerles el esfuerzo que hacen, que es muy grande.
—¿Qué recuerdos conserva de su lejana etapa como director del Centro Dramático Nacional?
—Los recuerdos se acumularon en mí el día que llegué al teatro María Guerrero a ensayar ‘La quinta del biberón’. Me habían puesto la mesa una fila más atrás de lo que yo la tenía cuando trabajaba en el CDN y dirigía montajes en el María Guerrero. Y pedí que llevaran la mesa una fila hacia delante. Es como si me hubiera puesto un traje que desde hace años tenía guardado, y la talla siguiera siendo la misma, que me quedara muy bien. Me alegré muchísimo de volver a esa sala. Y de reencontrarme con mucho personal que ya estaba entonces.
—Ha dicho usted: “Los neurólogos dicen que se recuerda el teatro como se recuerda la vida, que ese recuerdo se deposita en los mismos lugares neurológicos”.
—Eso me lo dijo un neurólogo, sí. Que si el cerebro fuera una cómoda, la vida y el teatro estarían en el mismo cajón. Porque el teatro, cuando nos toca verdaderamente, cuando nos hace reír o llorar, es muy grato, no hay otra cosa que pueda sustituir esa emoción que produce el hecho teatral. El teatro, cuando realmente sirve, es cuando se transmite la impresión de que está vivo. De que produce un momento
de vida.
—¿Hasta qué punto el hombre de teatro vuelca en sus trabajos toda la belleza y el dolor que ha sentido en la vida?
—La belleza, el dolor, la alegría, el desencanto… y todos los sentimientos… se dejan caer. Pero uno no lo hace a veces conscientemente. Es la mochila llena de vida que uno lleva en la espalda y que se abre cuando uno empieza a trabajar en el espectáculo. En mí prevalece contar la vida de otros. Me atrae más meterme entre el público y el actor. Eso es lo que verdaderamente me gusta. Estar entre la gente y los actores buscando la emoción.
—Usted suele decir a los actores: “Trabajar el texto es como picar piedra para que se convierta en agua”.
—Hay mucha gente a la que le toca picar piedra todos los días. Las palabras encierran misterios, mensajes, y hay que respetarlas mucho. Por eso la metáfora que usted me cita. Cuesta y cuesta dar con la belleza, y después todo se convierte en un manantial muy fluido.
—Usted se atrevió con ‘El Público’, de Federico García Lorca, y lo estrenó en 1986 en el María Guerrero en un montaje inolvidable, cuando antes nadie había puesto en escena esa obra, que permanecía inédita.
—Recuerdo que pusimos el teatro patas arriba, lo cambiamos todo de sitio. Lo convertimos en un planeta azul. Yo hice ‘El Público’ no por valor, sino porque tuve la suerte de poder hacerlo. Y ‘Comedia sin título’ la monté poco más tarde. Había dos títulos de obras de Lorca que estaban aún inéditos. Fue un privilegio poder llevarlas al escenario. Y como ‘El Público’ pone en cuestión todo el teatro, nosotros poníamos en cuestión todo el edificio, toda la sala. Son recuerdos grandísimos. Cuando has pasado por ‘El Público’ ya no miras nada igual, porque has buscado en zonas en las que nunca habías estado.
—Ha tenido una enorme aceptación su reciente libro sobre Lorca, titulado ‘De la mano de Federico’, en el que usted, en palabras del propio Lorca, profundiza “en un cuerpo herido, que busca las cosas del otro lado”.
—El libro ha funcionado muy bien, sí. Para mí ha constituido una auténtica sorpresa. Y creo que por gratitud se lo debía a Lorca. El editor me pidió en principio que escribiera unas memorias mías. Pero yo creo que todavía no es el momento de escribir unas memorias que interesen a la gente. Pero sí había un largo camino que yo había hecho de la mano de los poetas.
Y por gratitud a Lorca, que me ha hecho tanto bien en mi vida, decidí contar una parte de la vida de Federico.
—¿Qué teatro considera que es mejor, el que se hizo durante la Transición o el que se hace ahora?
—Yo creo que cada época tiene su teatro y refleja su momento en el teatro. En aquellos años, durante la Transición, estábamos en franca competencia con el cine. Y buscábamos en el teatro unas imágenes
que casi pudieran superar a las cinematográficas. Ahora, las escenografías, con la crisis, han pasado a ser minimalistas, se han reducido mucho, y nos hemos centrado en el intérprete, en llegar al corazón del público con el teatro. La profesión se ha reinventado, buscando hacer un teatro más humilde, pero más directo.
—Dijo usted en 2014: “Pues sí, a Federico alguien se lo volvería a cargar”. ¿Piensa lo mismo?
—Viendo lo que ocurre en el mundo en estos momentos, no puedo más que reafirmarme. Por no citar a nadie, ni a Norteamérica ni a ningún otro país, viendo como la ultraderecha o gana parlamentos o tiene votos, a Federico, ahora, lo volverían a matar. Sin duda.
—‘La quinta del biberón’ ha coincidido en Madrid con otras obras dirigidas por usted, como ‘Mujer no reeducable’, en el Español, o ‘Las bodas de Fígaro’, en el Teatro de La Comedia.
—Las casualidades no existen, pero tampoco ha sido algo muy planeado. ‘Mujer no reeducable’ es un texto del autor italiano Stefano Massini sobre la periodista rusa Anna Politkóvskaya, a la que mataron los rusos por su postura crítica en el conflicto checheno. Se trata de un homenaje al periodismo, a la gente que busca
la verdad y no renuncia a ella. Es un monólogo interpretado por una gran actriz, Miriam Iscla, que está extraordinaria. Y esa pieza, junto a ‘In memoriam, la quinta del biberón’, tiene una vertiente política.
‘In memriam’ ha vuelto justamente al Teatro María Guerrero, y eso es lo que más me emociona. Y ‘Las bodas de Fígaro’ se ha representado en la Comedia. Todo ha coincidido con los 40 años de vida del Lliure.

La Gira

‘In memoriam-La quinta del biberón’ es un testimonio estremecedor, lleno de emoción, sobre aquel grupo de combatientes de 17 años que la República envió al frente del Ebro con la muerte como único horizonte.
Se dice en la función:
“—¿Cuándo vas al frente?
—No quiero ir a morir”.
Se adjudica a Federica Montseny haberles puesto el nombre por el que se les conoció, ‘La quinta del biberón’: “¿Tienen 17 años? Pero si todavía deben tomar el biberón”, aseguran que dijo. Uno de los actores,
en su papel de soldado, explica durante la función: “Los 17 años de entonces en una persona eran como los 12 de ahora”.
Lluis Pasqual sostiene: “Un espectáculo cobra vida propia. A ‘In memoriam’ le van surgiendo contratos, habrá una gira después de la estancia del espectáculo en el María Guerrero”. Se estrenó en otoño en
Girona, luego permaneció un mes en el Lliure entre críticas sublimes, y de ahí pasó al María Guerrero. El espectáculo tiene estética de documental, pero con momentos muy teatrales, como cuando los soldados
narran en breves monólogos su propia muerte. La obra muestra el deterioro físico y mental que sufren poco a poco los soldados, y refleja el horror de la guerra siguiendo una premisa en la que ha insistido
alguna vez Lluis Pasqual: “En teatro la única manera de reflejar la guerra es, como hacía Jean Genet, poniendo unas moscas

sobre un cadáver”.


 
 

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